En México predomina una visión tradicional y limitada de cómo generar riqueza, y una muestra clara son las trabas ideológicas que impiden ver las actividades creativas como un bien económico. “Es un caso de miopía social”, dice Ernesto Piedras, presidente de The Competitive Inte­lligence Unit (CiU), firma consultora y de investigación de mercados.

Para países como Inglaterra, la producción creativa es un pilar de la economía, pero en México no se le reconoce como un insumo de alto valor y, por tanto, no se ha desa­rrollado una política pública para impulsarla.

“¿Cómo lo vamos a hacer? No podemos, si la gente que está en el gobierno no lo acepta [que hay riqueza creativa] y los legisladores tampoco lo aceptan, y ni siquiera lo acepta el padre de familia al que su hijo le dice que quiere ser concertista y éste le responde que primero vaya a sacar un título ‘serio’”, señala Piedras, uno de los pocos economistas que se ha ocupado por ponerle números a la actividad cultural en México.

En estos momentos de apremio económico debido al proteccionismo de Estados Unidos, Piedras da algunas razones de por qué habría que cambiar la forma de ver la creación cultural y creativa.

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¿Cuál es la relevancia económica del sector creativo?

Las industrias culturales y creativas pesan 7.4% en el PIB del país, generan 2 millones de empleos directos e indirectos y son un sector superavitario en términos de comercio exterior. Esto a pesar de ser, la mexicana, una sociedad muy expuesta al mundo, culturalmente ha­blando: nueve de cada 10 películas en la cartelera son de otros países; en la radio, seis o siete de cada 10 estaciones ofrecen música en otros idiomas, etcétera.

Si hubiese una política al respecto, estas industrias llegarían hasta el 12% del PIB.

Somos una potencia económi­co-cultural; le vendemos más al mundo que lo que le compramos, y generamos un excedente de divisas.

El empleo en la cultura repre­senta 3.6% de la mano de obra, y la productividad en este sector es en promedio dos veces superior al promedio nacional, pese a ser visto como un sector de ocio, improducti­vo, de vagos, etcétera.

Cuando ocurrió la crisis del año 2008, yo estaba en Reino Unido y recibí una llamada de Conaculta diciéndome: “Ayúdanos, porque nos están cortando presupuesto por la crisis”. Al mismo tiempo, en [la edi­ción de] The Times de ese día, venía una nota del ministro del tesoro [que decía]: “Por segundo trimestre consecutivo, ha caído el PIB. Es ofi­cial: estamos en recesión, tenemos que invertir en cultura”.

O sea, [es] el mismo fenómeno económico, con dos aproximaciones radicalmente diferentes. Aquí [en México], es: quítale el dinero a ese sector que no importa para nada y, allá [en Inglaterra], es: métele dinero porque hace que vengan turistas, haya derrama de libras, se ocupen los hoteles, se use el transporte, se venda merchandaising, etcétera.

En Inglaterra, Francia o Italia ya no hacen la nota que tú haces; ya no se preguntan si la cultura tiene un valor económico, sino: ¿Cómo la vamos a aprovechar mejor? Si le agregas el turismo cultural, que se­gún Sectur es 20% del turismo total, el indicador se va a 9.1% del PIB. La industria cultural es el tercer sector de actividad económica, detrás de la maquila y el petróleo.

 

¿Cómo se desglosa ese 7.4% del PIB?

Se incluyen las 14 categorías de la Ley Federal de Derechos de Autor que es audiovisuales (aquí entra la música, el cine y otros audiovisua­les), artes plásticas, editorial, artesa­nías, diseño y hasta software.

La música es el sector más pesado; es muy transversal, pues compras los CD, descargas música, vas a conciertos… Casi todas las actividades culturales tienen música: en la inauguración de una exposición tocan música, en un museo como San Ildefonso hay una orquesta de cámara tocando, en eventos oficiales tocan música; está por todos lados.

Ligeramente por debajo de la música están los libros. Luego vienen las artes plásticas y, después, la economía sombra o informal e ilegal.

 

¿Cuánto pesa, según tus cálculos, la economía informal e ilegal?

Hoy es 44% del total, y aquí vienen la música, los libros, las artes plásticas, las artesanías, el diseño, etcétera.

