Por políticamente incorrecto que parezca decirlo, la corrupción no es uno de los 10 principales problemas de México. Analicemos.

 

No hay cosa que irrite, desagrade y cause más molestia a los mexicanos que la corrupción. Ya sea por los casos históricos de corrupción en el régimen previo a la alternancia, o por los que han salido a la luz por el cada vez mayor escrutinio que se ha dado en el México de la alternancia.

La corrupción toca las fibras más sensibles de los ciudadanos desatando un rechazo y hartazgo generalizados.

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Una de las conversaciones que más escuchamos en estos días es, sin duda, la de la molestia y desánimo por lo casos de corrupción, el tráfico de influencias, los obvios conflictos de interés y el desvío de recursos y servicios públicos para usos privados.

La irritación con la corrupción no es un tema que sólo molesta a los mexicanos, sino que es un tema que genera la misma reacción por igual en cualquier parte del mundo. La corrupción implica engañar al resto de los ciudadanos, y es, en sí mismo, un acto de deshonestidad profundo que fragmenta a las sociedades, polariza y divide la cohesión entre gobierno y sociedad.

Ahora se habla mucho de la corrupción como el problema más grave de México y América Latina. Los casos de conflicto de intereses en México; de escándalos en Brasil; la renuncia del hijo de Bachelet en Chile; el escándalo de la esposa del presidente Humala en Perú, son muestras de lo que ocurre en la región. Mal de muchos es consuelo de tontos, pero no por eso es patrimonio nacional.

Se escucha en los medios y en las conversaciones cotidianas a la corrupción como uno de los principales problemas de México. Igual en los noticiarios que en las declaraciones de empresarios o en organizaciones de la sociedad civil. En cualquier parte y en cualquier lugar, la corrupción aparece hasta arriba en la lista de las preocupaciones de los mexicanos.

De hecho, es común escuchar que uno de los principales impedimentos para el crecimiento económico y desarrollo del país es la corrupción. Algunos piensan que es “el problema de problemas”. Lo dicen los mismos políticos, lo dicen los ciudadanos y lo dicen los partidos, lo dicen los analistas, lo dice todo mundo.

 

¿Cuánto cuesta en realidad la corrupción?

La historia es más o menos así: los funcionarios desvían recursos, y esto se traduce en que haya menos bienes y servicios públicos. Como se ha expresado coloquialmente, se quedan con todo y dejan a la ciudadanía sin nada. Hay una lógica implícita detrás de esto, y es que cualquier cosa que no esté como yo quiera o no funcione como yo quisiera, se debe a que hay corrupción.

La conversación detrás es que las cosas que faltan en México, faltan porque alguien se quedó con el dinero. En esto tenemos un acuerdo generalizado. Si uno revisa los estudios relacionados con la corrupción nos indican que el costo de la corrupción es del 3% del PIB. Es como si alguien que gana 100 pesos al mes argumenta que porque le quitaron tres no puede pagar la deuda de 40 que tiene que pagar este mes. Por más que queramos encontrar el origen de toda nuestra infamia y tragedia de allí, pues no pareciera estar ahí. ¿O sí?

La conversación “corrupción” ha pasado a ser lo que fueron otras conversaciones más, que en otros momentos de alguna manera encubrían y tapaban lo que en realidad nos detenía para avanzar. Así, tuvimos históricamente varias de estas conversaciones que llamo yo “encubridoras”. Y me refiero a ellas así porque se presentan como la fuente y explicación de todos nuestros males; no dependen de nosotros sino de que se legislen algunas leyes o cambien algunas instituciones, y mientras eso llega permanecemos victimizados esperando que las cosas cambien allá afuera. Es un extraordinario distractor y una maravillosa forma de postergar la acción.

 

Se requieren dos para el tango
Justamente, la conversación corrupción gubernamental es muy llamativa porque pone el peso y la responsabilidad en alguien más cuando todos sabemos que se requieren dos para que se dé y sólo uno para detenerla. Alguien pide y alguien da, y/o alguien ofrece y alguien toma. Pero se requieren dos para el tango. Los que hablan de que la corrupción es algo que corresponde al gobierno resolver, quizá lo que en el fondo dicen es: “no me gusta la corrupción y no quiero participar, pero si para obtener el negocio tengo que hacerlo, pues lo haré”.

Se le da demasiado peso al gobierno y se le atribuye toda la responsabilidad a él. Esta conversación es muy conveniente para los que pagan. Son pobres víctimas del mal y la perversidad de los que piden. Pero es una conversación falsa. Es falsa en primer lugar, porque nos victimiza y nos quita la responsabilidad individual como ciudadanos para detener la corrupción. Qué mejor que sea algo que hace alguien “allá afuera”, y ése nunca soy yo, hasta que lo “tengo” que hacer, porque si no, “pues ni modo, no me quedo con el contrato”. En segundo lugar, porque encubre otra serie de “males” que muy probablemente tengan más impacto y expliquen mejor la falta de resultados que buscamos.

