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Estados Unidos supera las 200,000 muertes confirmadas por Covid-19

A pesar de los numerosos males que ha traído la pandemia por Covid-19, hay algunas noticias positivas: la comunidad científica a nivel internacional ha alcanzado uno de los mayores esfuerzos históricos de cooperación —democrática, colaborativa y abierta—, así como asociaciones científicas sin precedentes y una expectativa de que la vacuna estará lista entre 12-18 meses, lo que sería el desarrollo de este tipo más rápido de la historia.

No todo es cooperación, sino que también hay competencia; por ejemplo: Los países que pueden destinar recursos a la investigación científica están aportando carretadas de dinero a los diferentes proyectos, los gobernantes están haciendo propaganda internacional de los progresos nacionales sobre la vacuna, hackers patrocinados por gobiernos nacionales quieren robar avances en centros de investigación y en organismos que tienen un rol sobre la vacuna… En síntesis: estamos viendo la mayor carrera entre naciones desde la Guerra Fría, donde se buscó colocar al hombre en la Luna.

La coyuntura internacional agrava las cosas: En lugar de trabajar juntos para implementar una estrategia global, diversos países tienen una posición de un nacionalismo tipo “mi nación primero” en donde, no solo ven por sus intereses propios, sino que excluyen y perjudican los intereses de otros países, especialmente en términos de acaparación de insumos médicos y vacunas, lo cual genera un fenómeno de manzana discordante.

¿Qué gana el que gana la carrera por la vacuna?

La vacuna tiene una importancia mayúscula debido a que el ganador tendrá una ventaja sobre estos rubros:

   1. Salud y valor social – Los ciudadanos se enfermarán y morirán menos. De hecho, será la primera vacuna de la historia que permitiría un pleno retorno de la población al trabajo, un valor incalculable.

   2. Dinero – La plena vuelta al trabajo permitirá detener parte del desempleo, reactivar las economías y también generará gran valor económico para los jugadores involucrados, con mayor diferenciación, el sector privado.

   3. Prestigio y superioridad – El país o los países ganadores, especialmente si son nacionalistas, podrán presumir el hito como si hubieran ganado la Carrera Espacial.

   4. Campañas políticas – La garantía de acceso preferente o no a la vacuna se está volviendo una promesa o un arma electoral.

   5. Guerra farmacológica – Existe una carrera permanente entre las llamadas Big Pharma —asentadas principalmente en Alemania, EE.UU., Reino Unido, Suiza y Francia, mientras que China podría colocar alguna empresa como referente en caso de ganar la carrera—, que al analizarse de forma geopolítica, se convierte en una pugna.

   6. Uso de la vacuna a nivel diplomático – La visión del sector salud como un tema de seguridad nacional puede ocasionar usarla como baza. Los países nacionalistas podrían ofrecerla a países a los que quieran cortejar, vetarla a países con los que tengan confrontaciones, mezclar el acceso con su agenda diplomática e influir en la forma de distribuirla.

Si bien aquí se enlistan implicaciones nacionales, los jugadores de la coyuntura que influyen en la carrera incluyen gobiernos, empresas, universidades y centros de investigación, fundaciones, organismos internacionales y multilaterales, así como asociaciones globales por la salud. De ellos dependerá cómo acabará el capítulo de vacunas de la pandemia.

¿Qué ha pasado anteriormente?

En brotes y pandemias pasadas, ya se han dado situaciones con tintes tanto mutilateralistas como nacionalistas. En el lado multilateralista, destaca el caso de retrovirales para el combate al VIH/SIDA en África en 1990s, la coordinación internacional para el acceso y la distribución de fármacos, así como convenios para ignorar las patentes que cubren ciertos medicamentos o su venta casi al costo.

En la arista nacionalista, durante la pandemia de AH1N1 de hace una década, los países ricos acapararon la investigación y pagaron por anticipado la producción de las vacunas, desplazando a países de medios y bajos ingresos, principales afectados por la influenza. Si bien se comprometieron a hacer donaciones, éstas no sucedieron sino hasta que el país rico cubrió a su población, por lo que la distribución se basó en el poder económico y no en el riesgo o lugar de contagio.

Tres consideraciones. Primera, el multilateralismo es naturalmente complicado debido a que consiste en que varios jugadores políticos puedan ponerse de acuerdo, generalmente sobre recursos limitados, como una vacuna que un día existirá. También requiere acción colectiva para aumentar las capacidades mundiales de manufactura, garantizar acceso equitativo y a precios razonables para cada país.

Segunda, los científicos —que son quienes desarrollan las vacunas— tienden a ser multilateralistas debido a que así pueden avanzar más rápidamente, aunque son los gobernantes y políticos los que llegan a decidir sobre directrices nacionalistas.

En tercer lugar, los países ricos tienen un incentivo potente para ser nacionalistas: tienden a acaparar insumos y equipo por las buenas y por las malas, y si no consiguen llegar a la vacuna primero, pueden sacar la cartera y hacer propuestas de compra irrechazables para monopolizar opciones de vacunación. De acuerdo con la firma Airfinity, tan solo EE.UU., Gran Bretaña, la Unión Europea y Japón ya se aseguraron contar con 1,300 millones de dosis de las posibles vacunas.

Dada la velocidad a la que avanza tanto la pandemia como la información que tenemos del coronavirus, así como la coyuntura actual, podemos anticipar que las dos posturas aflorarán: habrá países que sean multilateralistas y países que sean nacionalistas. En la segunda parte de este texto veremos quién es quién en este sentido.

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