Que el producto interior bruto (PIB) presenta fallos en su medición que lo hacen un indicador incompleto lo confirmó hasta el propio creador del indicador durante la presentación de este. Fue el mismísimo Simon Kuznets, premio Nobel de economía, el que, tras crear el PIB como un sistema para medir el impacto de la gran depresión en los Estados Unidos y comparar con otros países, animó a los economistas estadounidenses a elaborar nuevos sistemas que, incluyendo aquellas variables que lo hacían incompleto, permitiesen una medición más rigurosa y menos cuantitativa de lo que, a priori, era el PIB. Una medición que permitiese a los economistas saber cuanto crece una economía, pero con un enfoque que, además de mostrar cuan elevado es el crecimiento, permitiese conocer, también, cómo de beneficioso es este crecimiento para dicha economía.

En este sentido, durante un discurso ante el congreso estadounidense en 1934, el padre del que hoy es el indicador más utilizado en la ciencia económica, Kuznets, dijo a los congresistas: “Hay que tener en cuenta las diferencias entre cantidad y calidad del crecimiento, entre sus costes y sus beneficios y entre el plazo corto y el largo. […] Los objetivos de “más” crecimiento deberían especificar de qué y para qué”. El objetivo de Kuznets era, precisamente, incentivar la creación de indicadores que, de una forma u otra, estableciesen esa división entre crecimiento y bienestar, tan poco establecida por los economistas a lo largo de la historia. Pues, como concluía Kuznets en una de sus intervenciones: “es muy difícil deducir el bienestar de una nación a partir de su renta nacional”.

Sin embargo, dicha expresión, con el paso del tiempo, se ha perpetuado como el indicador más utilizado, como decíamos anteriormente, por los economistas para medir, además del crecimiento de la producción, el crecimiento del bienestar. De esta forma, el PIB pasó a ser uno de los indicadores macroeconómicos más utilizados a lo largo de la historia. Este es utilizado por todos los economistas en el mundo, desde su creación en 1934, para medir la riqueza de un país en función de lo que este produce y consume durante un tiempo determinado, en un lugar determinado. Pues, atendiendo a su composición, esta magnitud macroeconómica se encarga de medir el valor monetario de la producción de bienes y servicios de demanda final de un país o una región determinada, siempre cogiendo como referencia una horquilla de tiempo concreta.

Como vemos, las palabras de Kuznets, pese a ser acertadas, no calaron en la sociedad económica. Con el paso del tiempo, nuevos indicadores nacieron para contrarrestar las carencias de las que adolecía el PIB, pero nunca fue modificada la estructura de este para integrar esas carencias en el propio indicador; como si de un indicador compuesto se tratara. Un debate que se ha ido alargando hasta nuestros días, y que ha tomado relevancia en momentos en los que una pandemia de naturaleza desconocida, que ha sacudido al conjunto de economías en el planeta con una magnitud que no cuenta con precedentes en nuestra historia reciente, ha cuestionado la eficiencia de un crecimiento que, pese a haberse recogido en el indicador, queda en entredicho ante la vulnerabilidad mostrada por las distintas economías afectadas por el virus.

Tanto es así que, en los últimos meses, hemos visto a mandatarios cuestionar la eficiencia de seguir midiendo el crecimiento económico con un indicador incompleto como es el PIB. Mandatarios entre los que destaca el propio Andrés Manuel López Obrador (en adelante, AMLO, por sus siglas).

El presidente de México, en su continuo afán de salir bien parado en la foto, con el consecuente reflejo en los indicadores y los registros, ha tratado de impulsar en el país un nuevo indicador que, siendo complementario con el PIB, se centrase más en el bienestar; para ello tratando de introducir variables que facilitasen esa medición cualitativa de la que adolece, en estos momentos, el indicador. Un deseo del presidente que, ante la contracción registrada en el PIB mexicano durante el segundo trimestre y la drástica caída que supone dicho registro para una serie histórica que no recoge caídas similares en la historia del país, se ha visto muy reforzado. Y es que, como decíamos, hablamos, además, de un presidente que, atendiendo a los discursos que ha ido dando durante su mandato, se muestra muy preocupado ante una realidad que, siendo recogida por los datos, no se ajusta a la visión del mandatario.

Como vimos a mitad del año pasado, la insistencia del presidente por hacer creer a la población que la economía mexicana cerraría con un 2% el ejercicio 2019 se hizo de notar. Una insistencia que, finalmente, cayó en saco roto; al registrar la economía azteca un cierre de ejercicio que situó el crecimiento del PIB en el 0,02%. Sin embargo, ante la drástica caída mencionada, resulta curioso destacar una misma insistencia del presidente tras publicarse los datos de la evolución del PIB para el segundo cuatrimestre. Un registro que, como decíamos, recoge una caída sin precedentes en la historia del país y que, sin embargo, para AMLO no está justificada con el bienestar que presenta este. Todo ello, en adición a los reiterados mensajes en los que trata de comparar su gestión con economías que, como la española, han estado -a ojos del mandatario- peor gestionadas; pues, atendiendo a su discurso, “así lo muestran los datos”.

En conclusión, es cierto que AMLO tiene razón cuando habla del PIB como un indicador incompleto; el cual excluye variables que hacen que la medición se centre en los incrementos indiscriminados de la producción. Ahora bien, no podemos negar lo innegable. La exacerbada preocupación del presidente ante la lectura de datos que, haciendo referencia a su país, presentan una lectura negativa es un hecho muy curioso. Pues, ante lo ocurrido, la sensación que da el presidente es que, únicamente, el indicador es válido cuando este respalda su gestión, mientras que, cuando lo que hace el indicador es cuestionarla, este es inservible para el mandatario y no debe ser tenido en cuenta. Todo ello, siendo su interés el resaltar aquellos indicadores que, bajo su gestión, ofrezcan esa lectura positiva que tanto gusta a AMLO.

Ahora bien, como Kuznets, es preciso destacar que un indicador puede ser incompleto y ese hecho debe resaltarse, pero no cuando el indicador no ofrece la lectura positiva que, a priori, se esperaba. Pues, está bien impulsar indicadores que ofrezcan lecturas más rigurosas y completas que los indicadores predecesores; ahora bien, el objetivo de crear un indicador no debe ser el de medir las fortaleces que, de cara a la opinión pública, resalte una buena gestión, ocultando, en este caso, otras variables que, en otros indicadores, dejaban al país en un mal lugar. Además, dicho sea de paso, cabe destacar que un indicador no debe ser el fin en el que enfocar la estrategia política, sino el medio para resaltar una correcta gestión que, a ojos de los datos que hoy se muestran, no está siendo todo lo buena que se esperaba.

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