Los cambios estructurales implementados desde el exterior en los terrenos político y económico mexicanos fueron introducidos mediante la doctrina del shock, debido a la magnitud de los mismos y la resistencia que encontrarían bajo condiciones “normales”. Ésa es una visión alternativa que te presentamos en esta trilogía, en cuya primera entrega explicamos la forma en que los neopols (o tecnócratas) arribaron a las estructuras de poder.

 

Por Samuel Schmidt y Rubí Rivera

Los neoliberales, mejor conocidos en otras partes del mundo como neoconservadores o neopols, llegaron al poder en México tan temprano como en 1982. En ese entonces se les presentaba como tecnócratas, lo que era peyorativo, porque se les consideraba como insensibles, en comparación con los políticos, que de sensibles no tenían nada, pero que tenían maneras más sofisticadas para afectar a la gente. El tecnócrata imponía decisiones porque había determinado que era por el bien –muy lejano, por cierto– de todos, mientras que los políticos lo hacían en nombre de un diseño revolucionario que le daba esperanzas a la gente de que algún día la revolución les haría justicia.

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Pero los tecnócratas, con el tiempo, demostrarían que su apetito y potencial depredador era muy superior al de los políticos.

 

Llegan los neoliberales al poder

El reemplazo generacional en el Partido Revolucionario Institucional (PRI), en el poder desde 1929, registró un supuesto debate entre políticos y tecnócratas. Los últimos salieron de las filas de los políticos; algunos eran hijos de generales y políticos, pero su paso por las universidades transformó su forma de ver al país, a la sociedad, a la función pública, y así empezaron a ser definidos como políticos que buscaban resolver problemas por medio de soluciones técnicas, y con ellos se inaugura una forma de corrupción que rebasa la de los generales posrevolucionarios y el sentido del poder como un mecanismo para volverse empresarios.

Un común denominador de los neoliberales es que respondiendo a la estrategia estadounidense de atraer cerebros para inclinar a las élites nacionales a su favor, los llevó a estudiar en Estados Unidos moviendo la influencia intelectual de Europa (Francia, Italia e Inglaterra) –con fuertes tintes izquierdistas– hacia las universidades estadounidenses[1], con fuertes tintes conservadores, con estudiantes de economía que alcanzarían doctorados, algo nuevo en México, y entrarían al gobierno desplazando a los abogados.

Mientras se cumplía el propósito estadounidense, en México arrancaba un proceso de cambio silencioso de la mayor envergadura. No solamente se le abrió la puerta del gobierno a personas que estudiaron en escuelas privadas, sino también que venían con una influencia intelectual e ideológica decisiva de una sola escuela: la Universidad de Chicago, que logró hegemonizar al monetarismo como la política que debía imponerse en el mundo. Esta postura consistió en sostener que todo lo resolvía el mercado, que el gobierno debía intervenir lo menos posible o nada, que se debían reducir los subsidios a los programas sociales y se debía privatizar la economía (Klein 2014). La mayoría de los tecnócratas mexicanos más relevantes estudió en universidades distintas de la de Chicago, pero hay razones para pensar que vivían la influencia decisiva de la Universidad de Chicago, cuya doctrina salida del departamento de economía se reforzó cuándo Milton Friedman recibió el Premio Nobel de Economía 1976, influyendo en gran medida a un grupo sustancial de economistas en el mundo. (Véase el análisis de Klein, en que explica la estrategia de expansión de los Chicago boys tanto por medio de un programa de becas como por las instituciones que infiltró y dominó, como el Fondo Monetario Internacional (FMI).

SamuelOKEn los estudios (de Samuel Schmidt) con Jorge Gil sobre la red de poder en México (Gil y Schmidt 2002, 1999), encontramos que en la coyuntura de la llegada al poder de los “tecnócratas”, el grupo central de la red se bifurca, quedando en un bloque los “políticos” cuyas conexiones con los militares eran fuertes, y por otro lado, adquiriendo un papel fundamental, los que denominaron “los financieros” y que mantienen el poder gracias a la capacidad de decidir sobre la esfera económica desde los sesenta, cuando los hermanos Ortiz Mena (familiares de Salinas) controlan las finanzas públicas. Es tal el poder de este grupo que fueron capaces de mantener el control del aparato financiero del Estado aun cuando su partido perdió el poder en el año 2000 (mantuvieron, entre otros, al gobernador del Banco de México y al secretario de Hacienda, ambos egresados de la Universidad de Chicago, y el control del Instituto Mexicano del Seguro Social, bajo la dirección de quien había estado a cargo del programa de desregulación del gobierno, una de las áreas estratégicas por las que propugnaba la escuela de Chicago). Esta permanencia sugiere que el grupo se había convertido en un metapoder que rebasaba los límites de las líneas partidistas, y esto explica que sirvan para partidos distintos (Meade para el PAN y el PRI, por ejemplo).

