En lo que va de crisis económica y sanitaria, mucho hemos escuchado sobre el desplome de la economía mexicana y de los efectos de este sobre el empleo, pero poco sobre la escasa digitalización que presentan las empresas en el país, así como el impulso que debe experimentar dicha digitalización para adaptarse a la nueva normalidad. Una situación que, independientemente de la prioridad y la relevancia que el presidente AMLO le atribuya a cada asunto que deba gestionar, podría comenzar a impulsarse desde la administración pública, a la vez que se siguen adoptando medidas para sortear los efectos de una crisis sin precedentes y que pretende incidir en el PIB azteca con una fuerza desmedida.

Y es que, con una crisis que, dada su naturaleza, requiere de la aplicación de medidas de distanciamiento social para garantizar la seguridad de los ciudadanos, ante un virus que muestra una elevada tasa de contagio, no digitalizar la economía es uno de los mayores errores que podían cometerse. En este sentido, el shock de oferta al que se ha visto sometida la economía, en un escenario en el que la demanda no se ha visto satisfecha por la escasez de oferta, la digitalización es una alternativa para ya no solo paliar la situación, sino para esquivar esos shocks que, ante la incapacidad de mantener la distancia social, mantenían los comercios cerrados al público, así como a esos comerciantes sin la capacidad de poder ofertar sus productos y generar ingresos.

En este sentido, las cifras muestran esta realidad de la que hablamos. A fecha de 2019, como contábamos en este mismo medio, en Forbes, la economía mexicana se encontraba escasamente digitalizada. De acuerdo con los indicadores oficiales, la industria mexicana presentaba una muy escasa digitalización, la cual ha sido contrastada durante la crisis que hoy nos acontece. Así, hablamos de que, con relación a la totalidad de empresas en el país, únicamente el 30% de estas se encuentran digitalizadas. Es decir, 3 de cada 10 empresas en el país han iniciado un proceso de digitalización, restando un 70%, 7 de cada 10 empresas mexicanas, que siguen operando de forma tradicional y sin la implantación de sistemas tecnológicos.

Por tanto, con una crisis que, precisamente, impide el contacto físico y, en el peor de los casos, sigue sin descartar la llegada de rebrotes que obliguen a los distintos gobernantes a aplicar las medidas de confinamiento social, contar con un 30% del tejido empresarial digitalizado es un coste de oportunidad que México no puede permitirse. Y es que, para hacernos una idea, hablamos de un escenario en el que el vulnerable mercado laboral mexicano, en un escenario en el que la tasa de informalidad brilla por su elevada presencia, las medidas de distanciamiento social podrían seguir destruyendo más empleo del que, hasta ahora, llevamos destruido. Esto, teniendo en cuenta las previsiones del Fondo Monetario Internacional (FMI), debería hacernos repensar el modelo que debe adoptar la economía mexicana.

Pues, de acuerdo con las últimas cifras del último trimestre, hablamos de una destrucción de empleo que ya se cifra en más de un millón de habitantes. Pues, dicha situación ha provocado que la incapacidad de operar en estas condiciones haya condenado a estos habitantes a perder sus empleos; y, esta cifra, dicho sea de paso, habla de empleos formales, pues de comentar los empleos informales en cómputo con esta, hablamos de una cuantía notablemente superior. Si a esto le computamos ese mayor deterioro previsto por el Fondo Monetario Internacional y ese enfriamiento en el mercado laboral que venía arrastrando la economía mexicana desde antes de la pandemia, estamos hablando de una situación en la que el país, así como sus gobernantes, debería actuar con contundencia, así como con la intencionalidad de aplicar esos diques de contención que, al menos y como la digitalización, frenen esa destrucción de empleo que, en adición a la contracción del PIB prevista y que sitúa la caída en el -10%, deja a la economía mexicana en un estado muy deteriorado.

Por tanto, y al igual que se ha hecho en otros países, México debería apostar e impulsar la digitalización para adaptarse a la nueva normalidad. Y no solo hablamos de una situación en la que los comerciantes, así como las empresas, pudiesen operar, así como operar mejor, sino de una situación en la que, como recoge un estudio de Manpower Group en Latinoamérica, la rentabilidad de las empresas mexicanas, en una situación normal, podría verse incrementada en hasta un 26%, respecto a sus competidores. Además, si a esto le añadimos que dichos procesos de digitalización pueden llegar a incrementar la productividad de dichas empresas en un 30% durante el primer año, así como en hasta un 45% durante el segundo, pocas razones quedan para seguir apostando por modelos tradicionales, los cuales, además, no pueden convivir con esta situación; quedando recogida la muestra durante esta pandemia.

En conclusión, con los datos encima de la mesa y valga la redundancia, existen pocas razones para no apostar por la digitalización en la economía mexicana. El escenario que se presenta refleja un claro pesimismo que solo puede ser suplido con medidas que capaciten a las empresas para adaptarse al nuevo entorno. Si a esto le sumamos la incapacidad a la que se están viendo sometidos los países en Latinoamérica para lanzar medidas que, desde la administración, traten de inyectar capital público para dotar a las empresas de recursos, seguir sin planes que aboguen por la digitalización solo representará un lastre más para una mayor pérdida de empresas, así como de empleo.

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