La desconfianza es un valor adulto, de madurez. Reconoce que la mayoría de los seres humanos actuamos con fines egoístas y tendemos a abusar de los demás cuando tenemos la posibilidad de hacerlo.

Suficientes reyes “emanados del poder divino” sufrieron en su historia. Suficientes locos autoritarios, “emanados de la voluntad popular” tuvieron que soportar, como para no entenderlo. Lo seres humanos son imperfectos y con poder, son aún más imperfectos y más peligrosos.

La tecnología de blockchain, por ejemplo, es un buen ejemplo de un ambiente de desconfianza exitoso: Permite la colaboración de los individuos en un ambiente descentralizado en donde todos desconfían de todos, nadie impone su voluntad al grupo, y al final, todos se benefician. ¿Quién controla? El grupo. ¿Quién vigila? Todos. ¿Quién puede abusar del poder? Ninguno.

Sin desconfianza no habría entre otras cosas: ciencia, medicina, derecho, contratos, divorcio, vacunas, libertades individuales, sistema judicial, democracia y buen gobierno.

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La religión también desconfía del ser humano y por ello, le fija reglas de conducta y capacidad de arrepentimiento y corrección. Sin embargo, paradójicamente los sacerdotes, gurús y demás se sienten por encima de la imperfección y exigen la confianza absoluta de sus fieles en ellos… con las siempre fatales consecuencias.

El protestantismo aminoró este problema al desconfiar de los jerarcas eclesiásticos, poner en contacto directo al fiel con su dios y separar a la Iglesia del poder político. Por ello, los países de mayoría protestante generaron mejores sistemas de gobierno que los países de mayoría católica.

En México, sin embargo, se piensa y hasta exige que se le tenga confianza plena al gobierno; este gobierno obeso y pretencioso que es dueño de mares, tierras, aguas,  cielos y hasta del salero en la mesa.

Hoy, además, veo muy confundidos a muchos de los seguidores de AMLO. Creen que además de entregar su voto, ahora deben entregarle su cabeza. Que cuestionarlo es pecado, que si desconfían lo traicionan; creen que su misión es convencer al resto de los mexicanos que no votaron por él o a quienes a pesar de haber votado por él, ahora lo critican o cuestionan.

La mayoría de ellos desconfiaba plenamente de los otros gobernantes y del sistema en general. No había acción que los convenciera del proyecto o del político en turno. Hoy, están del otro lado, ya tienen lo que querían y sufren de ceguera electoral. Lo que viene a confirmar que la ilusión y la desilusión son dos caras de la misma moneda y que ambas se combaten con desconfianza racional.

Sus seguidores no parecen entender que la mejor manera de ayudar a AMLO es cuestionándolo y exigiéndole cuentas, buenas decisiones.

En los años 90 en Nuevo León, había una efervescencia política con el triunfo del PAN en el Estado. Para los panistas, todo lo que oliera a PRI era corrupto y todo lo que hacia el PAN era divino, inmaculado, genial. Cualquiera que opinara diferente era un vendido o un imbécil.

Luego vino “El Bronco” y lo mismo: todo aquel que no apoyara incondicionalmente al “independiente” era hostigado como traidor y corrupto; y todo aquel que lo cuestionaba y exigía buenas cuentas era atacado como enemigo de la democracia y del bien común.

Creo que ya falta un poco menos para que la sociedad mexicana deje de creer en sus líderes políticos, empiece a creer en sí misma pero sobretodo, y siga fortaleciendo los contrapesos del sistema y las defensas del ciudadano ante el abuso del Estado.

El objetivo es muy sencillo: Utilizar la desconfianza para construir un sistema a prueba de malas decisiones y malos gobernantes. Es labor de todos, no de uno, y sobretodo, nunca es labor del político en turno.

Por eso es valiosa la desconfianza, porque le da poder al individuo, a la sociedad y a las instituciones.  Si el político en turno sale bueno, excelente, pero si no, si resulta ser un loco o un patán, no pasa nada, el sistema corrige con oportunidad.

 

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