 

Descontando ese 44%, ¿el restante es algo estructurado?

Hay muchísimo por estructurar. Toda esta cadena económico-creativa nace de un insumo esencial, que es la creatividad de carácter simbólico que tenemos en México. Somos muy conocidos por nuestros colores, sabores, imáge­nes, sonidos; lo hemos tenido siempre.

Pero es vista como una mercancía cualquiera. Tanto que, a la hora de la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), no tuvimos un trata­miento específico para las industrias culturales.

Canadá tuvo una cláusula de excepción para la cul­tura. Dijo: “Mi cultura no la voy a negociar”. México, en algún momento, hizo una pequeña cláusula de excep­ción, pero dicen los negociadores que fue más como una carta de negociación para que, a la hora de las presiones, pudieran decir: “Órale, meto toda mi cultura”.

Un país de corte proteccionista con su cultura, como lo son Francia o Canadá, mete muchos canda­dos, como, por ejemplo, cuotas de pantalla: si vas a transmitir en televi­sión, 60% u otro porcentaje del contenido tiene que ser producido en el país, con técnicos, actores, guionis­tas del país.

En cambio, los países anglosajones son más liberales, sobre todo para la promoción de sus produc­ciones. Estados Unidos te dice: “Tienes que dejar en­trar todas mis películas, sin aranceles”, pero si quieres ir a filmar a Estados Uni­dos, te dicen: “No puedes; eso lo hace Hollywood”.

 

¿Hay elementos para tener una industria cultural robusta?

Tenemos potencial para crecer en empleo, infraestructura, inversio­nes, importaciones, producción, contenidos…

Pero siempre le hemos dado a la cultura un tratamiento muy reve­rencial; la ponemos en un pedestal y nadie la toca. En cierto sentido, eso puede ser muy lindo, pero, en términos de política pública…

Y no hablo de comercializar o mercantilizar la cultura, pero hay un bloque de la cultura que querría tener mayor alcance económico, comercializar más, producir a ma­yor escala, y hay otros [bloques] que dicen que no.

La cultura es un sector transver­sal: la pisamos, comemos, vestimos, bailamos todo el tiempo. Démosle, entonces, un tratamiento trasversal. Hoy, la cultura no se habla con la Secretaría de Economía y ProMé­xico para promover exportaciones, ni con Hacienda para una política fiscal especial.

Si, por ejemplo, compras una tarjeta de iTunes y pides factura, no te la pueden dar porque Hacienda no sabe si cobrarle a Mixup, a Apple o a quien te descarga la canción, así que termina no cobrándole a nadie. [Entonces] es una importación irregular.

Otro ejemplo es Netflix; si en tu casa pones una dirección IP radicada en Esta­dos Unidos, estás contratando Netflix en Estados Unidos y tendrás antes el conte­nido y con mayor variedad. Eso es fayuca audiovisual, porque estás pagando allá; no pagas impuestos aquí. Y Hacienda no sabe qué hacer [al respecto].

La digitalización está haciendo mucho de esto y no tiene freno. Por eso, dentro de la construcción de una política cultural integral, cabe una política fiscal para la cultura. Hay que revisar si deben o no pagar impuestos los libros, los discos, etcétera; pero, también, ver cuánto le vas a inyectar a la cultura.

Cuando escribí el libro ¿Cuánto vale la cultura?, Víctor Hugo Rascón Banda me habló y me dijo: “¿Cuánto pesa el presu­puesto asignado a cultura?”. Hice la cuenta y era el 0.0002% del PIB. Me preguntó: “Con 0.0002, ¿produces 6.4%?”. Dicen que, cuando le dijeron esto al secretario de Hacienda de entonces, su respuesta fue: “Si con tan poquito [presupuesto] producen tanto, ¿para qué quieren más?”.

Lo primero, para tener una política pú­blica para la cultura, es identificar en qué eres bueno y, luego, crear el ProMéxico de ese sector.

 

¿Ya sabemos cuál es nuestra fortaleza?

Tenemos varias. Intuitivamente, te diría que la música es una de ellas. Al mundo le gusta mucho nuestro contenido musical. Artes plásticas… Históricamente hemos tenido mucha huella en el mundo: muralis­mos, o Frida Kahlo hoy día.

