Después del inesperado ascenso de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos nos encontramos ante un periodo de reevaluación, aprendiendo a lidiar con una desoladora realidad. Como en toda elección, cuando los resultados se dan a conocer comienza un juego de búsqueda de culpables, quizás un último paso antes de seguir adelante.

En esta ocasión Facebook ha sido el blanco de gran parte de estas críticas. Los 1.8 mil millones de usuarios de la red social y la forma en la que opera la convierten en un foco de propagación de la epidemia de noticias falsas y de fomento de ideologías radicales.

Vivimos en una era post-factual, donde la importancia de la verdad y de la evidencia en la información que consumimos día a día es cada vez menor. Expertos y diversos medios afirman que la influencia de las redes sociales, y de Facebook en particular, ya han tenido un efecto nocivo sobre la democracia. La pregunta es si la tendencia será capaz de afectar también nuestra capacidad de innovación; nuestra capacidad de generar ideas que nos hagan avanzar como sociedad.

Los beneficios de las redes sociales son numerosos, y la forma en la que están conectando al mundo es una sorpresa interesante e increíble. En una columna anterior analicé el emocionante futuro que la influencia de las redes sociales y del internet tendrán en el ser humano. Sin embargo, no cuestionar el efecto dañino que están teniendo en la sociedad sería irresponsable e incorrecto. Existe un gran problema con la segmentación y posterior homogeneización de la información que reproducen las redes sociales. El creciente aislamiento ideológico y la enajenación que continúan provocando nos remontan a épocas de nacionalismo y odio que creímos estábamos dejando atrás.

 

Un mundo de información

En el 2015 el mundo produjo más información que en toda la historia de la humanidad. Esto quiere decir que el conocimiento humano se duplica en promedio cada 13 meses, y muy pronto, debido a la creciente importancia de la inteligencia artificial y del “internet de las cosas”, dicho periodo se reducirá a 12 horas.

La razón es que nuestra vida digital deja una huella de información valiosa en el internet. Amazon, iTunes, Spotify, Facebook, todas nuestras acciones son muestra, de una forma u otra, de nuestras preferencias y por lo tanto dictan las futuras sugerencias que recibiremos por parte de estas empresas. Por ejemplo, los libros que Amazon nos recomienda para comprar se basan en nuestra elección de títulos anteriores. Y la precisión es sorprendente. Facebook utiliza un mecanismo similar (aunque el funcionamiento exacto de sus algoritmos es secreto), lo cual explica la forma en la que nuestros News Feed se encuentren inundados con posts y artículos por los que hemos demostrado inclinación en el pasado.

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El resultado es que nuestra vida en el internet se ha convertido en un perpetuo reforzamiento de nuestras opiniones y creencias. Nuestra perspectiva nunca es desafiada, nuestra voz siempre es aplaudida. Estas características las convierten en material ideal para la diseminación de material fanático y de noticias falsas.

Un análisis realizado por BuzzFeed mostró que durante los últimos tres meses de la campaña presidencial estadounidense, las principales noticias falsas que circularon en redes sociales generaron más atención y “clicks” en Facebook que las principales notas de las 19 agencias de noticias más importantes en Estados Unidos, tales como The New York Times y Washington Post. Las noticias falsas son sensacionalistas y creíbles; satisfacen nuestra demanda por material fácil de digerir y que se alinee con nuestra forma de pensar.

Esta situación explota nuestra tendencia humana de buscar, interpretar y favorecer la información que confirme nuestras creencias, mientras que le damos menos importancia a las alternativas. El nombre de esta predisposición es sesgo de confirmación y es uno de los sesgos cognitivos que nublan nuestra capacidad de pensamiento racional. Entonces, si el internet sabe que tenemos un gusto, por ejemplo, por noticias que tienden a ser misóginas, por cierto equipo de futbol y por cierto partido político, entonces información que cumpla esas características será la que se nos dará día con día. Dentro de este microcosmos, si no vemos nada nuevo que nos haga cuestionar nuestra opinión, entonces no habrá necesidad de cambiarla. A este fenómeno se le conoce como Cámara de Eco, donde nuestras ideas y creencias resuenan constantemente y sin interrupción en cada persona.

Como resultado, el odio es rampante en ciertos grupos en internet. Desde una perspectiva moral, el grado de racismo, misoginia, homofobia y clasismo que abiertamente se comparte en las redes sociales desafía nuestras normas de comportamiento social. Es a través de las redes sociales que podemos encontrar con facilidad a otras personas que estén de acuerdo con nosotros y que validen y aplaudan nuestras opiniones.

Después de todo, ¿cómo se pueden refutar ideas -objetivamente incorrectas o no- si los hechos no importan más?. La ironía es innegable. En una era donde tenemos más información disponible que nunca antes en la historia, la desperdiciamos al vivir dentro de pequeñas cuevas de gratificación instantánea, donde nuestras ideas y comentarios, por más inocentes o viles que sean, serán festejados. Vivimos absortos en nuestras pequeñas burbujas de donde no queremos salir.

Esta mentalidad es parte de la responsable por el abuso e intimidación que se ha salido de control en Twitter. Disney señaló como una de las razones por no comprar a Twitter la reputación de la red social de ser una cuna de trolls. Después de todo, Twitter ha destruido la vida de muchas personas, tristemente por cuestiones insignificantes.

Intelectualmente, la tragedia se encuentra en la falta pensamiento crítico, de imparcialidad y de debate que esta situación está provocando. Después de todo, la innovación es fruto de la investigación, fruto de un ejercicio sano de cuestionar ideas, fruto de creer que una situación o un producto siempre puede mejorar. Es tener una constante mentalidad de resolución de problemas.

Esta columna no es un llamado a volver a las prácticas pre-Facebook, sino una oportunidad para cuestionar el camino que estamos tomando y tomar acción. Es tiempo de salir de nuestra cámara de eco y aprovechar la luz que estas tecnologías y nuestra nueva realidad nos ofrecen, redefiniendo nuestra forma de convivir como sociedad. Como escribe la poeta Maya Angelou, “el prejuicio es una carga que confunde el pasado, amenaza el futuro y hace inaccesible el presente”. Trabajemos entonces por salir de nuestras cámaras.

 

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