Una de las panaceas de las que se habla para resolver el tema de la corrupción es la consolidación del Estado de derecho. Si bien el Estado de derecho es algo necesario en diversos ámbitos, no queda claro que sea la solución al tema de la corrupción en México, como no parece haber sido en otros países. Los que apoyan esta solución argumentan que al contar con sanciones oportunas y expeditas, los corruptos no realizarán actos de corrupción. No queda claro que sea ésta la solución mágica a la corrupción, como no lo ha sido en otros países.

Una de las conversaciones encubridoras más recientes de este tipo fue la de la democracia. Todos los males de México se debían a la falta de una democracia y alternancia en el poder. Finalmente, en 2000 dimos ese paso, y para desencanto de propios y extraños pareciera que surgieron otros muchos problemas originalmente no anticipados y las cosas definitivamente no se transformaron solas por el hecho de tener democracia. Quizá si hubiésemos puesto menos énfasis en que todos nuestros problemas se explicaban por la falta de democracia y se resolverían con la misma, habríamos visto otros retos y otras cosas que hacían falta para avanzar. Por ejemplo, podríamos haber visto precisamente que faltaba algo en el tema de la corrupción.

 

La diferencia existe

Voy a referirme en los siguientes párrafos a tres formas de hacer una diferencia y por qué que están faltando. No requieren que alguien más las lleve a cabo y tampoco requieren llegar a un determinado nivel de madurez para que funcionen. Están disponibles desde ya para avanzar en el México que anhelamos.

  1. Es necesario crear y empoderar a líderes. y eso se logra dando oportunidades a los que ya tomaron acciones de liderazgo. Esto implica dar oportunidades a los jóvenes y/o a los que ya emprendieron alguna acción específica en un ámbito concreto. Por ejemplo, hace algunos años, una fundación de un ex presidente de Estados Unidos estaba buscando impulsar las relaciones entre este país y América Latina. La forma que planteó para abordar este proyecto fue buscar e impulsar primero a las organizaciones que ya existían en esta materia y ya trabajaban para este propósito, antes de crear una organización propia para perseguir este objetivo. Fácilmente, una organización con el respaldo de un líder mundial podía crear su propia estructura y avanzar sin consultar. Sin embargo, hacerlo así socavaría el liderazgo de las iniciativas existentes de algunos emprendedores sociales y en el largo plazo contar con menos apoyo para su propósito. Entonces ¿a quién más apoyar que a los que ya están en el camino? ¿A quién mejor que a estos líderes y emprendedores que habían tomado un riesgo y tenían un resultado concreto?
  2. En México se confía poco y existen múltiples razones para no hacerlo. Todo mundo se queja de que no se puede confiar y se habla de la multiplicidad de proyectos que no se dan porque no se puede confiar en las personas o en las instituciones. Que los riesgos son muy altos y que esto reduce la viabilidad de múltiples emprendimientos. Desde cierto punto de vista, mucha gente está esperando que exista gente confiable para confiar en ella, hacer negocios y aprovechar oportunidades. Es un tema de huevo y gallina que todos esperamos que alguien resuelva en algún momento. Como desconfío de todo, todo lo que encuentro son motivos y justificaciones para desconfiar. El hecho de confiar en la gente digna de confianza no representa ninguna grandeza. Ahí no hay ninguna toma de riesgo; es sólo una mera “relación de intercambio”, como menciona James G. March. Confiar implica en realidad arriesgarse. El acceso a encontrar más gente en la cual confiar es tomar, ni más ni menos, que más riesgo y confiar más. Esto no quiere decir ser ingenuo, sino que implica tomar más riesgos. En realidad, como en las inversiones, no hay nada más riesgoso que no tomar riesgos. Confiar en los confiables es como guardar dinero bajo el colchón. Arriesgarse con confiar es una contribución que provee crecimiento, es un círculo que regala más gente confiable al país.
  3. Falta ser el ejemplo individualmente. La corrupción de fondo no se resuelve con leyes, instituciones y con que se haga la honestidad en los bueyes de mi compadre. Se resuelve aquí y ahora, y si hay instituciones, mejor, pero no hace falta esperarlas. Cada uno tiene el 100% del poder para acabar la corrupción, y no tienes que preguntarle a nadie.

Muchas veces, las cosas más apremiantes se resuelven de la forma más sencilla.

 

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