Por Francisco Cruz y Cristián Jara*

La Región de América Latina es dinámica y compleja. Dinámica, porque el efecto globalizador imprime ritmos y tiempos en todos los ámbitos y sectores. La dicotomía pública y privada es cada vez más difusa. Compleja, porque las lecturas de los cambios demandan una mirada más sofisticada e integral, abrazando variables diversas.

Cabe entonces preguntarse: ¿qué relación podría tener diplomacia y empresa? y, a su turno, ¿en qué podemos ayudar los diplomáticos, como intermediadores formales, en la internacionalización de las empresas de nuestros países?

Convencionalmente se habla de Diplomacia Corporativa para el caso de las empresas, y de Diplomacia Comercial para los Estados. Creemos entonces que la Diplomacia tradicional debe ser proveída de un significado que nutra su concepto con una redefinición innovadora e inclusiva concibiendo a los agentes diplomáticos como conectores y facilitadores efectivos de los respectivos intereses políticos, comerciales, sociales y culturales, entregando valor público al ejercicio empresarial.

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El caso de Panamá y Chile es un ejemplo propicio de aquello, ya que a octubre del 2017 el Istmo es el principal destino de nuestras exportaciones FOB en miles de dólares en la subregión de Centroamérica y el Caribe. Prueba de esto es que el vino chileno predomina en el mercado local con 29% de presencia, la industria del salmón ostenta también una posición de privilegio con 6.2 millones de dólares exportados el año 2016 y el rol de Chile como usuario del Canal de Panamá destaca con un tránsito de más de 27 millones de toneladas largas en el presente año fiscal, ubicándonos como el actor más importante a nivel latinoamericano de la ruta bioceánica. Además, en Inversión Extranjera Directa (IED) se evidencia un crecimiento de capitales chilenos con 813 millones de dólares acumulados desde 1990 a 2016, con más de 20 empresas chilenas que invierten Panamá, transformándose en el primer destino de IED de Chile en Centroamérica.

Lo descrito no son solo guarismos o estadísticas públicas puras. Es la consecuencia del trabajo colaborativo de empresa y Estado; de empresarios, emprendedores y actores públicos; de esfuerzos compartidos que suman apoyos en la conciencia de que el éxito reputacional de la Marca País Chile, es la consecuencia colectiva y no sólo el voluntarismo individual. Ahí están los vínculos con los tomadores de decisión, el impulso de agendas público-privadas, las visitas oficiales, las negociaciones comerciales, los instrumentos y programas de soporte al emprendimiento, entre otras líneas de apoyo.

Cabe destacar en este contexto que en el 2018 cumplimos 10 años de vigencia  de un exitoso TLC Chile-Panamá, que periódicamente es monitoreado por comisiones binacionales de expertos y que ha avanzado en los diversos rubros de nuestros flujos comerciales, en la convicción que los tratados no son piezas inmutables ni textos complejos reservados para economistas, sino catalizadores permanentes del libre comercio internacional.

Y en esto los diplomáticos tenemos un rol comercial preponderante, ya que como agentes coadyuvantes de nuestras oficinas comerciales -ProChile en nuestro caso- debemos aportar en gestión pública a las políticas de internacionalización del país, empresas y emprendedores, dando lectura temprana a los cambios de tendencia, sincronizando ímpetus comerciales con capacidades institucionales reales y, por qué no, haciendo pedagogía pública en la valoración ciudadana del trabajo empresarial.

Por último se terminaron en el mundo actual los compartimentos estanco o divisiones binarias por materias, hoy la Diplomacia debe sumar, a su polivalencia de siempre, un papel de conexión y “escucha activa” de los intereses de la sociedad civil globalizada. Qué duda cabe que en este desafío el uso de nuevas tecnologías de la información, la maduración y seguimiento de un networking empresarial efectivo y la exploración permanente de nuevas áreas y oportunidades para el interés nacional, son medios eficaces para acometer este objetivo. Las burocracias paralizantes han sido hoy, en la práctica, superadas por el dinamismo de las redes, el comercio y, en definitiva por nuevas demandas, competencias y tiempos de reacción.

Quedarnos debajo de esta cultura implica no sólo subutilizar capacidades públicas, que deben tener métricas en permanente revisión, sino también no asumir que el desafío empresarial es una asignatura País que una Diplomacia moderna debe abordar, en permanente actualización de sus destrezas y conocimientos.

* Embajador de Chile, y Abogado y diplomático, respectivamente.

 

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