 

Son activos que están ahí, es­perando un aprovechamiento más estructurado…

Son insumos que no nos están esperando, sino que, cada día que no los aprovecha­mos óptimamente, los desperdiciamos.

Una diferencia de este insumo, que es la creatividad versus el petróleo, es que el crudo [involucra] una decisión intertempo­ral: tengo un barril enterrado, lo saco hoy o lo saco mañana, cuando valga más, pero sólo tengo un barril.

En cambio, puedes pintar un cuadro hoy, mañana otro y, pasado mañana, otro más. Por tanto, cada día que no aprove­chamos esta creatividad [se traducirá en] empleo, producción, inversión, divisas perdidos.

Sí, nos falta esta política cultural inte­gral, que tenga una política económica.

En las reuniones de consulta para la Ley de Cultura que estamos trabajando en el Consejo Redactor, propuse un capítulo económico para la cultura que, primero, mapee cuántas unidades económicas de cultura hay, cuántas son Pymes, cuánto empleo generan…

Y que abra canales de financiamiento, porque hay al menos dos culturas: una que es viable en el mercado, que no necesita apoyos de la Secretaría de Cultura ni de nadie, y otra que no tiene rentabilidad o viabilidad de mercado.

Ernesto Piedras, presidente de The Competitive Intelligence Unit. (Foto: Fernando Luna Arce)

¿Qué necesitaría la cultura?

Una política al estilo Canadá o Inglaterra, no para pensar en lo que podría contribuir la cultura en términos económicos, sino en lo que, de facto, ya contribuye.

 

A cuánto podría subir ese 7.4% de contribución al PIB?

Puede llegar a 9% y, con ello, estamos hablando de 600,000 empleos más de alta productividad.

Pero, además, la cultura esencialmente es bienestar, es cohesión social, es elevar el nivel educativo, es satisfacción estéti­ca. En economía decimos: cuando tienes lo económico y el bienestar, [entonces] tienes desarrollo integral.

 

¿Es la cultura más distributiva de beneficios que otras activi­dades?

Aquí también hay una concentración, la­mentablemente. Si ves las remuneraciones en las grandes empresas de la cultura, son muy superiores a las de las microempresas, lo cual es contradictorio, porque el proceso productivo de la cultura opera en micros. El poeta que va a escribir un libro no se junta con un grupo grande, y el pintor puede tener sus ayudantes, pero es una microempresa. El elemento de la creativi­dad es individual.

Las grandes empresas son la disquera, la distribuidora de películas, el Auditorio Na­cional… Sí, hay un ejercicio de inequidad.

Las grandes compañías que se dedican a la distribución son las que se apropian de la mayor proporción del valor, y las micro se quedan con la menor proporción.

Por otro lado, las ciudades más gran­des suelen atraer creatividad. Hicimos un ejercicio para el Distrito Federal y, cuando vi los primeros resultados, era de 8.9% [la aportación de las industrias creativas al PIB local]. Les dije que [la cifra] estaba mal. Nunca he visto un lugar en el mundo que tenga 8.9%. Así que revisamos dato por dato… ¡y estaba bien!

Lo que sucede es que las comunidades pequeñas expulsan la creatividad y las grandes la atraen. Lo llamamos “efecto centrífugo”.

 

¿Cómo se estimula la creación? ¿qué vas a recomendarle al consejo redactor? ¿cómo lo hacen los ingleses?

Tienen un beneficio de marca, no son tan proteccionistas, no tienen tanto este enfoque de becas como en México, son más irreverentes hacia la cultu­ra, la comercializa quien quiera: en el metro la gente canta y tú grabas tu disco y no es ilegal venderlo mien­tras tocas en la banqueta.

Tienen una entidad de gobierno dedicada al arte con ciertos presu­puestos, con un enfoque sumamente comercial. No andan regalando lana; parten de un punto que es mucho más positivo que el nuestro: si yo te dijera: “Soy músico”, tú podrías pensar: “Pobre, no encontraste nada productivo qué hacer”. Y si allá dices: “Soy músico”, te dicen: “Qué interesante”. Socialmente, no hay un castigo por dedicarte a la creatividad.

 

¿No hay, entonces, una po­lítica pública, una mano que induzca…?