La experiencia parece haber creado escuela y ahora está en marcha la creación de los Stanford boys, que es la versión tropicalizada de los Chicago boys. Éste es un grupo de jóvenes en su mayoría graduados en economía y finanzas de universidades como el ITAM, Valle de México y Anáhuac, vincularon a puestos en la Presidencia de la República, y su pertenencia al sistema político les permitió el acceso a becas en las más prestigiosas universidades de Estados Unidos. En el mandato de Felipe Calderón Hinojosa, esta segunda generación de neocons se financió o consiguió becas para estudiar algún posgrado o diplomado en Harvard, Columbia, Georgetown o Stanford en las áreas de política pública y gobierno.

La experiencia empezó desde el gobierno de Vicente Fox Quezada, cuando se dio a conocer la lista de funcionarios y familiares a quienes se les otorgaron becas vitalicias por parte del gobierno federal. En el primer año de la administración de Felipe Calderón, la tendencia a beneficiar a unos cuantos siguió prevaleciendo pasando por encima de los estudiantes que buscaban becas. En el periodo 2006-2012, las becas para posgrado que fueron otorgadas por el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) tuvieron un aumento de 74.4% (Universia.net.mx). Parece que la coincidencia de estas becas y estímulos a gente de su gabinete o su administración es alta. Recordemos que Calderón obtuvo la maestría en economía en el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM), y una maestría en administración pública (MPA) por la Escuela de Gobierno John F. Kennedy de la Universidad de Harvard.

Al término de sus estudios, los Stanford boys regresan a México para ejercer su profesión como jefes de sus propias empresas de consultoría, las que fundan individualmente o en asociación con algún otro colega. El haber sido parte de la administración pública les abre las puertas en los sectores privado y público, saben aprovechar sus conexiones y compadrazgos en el sector público que los contrata como agentes externos y consejeros, sin importar el color del partido. Son parte de la internacional neocon.

Hay varios problemas con esta nueva generación de neocons: usan los recursos del Estado para prepararse; regresan para trabajar en el gobierno como consultores –lo que explica, como reporta González (2015), que haya un aumento importante en el costo gubernamental en consultorías–; participan activamente en la definición de políticas y decisiones políticas sin ninguna responsabilidad política, ya que al ser ciudadanos privados no tienen que rendirle cuentas a nadie. De alguna manera, los neopols se han convertido en un gobierno en la sombra, con todas las ventajas que da conocer personas y la de evadir la responsabilidad; para ellos, el mejor de los mundos posibles.

Ellos son los que delinearon un plan para crear comités, consejos y otros organismos que actúan en actividades estratégicas y sin rendirle cuentas a nadie. Y como su conformación responde a un reparto entre partidos políticos, la sociedad es burlada una y otra vez.

 

La revolución neoliberal en México

Al ver la obra de los neocons mexicanos adquiere un nuevo significado la frase de Carlos Salinas cuando dijo que iba a hacer la revolución dentro de la revolución. Le dio un nuevo significado al concepto revolución, porque en lugar de ser algo progresista se convirtió exactamente en lo contrario. Como decía el chiste: Salinas es Hood Robin: le quita a los pobres para darle a los ricos.

México se convierte en un caso especial en la transformación neoliberal. Tal vez es el primer caso de reforma neoliberal radical que se implanta de forma paulatina y sistemática, aunque está dentro de la dinámica del capitalismo del desastre, como lo denomina Klein, porque –como mostraremos– aprovecha la condición de shock para lanzar reformas profundas estructurales que llegarán a modificar la estructura socioeconómica y política, aunque se resistan a los cambios políticos para no perder el control del aparto decisor. La implantación del capitalismo del desastre incluye privatización, desregulación y recorte a los programas sociales, bajo el planteamiento de que hay que recortar subsidios por salud fiscal, insensibilidad social pura y dura, lo que equivale al argumento de que los pobres lo son porque quieren y por no trabajar fuerte. Hay otros elementos en el programa neoliberal que inciden en el manejo de la macroeconomía y que incluyen bajo déficit fiscal y estabilización monetaria, cuestión que los neopols mexicanos han manejado como si fuera una proeza; han estabilizado la macroeconomía, mientras en la microeconomía más del 60% de la población sufre penurias, porque han convertido la pobreza en parte de la estructura socioeconómica, que parece inalterable y que condenará a decenas de millones a un futuro atroz, mientras los neocons se colocan en el mundo para saciar sus ambiciones como si fueran los campeones del cambio.

