Los grandes tienen visiones grandes, por girar la vista hacia elevar la calidad de sus problemas, venciendo los miedos de lo que implica, con trabajo y “manos a la obra”.

 

Habitamos un mundo complejo, de problemas, deseos y requerimientos. Así que si crees que este mundo no es un mundo de problemas, te equivocaste de mundo.

Los emprendedores millonarios tienen problemas millonarios, y hasta el hombre más rico del mundo resuelve problemas tan grandes como las cifras manejadas en sus cuentas bancarias. Estar en sus zapatos parecería increíble, y seguro lo sería, pero se requiere de mucho más de lo que piensas y de perspectivas que no imaginarías (puedes leer “Hoy me levante con ganas de emprender”, un ejercicio de coaching reflexivo que te sitúa en los zapatos de un multimillonario).

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Enfrentarse al crecimiento, para muchos, es un problema, pero quizás existan otras formas de verlo.

Cuando Steve Jobs logró vender sus primeras 100 computadoras a un encargado de una tienda de electrónica, a quien convenció que confiara en él, aún no tenía resuelto el problema. No sabía cómo iba a entregarlas, todavía existían muchos detalles para su entrega, el prototipo no estaba resuelto en su totalidad, además de que las fechas les resultaban mortales para los involucrados, pero optó por un nuevo problema; “ese”, vender y entregar 100 computadoras: accionó y lo eligió.

La diferencia, para cualquier emprendedor, comienza cuando el problema se vuelve emblema y estandarte, porque se es amante de los retos; entonces la mirada cambia, la potencia cambia, la intención cambia y la vida cambia.

Cuando las personas llegan conmigo, lo primero que les digo es que todos, absolutamente todos, tenemos problemas, pero elevar la calidad de los propios es lo primero que debemos hacer, porque hasta en los problemas hay niveles, y no es lo mismo tener que vender tu computadora para comer, que ver cómo resolver el asunto para entregar 100 computadoras ya vendidas.

Entonces el problema se vuelve desafío y apuesta de las habilidades, capacidades y talentos de los que corren riesgos.

Y a mí en lo personal no me queda la más remota duda de que los grandes tienen visiones grandes, por girar la vista hacia elevar la calidad de sus problemas, venciendo los miedos de lo que implica, con trabajo y “manos a la obra”.

Porque ese pequeño giro de problema a emblema y de emblema a desafío sólo puede ser producto de espíritus potentes que deciden el paso por ir detrás de un objetivo, que para los ojos de los débiles es un sueño.

Porque convertir los mismos en emblemas poderosos es elegir ganar la batalla interior, que los insta a superarse a sí mismos, por saber que están hechos para cosas más grandes.

La batalla de las armas personales, de los productos, de los servicios, de los talentos y de la inteligencia. Una guerra de voluntades y solidez, de poder y grandeza, donde lo que se pone en juego es lo que se es cómo individuo, a partir de lo que se hace, porque se es claro que se puede competir con cualquiera, y si el liderazgo es fuerte, la competencia no existe, porque no es necesario comparar lo que yo hago con lo que hace el de enfrente, porque mi propia meta es superarme a mí mismo.

Porque el riesgo es parte de la vida de todo emprendedor, y asumirlo es justamente quitarle terreno al miedo, transformando la energía potencial en cinética, en acción, en poder.

Porque lo que se ve no se juzga, y aquí el resultado es lo primero y todo lo demás es habladuría. Pero la realidad es que todo comienza por hacerlo, por elevar la calidad de tus problemas, por elegir ese paso en la mente, que podría parecer pequeño por ser una elección, pero es lo que distingue a los grandes, a quienes sólo muestran su poder mediante la voluntad de acción, porque saben que ellos están hechos para algo grande, muy grande, porque saben que están hechos para algo más.

 

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