Ciertamente en estos últimos tres meses la agenda nacional no es lo único que ha cambiado. Dentro de las posiciones clave en el gabinete del actual gobierno de México y acompañando las expectativas de la Cuarta Transformación llegaba la designación de Marcelo Ebrard, quien desde una formación internacional podía ser pieza clave en el nuevo posicionamiento del país en el exterior.

De inicio, la política exterior se impuso en la agenda del gobierno de López Obrador con la promesa de basar en la Doctrina Estrada aquellos ejes que los gobiernos neoliberales habían “trastocado” con la intención de darle un matiz económico a la interacción con el exterior.

Con o sin intención, hablar de la Doctrina Estrada e invocar los principios de no intervención, respeto a la soberanía y solución pacífica de controversias perdió contundencia y hasta credibilidad ante la percepción de una tibieza en el posicionamiento de la Cancillería en temas de coyuntura geopolítica como lo son la actual situación en Venezuela o la ofensiva agenda migratoria del gobierno de Estados Unidos.

Con la promesa de encabezar una estrategia conciliadora que permitiera a los ciudadanos venezolanos llegar a un acuerdo político con el actual régimen de Nicolás Maduro, México se mantuvo al margen de los posicionamientos tajantes de la comunidad internacional y el gobierno de la República, a través de la Cancillería, permaneció con una aparente neutralidad ante la agitación política en Venezuela. Una vez que el Ejecutivo federal de manera reiterada ha reconocido como legítimo el régimen de Maduro, la neutralidad se esfumó y los principios de no intervención antes invocados también.

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México ha sido durante años un actor clave en el escenario internacional, una bisagra importante para el desarrollo de la política exterior de Estados Unidos y un socio comercial estratégico en diferentes arenas.

Hoy más que nunca se requiere una estrategia transversal y multidisciplinaria, que logre concatenar los esfuerzos de todas las secretarías de Estado con interacciones en el exterior. No sólo para mitigar los efectos negativos de los frentes de conflicto y controversia que se abren diariamente, sino para mantener la presencia y congruencia de México en el cumplimiento y actuación de compromisos internacionales, como aquellos que hoy se evidencian con la cancelación de recursos a estancias infantiles, de estrategias de seguridad alimentaria como los comedores comunitarios o el incumplimiento de protocolos de atención para mujeres víctimas de violencia de género.

Los puntos de conflicto con actores externos ya sean calificadoras, organismos internacionales gubernamentales o no gubernamentales o actores de las relaciones internacionales solo alejan a México de la estabilidad y liderazgo que brindaba la política exterior. Y lo colocan en una posición de incongruencia y contradicción.

Hay que reconocer que, si había un eje atinado y bien desarrollado en la historia democrática del país, ese siempre fue la política exterior.

La gran tradición diplomática y su capacidad de entregar resultados de concertación y gestión brindaban resultados tangibles y medibles, basta mirar el sector turístico que atinadamente se fortaleció con acciones concretas a través de ProMéxico.

Hoy, vemos los resultados de cancelar iniciativas como esa. No dudamos de la capacidad de la red de consulados y embajadas de México en el exterior quienes ahora tendrán a cargo la promoción turística del país, pues justamente ha sido gracias al personal del Servicio Exterior Mexicano y que a través del Instituto de los Mexicanos en el Exterior, se atiende de manera impecable a nuestros connacionales. Sin embargo, si es imprescindible que se concrete en el Plan Nacional de Desarrollo una estrategia clara y bien definida acerca de los objetivos y acciones que ahora tenga la SRE y la política exterior mexicana.

Preocupa la postura liviana bajo la cual parece que México se ha subido a la agenda migratoria de los Estados Unidos y en la que se comprometen recursos nacionales (reconducidos de programas sociales hoy extintos) para la atención de los programas que nos han sido impuestos para contener a los migrantes centroamericanos en el país y evitar así su llegada a la frontera Norte.

Pero preocupa aún más que en el afán de retomar el desarrollo hacia adentro, la política exterior deje de ser una prioridad.

 

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