Pasar de un Internet centralizado y dominado por Estados Unidos, a uno soberano y con autodeterminación nacional, iría en contra del espíritu original y utópico de Internet: el sueño de una comunidad cibernética global desregulada.

 

 

Por Pablo Majluf

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La hegemonía de Estados Unidos se extiende a nuestra herramienta de comunicación primaria, Internet. Y al igual que en el tablero geopolítico, los países de la periferia –tanto los subversivos China, Brasil, Irán y Rusia, como los aliados intermitentes Francia, Alemania, Italia y Escandinavia– quieren cambiar las reglas del juego. Los primeros cumpliendo su papel desafiador tradicional; los segundos como protección a las artimañas de espionaje cibernético reveladas por Snowden.

Ambos quieren pasar de un Internet centralizado y dominado por Estados Unidos, a uno soberano y con autodeterminación nacional. Un concepto que podríamos llamar cibersoberanía.

En el statu quo actual, Estados Unidos controla el 80% de los datos que circulan en Internet. No sólo posee físicamente la mayoría del cableado de fibra óptica y los servidores raíz, sino que el lenguaje, la metodología, los diseños y la asignación de dominios de toda la web son controlados por una corporación estadounidense: la Corporación de Internet para la Asignación de Nombres y Números (ICANN), que asigna las direcciones de protocolo IP, determina los identificadores de esos protocolos, gestiona el sistema de dominios, y administra el sistema de servidores raíz. Por si fuera poco, los titanes comerciales de la web (Apple, Yahoo!, Google, Microsoft, Amazon, Facebook, etcétera) son gringos. Está bien, dirían algunos, después de todo es una tecnología que ellos inventaron.

Pero no todos lo ven así. Lo que pretenden los rebeldes –liderados por Alemania, Francia, Brasil, Rusia y China– es ciberindependizarse de Estados Unidos y construir su propia infraestructura: tener sus propios servidores raíz, manejar sus propios datos, asignar sus propios protocolos, y regular la entrada de foráneos. En términos económicos se podría usar la analogía del proteccionismo: cerrar fronteras a las importaciones y sustituirlas por producción local.

Esta independencia tiene virtudes: la más obvia es la protección de datos. Si la fibra óptica y los servidores raíz se nacionalizaran, los gobiernos tendrían más control sobre el flujo de información. Sería mucho más difícil, por ejemplo, que la NSA interviniera correos electrónicos, o que los centinelas comerciales del imperio explotaran los recursos cibernéticos de un país. Es un movimiento en favor de la autogestión y la independencia, movimiento que, a la luz del liberalismo democrático sobre el cual descansan los ideales del propio Estados Unidos, es innegablemente legítimo.

Pero también tiene un costo. Para empezar, ya no existiría un Internet global con lenguaje común como lo conocemos, sino una suerte de continente de internets locales delimitados por fronteras. En pocas palabras, redes nacionales conectadas a través de “tratados o alianzas”, pero siempre protegidas por “aduanas”. Esta estructura iría en contra del espíritu original y utópico de Internet: el sueño de una comunidad cibernética global desregulada. Puesto que los gobiernos tendrían un control total sobre el intercambio de datos, el flujo libre de información se acabaría. Además, el lenguaje homogéneo de las interfaces –la world wide web, por ejemplo– probablemente se haría heterogéneo, generando una torre de Babel: un ciberespacio con demasiados idiomas. El comercio, el conocimiento y la comunicación se verían seriamente afectados.

Otra desventaja de la descentralización –por lo menos a los ojos de Estados Unidos, aunque a mí en lo personal también me pone nervioso– es el riesgo que supone eliminar el espionaje: la libertad que adquieren los países peligrosos de hacer lo que quieran. Aunque el control central de Estados Unidos sobre Internet sea unipolar, y si quieres imperial, mantiene cierto orden en el escenario internacional, que si bien no erradica las amenazas a la civilización, por lo menos las vigila. Descentralizar Internet sería quitar la lupa a China, Irán, Siria, Rusia y demás regímenes antidemocráticos y antiliberales; algo que, aunque en México suena proyanqui, a nadie le conviene.

Por el momento, la Unión Europea avanza en sus planes de independencia. Alemania y Francia han puesto fuertes trabas a empresas como Microsoft, Google y Amazon, advirtiendo que no piensan perder el control sobre su ciberespacio local. Se rumorea que Brasil ya empezó a construir servidores raíz para alojar los datos intercambiados en su territorio, sin importar de dónde sea la empresa u organización que los genere. China y Rusia ya mantienen un control total sobre lo que ven los usuarios, y aunque no son dueños de todos los datos que éstos generan, no tardan en hacer sus propios internets y ponerlos a competir con el Internet global.

He aquí, entonces, un dilema de orden político y filosófico: ¿qué es preferible en términos utilitarios?, ¿la soberanía cibernética a costa de la aldea global o un imperio que asegure esa aldea a costa de la autonomía?

 

Pablo Majluf es periodista y maestro en Comunicación por la Universidad de Sydney, Australia. Es coordinador de información digital del Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY). Las opiniones de Pablo Majluf son a título personal y no representan necesariamente el criterio o los valores del CEEY.

 

 

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