Cuando llegó el sorprendente resultado del referéndum británico por el Brexit (su salida de la Unión Europea, UE), de inmediato explotaron por doquier voces que pedían desconocerlo, convocar a un segundo referéndum, etc. Lo que querían los inconformes era, con base en toda clase de “justificaciones”, que se pasara por alto la decisión democrática mayoritaria “por el bien” de los británicos y del mundo.

No hay duda de que había y sigue habiendo mecanismos para que esto se pueda hacer. Sin embargo, como sostuvimos desde el inicio en este espacio, eso no ocurrirá.

El sábado se informó que el gobierno británico desechó de manera formal la petición en línea firmada por 4.1 millones de personas que pedían la promulgación de una regla que convocara a otro referéndum.

La solicitud se basaba en que el voto por el Brexit no rebasó el 60% a favor y en que la participación fue menor al 75%. La respuesta oficial fue que la ley respectiva de la UE no incluía reglas acerca del mínimo de participación.

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El gobierno –a través del Ministerio de Exteriores– respondió que “han dejado en claro que éste fue un voto de una vez en una generación y, como el primer ministro ha dicho, la decisión debe ser respetada”. Agregó: “Ahora tenemos que prepararnos para el proceso de salida de la UE, y el gobierno está comprometido a asegurar el mejor resultado posible para el pueblo británico en las negociaciones.” No habrá marcha atrás.

Aquí dijimos que no había argumento válido para que un instrumento democrático como éste fuera desechado nada más porque no agradó a las élites.

Pese a ello, una y otra vez se repiten las razones que adujeron los opositores, como que los votantes ni siquiera sabían lo que era la UE, o que fueron los “viejos” los que con su sufragio dañaron el futuro de los jóvenes, en fin.

Se den cuenta o no, apelar a la “ignorancia”, edad, sexo, etnia, etc. como motivo para menospreciar el voto de una persona o grupo, contiene una alta carga de fascismo.

No debemos equivocarnos. Hasta hace relativamente poco, con razonamientos similares, se discriminaba a las mujeres y a los negros, por ejemplo, y se les negaba así el derecho a votar.

La democracia tiene muchos defectos que en este espacio abordaremos en entregas futuras. Entre ellos le adelanto su natural tendencia hacia el socialismo, debido a que la voluntad mayoritaria se impone sobre la de las minorías, que son sojuzgadas. De este modo, tarde o temprano se cae en la tentación de que unos quieran vivir a expensas de otros, y se apele a la democracia como “legitimadora” de sus demandas.

Esa tendencia hacia el autoritarismo vuelve indispensable que los defensores de la libertad individual realicen sin descanso la difusión de sus ideas, porque siempre hay alguien que –manipulando a las masas– pretende despojarnos de ella.

Pero más allá de sus defectos, la democracia occidental actual tiene la virtud de dar igual valor al voto del pobre y del rico, al del “más inteligente” y al del “menos inteligente”, etc. Así se elige a las autoridades constituidas y se toman algunas decisiones como la del Brexit.

Por eso sostuvimos aquí que desechar ese referéndum hubiera significado matar a la democracia como la conocemos. La clase política gobernante se hubiera deslegitimado, pues ella misma es fruto del voto de esos “ignorantes”.

El propio presidente estadounidense, Barack Obama, ha dado señales claras de la irreversibilidad del Brexit, al declarar el fin de semana: “Creo que debemos asumir que el referéndum, que ya pasó con gran atención, una larga campaña y una participación relativamente elevada, va a suceder.”

Lo que vendrá para el Reino Unido está por verse, pero tienen en sus manos la oportunidad de seguir el camino de la libertad de mejor manera que estando en la UE. Esperemos que así suceda y que muchos otros países, incluido México, lo sigamos.

 

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