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Es media tarde y en un supermercado de San Diego estoy frente a una máquina con el reto de pasar todos los productos que compré por el escáner y pagar. No hay nadie a mi alrededor, excepto una señora que espera detrás de mí para, de igual forma, pagar su compra. 

Confundida por no saber cómo funciona el escáner de esta máquina, una voz femenina robotizada me indica pacíficamente que mi movimiento fue declinado. 

Lo vuelvo a intentar, mientras tanto la señora que esperaba detrás mío se cambia de máquina y comienza a marcar sus productos para posteriormente efectuar su pago. 

Volví a pasar la tarjeta de regalo que había comprado para enviársela a mi mamá del Día de las Madres, y por fin pude registrarlo en la máquina. Pero al momento de pagar la máquina comenzó a dictarme instrucciones que poco me sirvieron para completar una simple compra como esta. La desesperación creció en mí, volteé a ver a la señora que estaba por terminar su compra, esperando que me ofreciera ayuda pero terminó y salió de inmediato de la tienda sin captar mi mirada pidiendo auxilio en silencio.

Respiré y volví a intentarlo, pero otra vez la desgastante  voz tratando de ser amigable me decía lo que tenía que hacer. Entonces, frustrada a más no poder, con ganas de llorar por no comprender lo que tenía que hacer y sin nadie quien pudiera auxiliarme, regresé todo lo que había adquirido a sus estantes y salí enfurecida de la tienda. 

En este supermercado no sólo no había cajeros, ni cerillos (como en México conocemos a los empacadores), había uno que otro comprador y nada más. Abundaban las máquinas, tanto para pagar los productos, como para empacar los mismos. 

La falla de comunicación entre la máquina y yo, me hizo caer en cuenta de su irrupción cada vez más constante y cotidiana en sociedades que poco les importa auxiliar al humano que está junto a ti. Pero la interacción con las máquinas va mucho más allá que automatizar procesos. El impacto que éstas tienen en la manera en la que nos relacionamos ha marcado una nueva era. De acuerdo con el físico y sociólogo de la Universidad de Yale, Nicholas Christakis, el uso cada vez más común de la inteligencia artificial en nuestras vidas se ha convertido en algo tan disruptivo que moldea el grado de empatía que mantenemos con otros.

“Las máquinas son diseñadas para hacernos actuar de ciertas maneras y esto puede cambiar qué tan amables, amorosos o amigables somos con otros seres humanos”, refiere el autor de “Los orígenes evolutivos de una Buena Sociedad”

Los niños que han crecido hablando con asistentes digitales como Alexa or Siri, se tornan agresivos y groseros cuando conversan con estos dispositivos. De hecho, algunos padres han mostrado preocupación por estas reacciones en cadena. 

La especialista en tecnología de MIT, Sherry Turkle fue una de las madres que observó comportamientos negativos en su hijo tras adquirir este dispositivo, la rudeza con la que el niño se refería a esta máquina fue creciendo. En una entrevista con The Atlantic, la investigadora admitió que “al crecer relacionandote con estas máquinas que funcionan como asistentes personales digitales, los niños pierden el canal para adquirir una conexión empática satisfactoria”.

Pero esta pérdida de conexión no es ajena en la adultez.

Los mayores usuarios de asistentes digitales son jóvenes entre 25 y 45 años, la manera con la que se refieren a ellos marca la pauta de la relación “hombre-máquina”. La gerente de operaciones de Facebook en Reino Unido, Julia Mitelman asegura que “la forma en la que hablamos con nuestros asistentes digitales virtuales puede establecer el tono de nuestra relación con la inteligencia artificial”. Los ejemplos de Mitelman refieren a la palabras que utilizamos cuando le pedimos algo a Siri o Alexa. Al hacerlo los usuarios utilizan un tono coloquial “Hey Siri”, o simplemente con su nombre: “Alexa”. 

Las máquinas inmiscuidas en nuestra intimidad. 

