La depreciación como tratamiento para paliar los arraigados problemas económicos y de competitividad no debe ser motivo de orgullo para nadie.

 

Por Russell Flannery

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La decisión de China de devaluar su moneda era una posibilidad que comenzó a evaluarse en el punto más álgido del caos en el mercado bursátil del país el mes pasado. El gobierno, a través de sus diversos brazos, pero especialmente los medios de comunicación controlados por el Estado, habló persistentemente sobre el mercado de valores a un nivel de sobrevaluación a un nivel que era difícil no interpretar como una señal de desesperación política.

Las economías fuertes tienen monedas fuertes, y el movimiento de ayer es señal de problemas en China, sobre todo al estar acompañado de un anuncio de crecimiento de 7% del PIB, un superávit comercial grande y creciente, y las mayores reservas de divisas del mundo.

El impacto de la acción de China, aunque enmarcado por las autoridades como un paso hacia un mercado más libre, no es útil para la economía mundial en el corto plazo, porque refuerza la presión deflacionaria que ya es motivo de preocupación a nivel mundial, y tenderá a inclinar más balanzas comerciales globales hacia China. Lo último que necesita la economía mundial es una China rica que intenta volver a un modelo de crecimiento centrado en las exportaciones.

En lugar de un pequeño tónico para la industria de exportación, a mí me parece que lo que China necesita es una desregulación mucho más sistemática y la reforma de su economía del tipo que parece ser un anatema para la administración del presidente Xi Jinping. El gobierno de Xi ha expresado su voluntad de reformar el sistema de propiedad estatal que aún persiste en el país, pero hay pocos o ningún éxito claro hasta la fecha. China podría impulsar su propio desempeño económico si moviera el capital y otros recursos desperdiciados en el sector estatal a usos más productivos, como lo hizo en las décadas de 1980 y 1990.

Del mismo modo, es mucho lo que podría hacer para atraer más inversión de empresas internacionales. Una señal de alarma, para mí, es el tibio interés entre los negocios globales para invertir directamente en la segunda economía más grande del mundo. La falta de transparencia en lo que respecta a las reglas, la falta de flexibilidad en la contratación y el despido, y otras cargas impuestas a las empresas hieren a la economía china. La depreciación como tratamiento para los arraigados problemas económicos y de competitividad –especialmente si consideramos los grandes desequilibrios relacionados con el sistema de comercio mundial que China ya tiene–  no debe ser motivo de orgullo para nadie dentro de China o fuera de ella.

Peor aún para el mundo, es probable que continúe la depreciación en China hasta tocar 6.5 yuanes por dólar a finales de este año, y 6.6 yuanes a finales del próximo, según UBS. Ahora sólo nos queda preguntarnos cuál es el cálculo del gobierno de China para el superávit comercial de su país con Estados Unidos si esos pronósticos cambiaros se concretan y qué papel jugará ese factor en las próximas elecciones presidenciales de EU.

 

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