Un factor central para la implantación de la terapia de shock es la creación de pánico que atemoriza a la sociedad paralizándola, de tal forma que no pueda reaccionar ante las medidas y decisiones drásticas implantadas a partir de coyunturas específicas y que generan diversos grados de sufrimiento. Un ejemplo muy reciente es el proceso de privatización del agua: el 4 de mayo de 2015, el periódico La Jornada publicó la estremecedora noticia “El mal servicio de agua potable deja costosas secuelas”, y reporta que el 81% de los mexicanos compra agua embotellada. El periódico descarta analizar la forma como se creó la imagen de que el agua no embotellada llega a estar sucia, no potable, o que es un riesgo, y tampoco analiza hasta qué nivel la venta del agua está privatizada con un sobrecargo descomunal. Tomemos el ejemplo de Tijuana: la tarifa más alta es la de 0 a 5 metros cúbicos de agua, en que el litro cuesta 0.015936 centavos. Si uno la compra embotellada cuesta de 5 a 10 pesos el litro, 1,593% de aumento en el caso de 10 pesos. La coyuntura de esa noticia es que está en la agenda pública la aprobación de la nueva ley general de aguas, que facilitará la privatización del agua, pero a cambio nos “dará salud”, porque el recurso manejado por la iniciativa privada deja de tener la ineficiencia del gobierno. No abundaremos aquí sobre el empobrecimiento (quitarle minerales) que se le hace al agua para venderla cara, o al hecho que algunas de esas aguas salen contaminadas debido a procesos de embotellamiento deficientes. Lo que sí es destacable es que las comunidades son despojadas del agua modificando su economía, cultura y hasta creencias religiosas. (Ver el documental peruano Hija de la laguna.)

Siete días después de la nota en La Jornada se anunció que el estado de Veracruz decidió privatizar el agua, entregándola a dos empresas extranjeras. Coincidentemente, una de las preferencias de los neoliberales consiste en privatizar a favor de empresas extranjeras, debilitando a sus propias burguesías, lo que se explica porque después empiezan a trabajar para ellas.

Así, mientras bajo el principio del shock México se desgañitaba bajo la acusación de compra de votos por el PRI en el 2012, el gobierno negociaba con dos socios (PAN, PRD) para lanzar una agenda de reformas que incluía las privatizaciones más importantes. Parecían haber aprendido de lo hecho años atrás en Bolivia:

“A fin de inducir tal desesperanza, los planificadores bolivianos exigían que todas sus medidas radicales se aplicaran simultáneamente y dentro de los primeros cien días del nuevo gobierno. En lugar de presentar cada sección del plan como una ley separada (el nuevo código fiscal, la nueva ley de precios, etc.), el equipo de Paz insistió también en reunir toda la revolución en un único decreto ejecutivo” (Klein 2014, 200): voilà el Pacto por México.

La rapidez en la implantación es una característica importante con este tipo de agenda política, no solamente para aprovechar el miedo infringido, sino porque “un sistema económico que requiere estar en constante crecimiento, mientras quita de en medio casi todo los intentos serios de regulación medioambiental, genera una constante corriente de desastres, ya sean militares, ecológicos o financieros. El deseo de lo fácil, beneficios a corto plazo brindados por una inversión puramente especulativa, ha transformado los mercados de valores, la moneda o al Estado en máquinas de creación de crisis” (Klein 2014, 555). (El énfasis es nuestro.)

Hay que agregar que el shock también transforma a la sociedad y sus valores. Cunde el ejemplo de aquellos que se enriquecen escandalosamente protegidos por las políticas implantadas, ahora es más conveniente el enriquecimiento rápido sin miramientos morales, ya sea vendiendo drogas, defraudando al fisco, engañando personas o convirtiéndose en delincuente. Sobre las consecuencias legales hay poca preocupación; a final de cuentas, el poder político está más preocupado por perseguir a los opositores políticos –que pueden estropear la modificación socioeconómica– y cierra los ojos si parte de la delincuencia beneficia a sus actores.