Tienen una inercia muy virtuosa de oferta y demanda, escriben mucho y leen muchísimos tabloides o novelas ligeras; pero, en el metro, todo mundo va leyendo y todo el tiempo escuchan música.

 

Pero los europeos en ge­neral leen bastante y no tienen tanta producción como Inglaterra. ¿hay en este país algo planeado?

Hay políticas. Por ejemplo, hace 15 o 17 años tenían una política de regeneración social por medio de la cultura y el deporte. Crearon los clústeres creativos. A una plan­ta industrial que ya no estaba en uso, llegaba el gobierno y hacía 50 cubículos, que ofrecía a escritores, poetas, pintores. Hoy vas a estos clústeres y tienen cafete­ría, librería, pubs, pues los creativos beben mucho, sa­len, discuten, leen, hablan.

Estos clústeres son estrategia. Y luego tienen un área de trend and investment, como un Pro­México en donde le dan un enfoque al artista. Le dicen: “Tú produces esta revista localmente; veamos si tiene viabilidad comercial en el mundo; lo tiene si le das un acabado más brillante a tu carátula y lo complementas en contenido y montas una página web…”

 

¿Se trabaja en algo así en México? ¿se propondrá algo en el consejo redactor para generar ese vínculo con lo económico?

No hablo en nombre del Consejo Redactor, sino del equipo. Sí esta­mos trabajando en un cuerpo que es el capítulo económico para la Ley de Cultura, que toma ejemplos de otras leyes porque la ley de cultura no tiene precedente económico.

Ni siquiera tiene el capítulo de seguridad social. Es decir, quienes están en este sector que genera 7.3% del PIB no tienen Seguro Social, guarderías, atención médi­ca, jubilación, fondo para el retiro. Si me preguntas: ¿Se está pensando en ello?, creo que no. Estamos haciendo el esfuerzo de meter este capítulo económico, pero fal­tan muchísimas cosas; falta considerar la cultura con ese valor económico también… y falta toda esa articulación.

 

¿Qué dice ese capítulo económico?

Optimizar el aprovechamiento del recurso creativo con el que cuenta México en términos de producción y empleo, para lo cual necesitas infraestructura, capaci­tación, canales comerciales. Es decir, darle un trata­miento económico a los creadores que quieran operar económicamente.

 

¿Con intervención de quién?

De todos: [del sector] público y [del] privado; pero la articulación debe venir, sobre todo, desde lo público; no así la aportación. Sé que vivimos en una época de astrin­gencia fiscal al extremo.

No es que el gobierno o los privados no hagan nada, pero [el problema] es cómo arti­cularlo y aumentar el recurso. Al gobierno le interesa generar empleo y el privado toma la cultura como un acto de contribución social, de gusto personal o de beneficio económico.

 

Finalmente, ¿cómo defines esto que con casi nada de inversión ge­neras 7.4% del PIB? ¿cómo llamar­le a eso?

Es un caso de miopía social. Sí aceptamos que somos ricos en términos de ese recurso pro­ductivo, que es la creatividad… [pero] creo que no nos reconocemos con esas riquezas.

 

Si no la reconoces, menos vas a saber qué hacer con ella…

Exacto. Tú estás planteando una política integral para la cultura y yo digo: ¿Y la política fiscal, capítulo económico? No podemos, si la gente que está en el gobierno no lo acepta [que hay riqueza creativa] y los legisladores tampoco lo aceptan, y ni siquiera lo acepta el padre de familia al que su hijo le dice que quiere ser concertista y éste le responde que primero vaya a sacar un título “serio” y ya luego se vaya “con sus amigos, los vagos”.

¿Cómo darle la vuelta a esa miopía social? Yo, como economista, creo que los números nos pueden servir (2 millones de empleos, divisas, producción…). Aunque sea por lucro. Y, si no es por ahí, no tengo más elementos.

 

Indicadores culturales

  • 7.4% del PIB lo aporta la industria cultural y creativa.
  • 2 millones de empleos directos e indirectos genera.
  • 9 de cada 10 películas en cartelera no son mexicanas.
  • 6 de cada 10 estaciones de radio difunden música en otros idiomas.
  • 20% del turismo total corresponde al cultural.
  • 44% del total de la economía informal viene de la música, los libros, las artesanías, etcétera.

 

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