El renovado apoyo al presidente Peña Nieto en su decisión de cancelar la reunión con Trump no debe traducirse en un perdón hacia lo que sucede al interior de nuestro país. El conflicto externo con Estados Unidos es un ejercicio valioso de introspección en un esfuerzo para comprender por qué Trump creyó que podía abusar de un país al que considera débil.

La estabilidad macroeconómica y financiera que ha gozado México por más de dos décadas se debe en parte al Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). Este tratado sentó las bases para nuestra modernización, además de soportar el crecimiento de la clase media mexicana. Pero la perpetua desigualdad en México también determinó el alcance del TLCAN. En 1994, año en que se firmó el tratado, el 52.4% de las personas sufrían de pobreza de patrimonio y 21.2% de pobreza alimentaria. En 2013 esas cifras fueron de 52.3% y 19.7%, respectivamente. Los sectores marginados de la población no fueron parte de estos beneficios. Y esto fue a través de cuatro sexenios con distintos partidos políticos en el poder.

Nuestro reciente deseo de diversificar las relaciones comerciales traerán resultados que quedarán lejos de su potencial si primero no atendemos nuestros problemas internos.

Un Estado que no es capaz de brindar credibilidad y estabilidad no puede crecer. La prosperidad a largo plazo de nuestro país depende de ello. La descarada corrupción e incompetencia de la clase política mexicana han creado un Estado de derecho débil y que desmotiva la inversión extranjera, ya sea asiática, europea o latinoamericana.

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Las esperadas reformas estructurales llegaron durante este sexenio, pero sus resultados apenas fueron visibles debido a la corrupción del gobierno.

He hablado anteriormente del caso de Corea, pero enfoquémonos por un momento en China. Por años China fue la fábrica del mundo, inundando el mercado mundial de consumo y comprando materia prima por doquier, pero enfocándose al mismo tiempo en su mercado interno. El resultado es que hoy China se encuentra en una transición hacia una economía de servicios y de manufactura de alta especialización, lo que promete aumentar su competitividad en áreas como tecnología. No estoy de acuerdo el control y omnipresencia que ejerce el gobierno de Xi Jinping en la población, pero la habilidad de su gobierno de planear para el futuro evidencia nuestra pequeñez.

Con el TLCAN, en México sucedió lo que todos esperaban: nos convertimos en la puerta del mercado más grande del mundo. Nuestra manufactura mejoró, pero no supimos aprovechar ese ímpetu. Mientras Corea tiene a Samsung y Hyundai, India a Infosys y a Tata Motos, y China a Huawei y Alibaba. Nosotros continuamos con nuestra subordinación a las decisiones de compañías extranjeras y sin presencia en empresas en el sector digital.

Y la tecnología promete dejarnos atrás. Si los casi 23 años del TLCAN y la prosperidad que nos compró el ser socios de Estados Unidos no fueron suficientes para atender nuestros problemas económicos, entonces qué pasará cuando la automatización arrase en todo el mundo. México es imprescindible en la escena mundial en gran parte por su mano de obra barata. ¿Qué será de nosotros en algunos años cuando ya no sea así?

Vivimos en un país donde millones de microcosmos conviven al mismo tiempo: la realidad de discriminación, desesperación y pobreza que algunos grupos sufren es lejana y desconocida a la realidad de progreso que otros gozan. La corrupción e incompetencia han dado paso a un egoísmo que nos está matando como país. Una prueba es que hoy en día el 10% de la población más rica del país posee el 67% de la riqueza, de acuerdo con Oxfam México.

“Quien no tranza no avanza”, decimos siempre. Esperemos que, pase lo que pase, esta crisis política y económica de la que nos encontramos al borde nos sirva de lección para darnos cuenta de que nuestro famoso dicho es más bien una errónea, inmoral y triste justificación. Lo único cierto es que la permisividad nos está matando.

 

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