La peculiaridad de México, en comparación con muchos de los casos de implantación de la terapia del shock, es que cuenta con un sistema corporativo autoritario que controla en gran medida a los principales actores políticos, les aplica por igual la política de zanahoria (corrupción y abuso) y palo (represión, cárcel o exilio –es, por ejemplo, el caso de Napoleón Gómez Urrutia, líder del sindicato de mineros, acusado de un gran fraude, pero que goza de un exilio dorado en Canadá, y parece ser inmune a la Interpol). Este sistema tiene diversos equilibrios que se requiere afectar con cuidado –muchas veces corrompiendo a los líderes, como se puede ver con los del sindicato de petróleo– para ir modificando paulatinamente la correlación de fuerzas, de tal forma que las reformas controversiales, aunque la sociedad este pasmada, puedan implantarse con la menor resistencia posible desde el interior del sistema político y/o de los conglomerados económico-políticos.

Otros casos destacados de la terapia del shock, según Klein, involucran sistemas totalitarios como la dictadura de Chile, Argentina, China, o bien, gobiernos debilitados por algún desastre natural que caen fácilmente bajo la presión del Fondo Monetario Internacional y/o del Banco Mundial (Sri Lanka, Tailandia). Ambas instituciones con frecuencia actúan al alimón para vencer las resistencias de los gobiernos. El caso de Grecia es de libro de texto de Chicago: algunas de las declaraciones del primer ministro Tzipras aluden al terror, pero finalmente, además de la presión abierta y brutal del FMI, también presionan el Banco Europeo y Alemania, y un gobierno de izquierda terminó doblando las manos, como exigen los Chicago boys.

Las condiciones del sistema político mexicano pueden ser la mejor explicación del porqué los cambios que están modificando drásticamente la economía, lo que les da condición estructural, se hayan generado con lentitud y sistematicidad, y se puede correlacionar con eventos dramáticos, que bien podría considerarse que algunos fueron provocados y otros utilizados. Los cambios generados difícilmente serán reversibles en el corto plazo, dándole nuevo cariz a las relaciones político-económicas; por ejemplo, el debilitamiento de la representación obrera derivada de la corporativización que permitió que a fin del gobierno de Felipe Calderón se introdujera una reforma laboral, que entre otras cosas permitió el outsourcing, la contratación por horas y debilitó a los sindicatos, con lo que será casi imposible revertir la condición desventajosa del salario real y las reformas posteriores tendrán menos resistencia obrera.

La clase obrera mexicana viene de un largo periodo de reducción del salario real, que empieza en 1974, y 42 años después continúa cayendo. El mexicano promedio ha perdido por lo menos dos generaciones, aunque hay quien considera que el salario mínimo era mejor en 1938, con lo que la caída es mucho más grave. En el periodo del milagro mexicano, el salario subió de forma constante y sostenida, y bajo los neopols la caída no la detiene nadie y por lo visto seguirá cayendo sin oposición de la representación obrera, que se ha corrompido de manera escandalosa al igual que el resto de las élites. No es de extrañar que parte de la estrategia del gobierno federal contra la disidencia del sindicato de maestros, que tienen una cierta conexión con un sector del PRI, haya sido demostrar la corrupción de sus líderes. Si uno busca, no tardará en encontrar los cacicazgos de líderes electricistas, magisteriales, telefonistas, petroleros y, sin duda, de las grandes centrales como la Confederación de Trabajadores de México. Las necesidades de este sistema explican la larga permanencia de muchos líderes sindicales al frente de sus sindicatos: la corrupción los hizo dóciles ante el poder del dinero y el gobierno, y por eso aprueban reformas antiobreras sin recato.

Con el plan de shock, muchos se benefician; entre éstos se encuentran los que aplauden al milagro de Pinochet, aunque voltean hacia atrás cuándo se les menciona que éste se construyó sobre las vidas de miles de opositores.

En este capitalismo, las visiones románticas, idealistas, utópicas siguen prohibidas (véase la andanada contra Obama, acusándolo de socialista o comunista por tratar de instituir facilidades para conseguir seguro médico para las mayorías).