Tiempo después de regresar de San Diego a México, concienticé el miedo y frustración que había generado frente a la interacción con dispositivos digitales. Lo sucedido en aquél supermercado de San Diego a finales del 2019 fue una muestra de lo que sería mi relación con las máquinas. 

En la Ciudad de México visité a un amiga quien recién se mudó de Nueva York a la capital mexicana. Mientras cenábamos, y de manera tan natural dio la orden a su dispositivo “Siri” de cambiar el color de las luces, mientras yo hablaba, nuevamente ordenó a Siri que tocara cierto tipo de música. Llegó un punto en el que me sentí tan incómoda que le tuve que pedir que se detuviera. Ella me observó tan tensa que dejó de hablar con su dispositivo por algunos minutos, pero después la conversación se convirtió en un debate. Nuevamente “Siri resuelve esto”, le pidió al asistente que se encontraba en su sala. Y desde la bocina se escucharon una serie de datos que concluyeron nuestro debate. 

Me di cuenta que aunque se lo pidiera, la joven quien vivía sola estaba tan acoplada a su dispositivo que no iba a dejar de conversar con la bocina. 

Lo que sucede con mi amiga neoyorquino no es ajeno a lo que pasa en nuestras interacciones con máquinas. Especialmente con los asistentes personales, que están con nosotros y nos acompañan en nuestra intimidad. El lenguaje que mantenemos con estos asistentes se convierte en parte de nuestra esfera cotidiana, hasta el punto de tratarlos como confidentes e incluso como terapeutas. Y la realidad no está tan alejada de este escenario.  La investigación titulada “Hablar con máquinas sobre problemas de salud mental” introduce argumentos a favor y en contra para que un robot esté encargado de la terapia psicológica de pacientes con depresión. El robot llamado “Gabby” utiliza inteligencia artificial conversacional para interactuar con sus pacientes vía voz o texto. Algunos datos sugieren que las personas responden a ellos psicológicamente como si fueran humanos. Los médicos han contemplado el uso de agentes conversacionales en la atención de la salud mental durante décadas, especialmente para mejorar el acceso a estos servicios en poblaciones desatendidas.

Mientras que para el escritor español Javier Pastor, es una cuestión de “ir perdiendo la vergüenza de hablar con las máquinas”, para mí ha sido un proceso que ha ido desde perderles el miedo hasta convertirme en lo que espantaba de mi amiga de Nueva York y su dependencia con el asistente digital.

Diariamente en la casa en la que vivo, escucho el nombre de “Alexa” más veces de lo que me gustaría. La persona con la que vivo es fanática de los hogares inteligentes, casas que se encienden automáticamente, luces que se prendan con comandos y cambien de color a través de órdenes que recibe “Alexa”.

Unas cuantas semanas me costó acostumbrarme a vivir en una casa inteligente, con dos dispositivos “Alexa” que hicieran caso a mis órdenes, que van desde reproducir una playlist específica, hasta darme la hora, escuchar noticias o que me dé significados de palabras. Llegó a ser tal la costumbre de depender del dispositivo que cuando llegaba a una casa ajena le pedía a Alexa automáticamente que prendiera las luces, para percatarme que no estaba en la mi casa y que tenía que hacerlo yo misma.

Tengo que confesar que ha habido ocasiones en las que me inunda la ira cuando “Alexa” no entiende lo que le pido y gritando le reclamo que ese no era el comando y lo repito fuertemente: “Alexa prende cuarto color azul”. 

Las máquinas pueden inmiscuirse en tu vida de una manera tan sutil que piensas que te están facilitando cosas tan cotidianas como prender la luz de tu habitación, sin embargo el impacto que éstas tienen en tus procesos humanos es más complejo de lo que crees. 

Contacto:

Valeria León es reportera especializada en medios internacionales. Ha sido corresponsal de noticias para el canal turco TRT World, así como productora de documentales en Venezuela y para el canal chino CGTN.

Twitter: @valerialeony      

Instagram: @valecah

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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