No se sabe bien cómo nos afectará, no se dimensiona aún su magnitud y no está claro cómo cambiará la estructura de las economías ni la forma de relacionarnos con ellas. De lo único que se tiene certeza es de que estamos en los albores de una nueva era tecnológica. Este año, la reunión de más de 2,500 líderes del mundo en Davos, Suiza, abordó los retos que impone esta cuarta revolución industrial, la de los sistemas de la información.

La primera revolución ocurrió hacia finales del siglo XVIII y cambió la manera en la que se proporcionaba energía a las fábricas. Aquella alteró la historia de la humanidad; nos permitió generar energía de forma masiva a voluntad y, en consecuencia, modificó la forma de producir y abrió la puerta a posteriores cambios tecnológicos. La siguiente revolución, hacia 1870, de la mano de la electricidad, replanteó la división del trabajo y facilitó la producción en masa. El procesamiento de información, el uso de electrónicos y la producción automatizada son características de la tercera, iniciada aproximadamente en 1969.

Los expertos dicen que los cambios que estamos viviendo hoy en día no son meramente una construcción sobre esta última, sino una nueva era en sí misma, como señala Jeremy Rifkin en La era del acceso.

La velocidad del desarrollo tecnológico actual no tiene precedente histórico y está alterando prácticamente todas las industrias en todos los países, de acuerdo con Valeria Moy, profesora de Harvard.

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Las revoluciones industriales previas ocasionaron sobresaltos en las sociedades, resistencias, procesos de adaptación, pero sin duda repercutieron en importantes mejoras en la calidad de vida de la gente.

La que viene no será la excepción. Habrá grandes avances en algunas áreas, como la salud, pero ocasionará también grandes rupturas frente a los equilibrios actuales. El Foro Económico Mundial acaba de proyectar la pérdida de 7.1 millones de empleos en los próximos cinco años en las 15 economías más grandes del planeta.

Lo que en primer lugar se plantea es si la desaparición de empleos es consecuencia inevitable del progreso técnico, el cual reduce la necesidad de mano de obra. Examinando el telón laboral de fondo, el economista francés Jean Hervé Lorenzi piensa que nos encontramos a mitad de camino de la cuarta revolución industrial. Al igual que en las tres anteriores, las nuevas tecnologías empezaron destruyendo puestos de trabajo.

Pero si la historia se repite, cuando concluya la presente se habrán creado más empleos, considerados al principio nuevos e imprevisibles. Hasta entonces nos toca atravesar la fase intermedia, en que se modifican algunas variables laborales: cambia la duración de los horarios; fluctúa la composición de la mano de obra y su volumen; las mujeres y las personas mayores entran o salen de la población económicamente activa. Según el análisis realizado por Lorenzi, en una etapa de especial movilidad resulta necesario llegar a un acuerdo entre los protagonistas —trabajadores, empresarios, sindicatos, gobiernos, etc.— sobre las condiciones laborales de los próximos años.

Esta pérdida de empleos vendrá acompañada de un incremento de 2 millones de plazas nuevas que requerirán personas con diferentes habilidades. El impacto se verá en todas las industrias, aunque probablemente los sectores salud, energético y financiero serán los que observen mayores decrementos en su personal. Los mercados laborales se verán obligados a cambiar al ritmo de la tecnología. Algunos empleos desaparecerán y surgirán otros que ni siquiera imaginamos ahora. Como resultado, la desigualdad existente puede exacerbarse. El desplazamiento de trabajadores por máquinas o por procesos automatizados hará que la disparidad entre el pago al capital y el pago al trabajo se vaya haciendo mayor. Y al final del día, el factor de producción relevante será el talento, el capital humano capaz de asimilar el cambio tecnológico, de acuerdo –una vez más– con Jeremy Rifkin, en La sociedad marginal de coste cero, y la propia Valeria Moy.

El Foro Económico Mundial ha enlistado las 10 principales habilidades que serán necesarias en el entorno laboral de 2020. No es que no lo sean hoy, pero la importancia relativa es distinta. Las tres primeras son:

  1. La resolución de problemas complejos.
  2. La capacidad de pensamiento crítico.
  3. La creatividad.

Pero detrás de estas habilidades se está presuponiendo que la gente cuente ya con conocimientos y habilidades tecnológicas.

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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