El libro de Klein pone en su correcta perspectiva los esfuerzos de Estados Unidos para hundir en el desorden a los países dominados, para luego beneficiarse con su reconstrucción (antes de Irak lo hizo en Chile e Indonesia). O bien aprovechar las circunstancias para ayudar a crear desorden, tensiones sociales y catástrofe financiera (China, Rusia), y que luego entraran a inclinar las acciones de gobierno hacia la satisfacción de los intereses estadounidenses. En Grecia, al parecer, el papel protagónico para llevarse los despojos lo han cumplido los bancos alemanes. Klein aporta evidencias sobre la participación mexicana en reuniones de alto nivel donde se establecía parte de esta estrategia. Bajo el manto ideológico de la Universidad de Chicago se creó la gran Internacional Neocon, que está determinada a entregarle la riqueza mundial a una oligarquía rapaz y depredadora, y entre otras de las muchas instituciones que controlan se encuentran los bancos centrales, y México no es la excepción.

Cuando los neoliberales fueron confrontados con el sufrimiento social que generaban sus políticas, siempre sostuvieron que eran temporales y que había que darle oportunidad a la economía para que madurara, que, a final de cuentas, el mercado corregiría todo. Este discurso de la paciencia se encuentra en la doctrina del shock, porque se sabía que las medidas serían impopulares, y una de las formas de tranquilizar a los que perderían era justamente el discurso de la paciencia (“a final de cuentas, el ajuste es transitorio”), y ellos lograrían ganancias en el largo plazo. Klein (2014, 578) lo sintetiza de la siguiente manera:

“Las reglas de ‘libre mercado’ de la dictadura estaban logrando exactamente lo que pretendían: no creaban una economía perfecta y armoniosa, sino que convertían a los que ya eran ricos en superricos, y a la clase trabajadora organizada en pobres de usar y tirar.”

Aunque esa conclusión la saca sobre Chile, el primer país que aplica la doctrina del shock, es válida para todos los países que aplicaron la fórmula. Los grandes perdedores debieron contentarse con esperar que al paso de la espera tuvieran una gran recompensa, que, al igual que en México, no llegó; mientras tanto, los gobiernos se preparaban para la guerra interna. Así vemos crecer el mercado de venta de armas: “Se estima que cada año se producen más de 1.5 billones de dólares en gastos militares en todo el mundo (2.7% del PIB mundial.” Estados Unidos le transfirió tecnología militar a sus policías municipales, lo que ha derivado en innumerables actos de brutalidad policiaca. En el caso de México, el armamentismo ha avanzado en un fortalecimiento –inexplicable por sus posturas pacifistas– de sus fuerzas policiacas y armadas. México se encuentra en el lugar 17 de importadores de armas. La fórmula neocon: paciencia y represión.

Una constante de este tipo de capitalismo ha sido el aumento de la pobreza, que no obstante declaraciones y esfuerzos por manipular estadísticamente el fenómeno, crece en el mundo, y, entre uno de sus efectos, genera migraciones masivas que crean ciudades miseria en muchos países y se enfrentan a políticas de puertas cerradas por los países coloniales que los hundieron en la miseria sin posibilidad de ser superada. Esta cerrazón ha creado rutas migratorias de la muerte en varias partes del mundo; el Mediterráneo es una de ellas. Entre los datos de la pobreza que llaman la atención tenemos:

  • 100,000 personas mueren al día por hambre.
  • Cada 5 segundos, un niño menor de 10 años muere por falta de alimento.
  • Más de 1,000 millones de personas viven actualmente en la pobreza extrema (menos de un dólar al día). El 70% son mujeres.
  • Más de 1,800 millones de seres humanos no tienen acceso a agua potable.
  • 1,000 millones carecen de vivienda estimable.
  • 840 millones de personas malnutridas.
  • 200 millones son niños menores de cinco años.
  • 2,000 millones de personas padecen anemia por falta de hierro.
  • 880 millones de personas no tienen acceso a servicios básicos de salud.
  • 2,000 millones de personas carecen de acceso a medicamentos esenciales.

La ONU no se cansa de establecer programas que deben disminuir la pobreza, pero es más poderosa la doctrina de Chicago, que la propicia. Y es que a la oligarquía le conviene más seguir la doctrina del shock que la demagogia inútil de la ONU.

Mañana, la segunda parte.


Samuel Schmidt es Maestro por la Universidad Hebrea de Jerusalén y Doctor por la UNAM. Autor de más de 25 libros y unos 50 artículos y capítulos. Colabora también para revistas de USA y España. Director de El Colegio de Chihuahua.
Rubí Rivera es profesora de El Paso Independent School District.

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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