Por María Josefina Menéndez Carbajal*

Pasaron sólo cuatro días después del terremoto del 19 de septiembre y la tierra se cimbró de nuevo bajo nuestros pies. Estábamos en el Istmo de Tehuantepec, Oaxaca, con el objetivo de visitar los cinco espacios amigables que Save the Children acondicionó en la zona desde el terremoto del siete de septiembre. La tierra no sabe de límites, ni miedos y decidió hacer que todo se tambaleara, las paredes crujieron y los objetos cayeron al piso agitadamente. Yo aún me encontraba en el hotel, y el sentimiento de alivio reemplazó al pánico desencadenado segundos atrás. Aunque varias tejas de la construcción cayeron nadie salió lastimado.

A los espacios amigables, las niñas, niños y adolescentes pueden acudir para tener apoyo socio emocional y recuperar un poco la tranquilidad perdida después de lo vivido a causa de los terremotos. Hay quienes lo han perdido todo.

Durante la siguiente media hora las réplicas del terremoto no cesaron. Funcionarios públicos, representantes comerciales y tres miembros de Save the Children conversábamos y la tierra no dejaba de moverse haciendo que las ventanas rugieran. Todos nos sentimos indefensos y eso nos acercó. No dejamos de consultar nuestros teléfonos celulares para asegurarnos de que nuestros seres queridos se encontraban bien.

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Me asombró profundamente la fuerza de las personas. El viernes, antes de la fuerte réplica, vimos cómo, poco a poco, la vida retomaba su curso. Ya los comerciantes estaban vendiendo en el mercado de Juchitán algunos alimentos como frutas, verduras, tortillas, o productos como artesanías. Había gente paseando y comprando en medio de escombros. Ellos buscaban regresar a una vida normal.

Ya había escuchado hablar de la dignidad y fortaleza de la gente istmeña, pero lo que vi fue impresionante. A pesar de todo lo sucedido la gente quiere trabajar y retomar su vida con dignidad por el bien de su familia y por el de su comunidad. Ese día dormí con el corazón lleno de esperanza, porque en medio de la catástrofe y la destrucción sentí el espíritu comunitario de la reconstrucción de todo un pueblo que también se preocupa por sus niños y niñas.

Cuando terminaron las réplicas del día sábado, tomamos nuestro equipo y nos dirigimos a monitorear la situación de los pueblos aledaños. Mi preocupación era ver nuevos colapsos de casas que ya se encontraban seriamente dañadas o ver gente herida o atrapada. Dirigimos nuestros pasos a Ixtaltepec, una comunidad ubicada a 11 kilómetros de Juchitán. Uno de los puentes que conecta a la comunidad cayó y quedó seriamente dañado. Llegué a un patio que funciona como albergue en donde familias duermen y también se almacena la ayuda recibida. En ese lugar, también se prepara la comida diariamente para 200 personas más o menos. Hasta ese momento ninguna vida se había perdido. Las malas noticias llegaron más tarde: dos personas fallecieron.

Rosana es una enfermera de poco más de 40 años. Vive en Ixtaltepec y su vivienda tuvo afectaciones, como casi todo el pueblo. Ella fue de las primeras en apoyar a su comunidad dentro del albergue. Su rostro dejó de ser el mismo. Cuando llegó el primer terremoto de septiembre, estaba dentro de la construcción preparando los desayunos de los vecinos que estaban bajo la carpa. En el patio, me dijo, que a pesar de todas las recomendaciones recibidas en días previos, todos se echaron a correr, empujándose unos a otros para alcanzar la calle despejada. En los ojos de Rosana se detuvo el tiempo, ahí está el pánico. El temple que mostró días atrás se desvaneció con la fuerte réplica que vivimos. De nuevo se vivieron la incertidumbre, el pánico y la desolación; pero también la unidad para continuar con la reconstrucción de sus casas, de la comunidad y de sus vidas.

Todo lo que vivimos esos días en el Istmo dejó huellas. No sólo en el paisaje urbano, la parte visible, sino también en las mentes y corazones de miles de istmeños; sobre todo de sus niños y niñas que experimentaron, por primera vez, el temor y la indefensión al perder sus casas y sus pertenencias. También perdieron la calma que normalmente les proporcionaban madres y padres. Nuestra solidaridad será un bálsamo para que puedan levantarse de nuevo y reconstruirse.

Con todo y este panorama decidimos no parar. Elegimos seguir en pie por la infancia, porque sabemos que el camino es largo para levantarse de los escombros y resurgir. Por eso, como Save the Children, instalamos los espacios amigables y continuamos con las campañas de promoción para el regreso a clases. También instalaremos aulas temporales de educación y donaremos material escolar para niñas, niños y adolescentes que lo perdieron todo.

Nuestro compromiso aquí no termina. Trabajaremos en la reconstrucción de los espacios físicos, sean escolares o viviendas, y apoyaremos en la reactivación de la economía local. Actualmente estamos trabajando con 2,270 niñas, niños y adolescentes en 35 albergues o campamentos en las zonas afectadas de Puebla, Ciudad de México, Oaxaca y Morelos.

Los últimos rayos del sol nos acompañaron en carretera al término de nuestros recorridos de verificación. Tengo la certeza de que el camino hacia la recuperación será largo, pero no nos iremos, aquí seguimos por y para las niñas, niños y adolescentes que nos necesiten.

 

*CEO de Save the Children México. Esta crónica fue escrita durante su visita a comunidades afectadas en el Istmo de Tehuantepec, Oaxaca.  Si quieres apoyar la labor de Save the Children visita http://www.savethechildren.mx/ ¡Con tu ayuda podemos lograr más!

 

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