Pareciera que siempre ha sido así, pero las virtudes inherentes a los medios convencionales que por muchos años les dieron credibilidad por consecuencia de monopolio de existencia -y transmisión-, alteraron las prioridades, ofreciendo, incluso, opciones de uso de esa credibilidad para el fenómeno de la manipulación que bien podría ser definida como el abuso de esa credibilidad.

La competencia por la credibilidad a la que me refiero es por la búsqueda de la confianza y la indudabilidad de los mensajes que son aceptados por el receptor en medio de la abrumadora cantidad de emisores que existen hoy en día desde el mundo de Internet y que están enfrentando a la mass media convencional. La reconfiguración del mapa de conexiones con las que establecemos relación diariamente para informarnos de la vida, se encuentra sobrecargado, aun cuando es nuestra decisión la ruta de dialogo con la noticia, el entretenimiento, el intercambio virtual. Esa sobrecarga tiene como consecuencia que, en esa competencia, se den escenarios de cuestionable ética que, dispuestos a llamar la atención, son capaces de alterar la información, inventar la información o deformar la información con el fin de empatizar con un grupo de receptores que, al final del día, son únicamente considerados números que ofertar a los anunciantes que financian alcances de volúmenes de personas para promocionar un producto o servicio, o una idea o actividad política. La semana pasada en México se vivió una situación de ‘propaganda del miedo’ que, más allá de los fines políticos buscados -la auténtica rebelión de la gente, organizada por alguna fuerza clandestina; o la elaborada simulación de escenarios de miedo para la contención de la sublevación popular- es definitiva para entender el balance de los medios de información y comunicación en el 2017. Información generada en las redes sociales, tanto privadas -WhatsApp-, como públicas -Twitter, Facebook-, creó un clima de tensión social y pánico colectivo que fue replicado por los medios convencionales que se vieron rebasados tanto en la generación de información, como en el seguimiento de la misma, posicionándose como simples replicadores del universo paralelo del mundo digital. La forma como fueron incapaces radio, tv y prensa escrita, de asimilar el fenómeno y de alguna manera ofrecer una perspectiva alterna, muestra que, sumado a una falta de actualización en el oficio y al entendimiento del nuevo universo de la comunicación y sus nexos e interpretaciones personalísimas, el crecimiento de la influencia y cobertura de los nuevos medios alternativos apropiados por nuevas generaciones que ya no heredaron la credibilidad inherente a la mass media, o la negaron como parte de un proceso evolutivo natural ante la identificación y cercanía de nuevas formas de dialogo e interacción, es una realidad contundente que modifica totalmente el plano intelectual y emocional con el que consumimos hoy en día la información.

La negativa de las mass media convencional en México a creer en el crecimiento expansivo de Internet como un desafío a sus cimientos, alimentada por la arrogancia equivocada de suponer que solo por existir en una dinámica perversa de complicidades financieras y políticas eran intocables, ha tenido como consecuencia, en nuestro país, una agonía por inanición que llega en 2017 al punto de inflexión en donde las líneas de la gráfica de crecimiento y decadencia de la media convencional e Internet se cruzan, una con tendencia a la baja, otra con tendencia a la alza, rompiendo el paradigma de la dominación colectiva acentuando las deficiencias acumuladas por años de deprecio a las necesidades reales de comunicación e información de la gente.

Internet confirmó su poder la primera semana de enero 2017 y las consecuencias comienzan a sentirse al quedar al descubierto la fragilidad intelectual y conceptual con que fueron administrados la radio y tv nacionales en donde es increíble que el consorcio más grande de comunicación de América Latina sea incapaz de producir un solo ‘talk show’, uno solo, a la semana. O la radio vea como sus receptores han desaparecido del inventario casero, sobreviviendo, y en espacios cada vez más estrechos, únicamente confinada al automóvil.

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En la pasada entrega de los Globos de Oro, conté, cuando menos, 10 series de producción reciente -Goliath, American Crime, The Night Manager, The Night Of, This Is Us, Westworld, Atlanta, Transparent, Ray Donovan, Mr Robot, The Crown, etc- que competían con normas de calidad excepcionales comparables con la delicadeza y perfeccionismo cinematográfico. Algunas financiadas por la tv abierta, otras por la tv por cable y otras más por los servicios de stream. La tv abierta, convencional, dando la pelea entendiendo la revolución de contenidos y características específicas de los nuevos lenguajes con que se mueve el dialogo colectivo en la red. Competencia que ha logrado mantener vigentes a las cadenas y la tv restringida en un entorno en donde la migración a los servicios de stream cada vez es más masiva, manteniendo un relativo liderazgo de opinión e influencia que aún conserva nichos importantes de credibilidad que compiten frontalmente con el mundo virtual. Adicionalmente han desarrollado plataformas portátiles ‘on demand’, así como lenguajes paralelos multiplataforma que completan una experiencia híbrida entre la convencionalidad y la virtualidad. Entendieron la revolución y buscaron su trinchera.

La experiencia inicial de 2017 nos ha demostrado que en México no se entendió la batalla y se perdió el territorio de la credibilidad, de la competencia por la credibilidad, sentenciando a nuestra infraestructura mass media a una extinción paulatina que exigirá una reinvencion que necesariamente tendrá que partir de los breves espacios que dejara la invasión abrumadora del mainstream de la nueva comunicación del siglo XXI definida por la Internet, confirmada por Internet en un ejercicio equivocado de influencia negativa, pero que definió clara y contundentemente el papel que indiscutiblemente ha ganado en esta competencia por la credibilidad a una radio y tv agotados.

 

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