Por Jimena Cándano*

Los actos delictivos han desarticulado a la sociedad mexicana, no logramos vincularnos con la resolución de conflictos y las estructuras que deberían estar involucradas en el proceso son poco funcionales o muy limitadas. ¿A qué se debe esto? A que en casi todas las poblaciones se ha desarrollado la idea de que la lucha contra la violencia es una tarea que corresponde exclusivamente a las autoridades judiciales y las instituciones penitenciales.

La violencia ha sido normalizada porque se ha convertido en una variable presente en nuestra cotidianidad, tanto que a veces nos cuesta distinguir sus dimensiones reales, parece natural y lo hemos disfrazado de amor, preocupación y democracia debido a que es tan vieja como el mundo y la historia; ha evolucionado de la mano con los individuos y sus procesos de conquista y dominación, acompañando siempre a los héroes y fundadores. 

Aun así no hemos podido comprender que la seguridad es una responsabilidad individual y colectiva. Existe una distorsión en el colectivo en cómo se perciben los hechos violentos, están relacionados con el espacio público; sin embargo, la mayor parte de estos inician en privado y en la intimidad entre conocidos y de ahí escala a las estructuras.

La falacia se debe a varias cosas, en primera instancia a como se comunica la violencia, destacando los hechos que afectan el bienestar de un cúmulo de personas, porque estadísticamente importa más un acto nocivo ocurrido en una plaza que uno dentro de una familia disfuncional, ignorando el hecho de que si se evita desde ésta, se disminuye la posibilidad de que ocurra en sitios concurridos. 

Aunado a ello, se encuentran los productos audiovisuales en el cine o la televisión que disfrazan la delincuencia de un falso oasis en el que una persona que fue orillada por su destino termina involucrada en proceso nocivos para la comunidad como lo es narcotráfico, la trampa se encuentra no solo en el hecho de que se valida como una alternativa justificada por el contexto sino que glorifica a esas imágenes emergentes.

Esto nos lleva a convertir la violencia en un estilo de vida, una forma aceptada de conducta, respaldada por los hábitos populares y la moral convencional, es decir, una subcultura que refuerza los actos nocivos y la realidad nos indica que la paz que tanto deseamos alcanzar no se constituye únicamente evitando los conflictos armados sino que emana de un proceso de progreso de justicia y respeto mutuo dentro y entre las comunidades. 

Hoy vivimos en el mundo del discurso, de la inclusión, de la no discriminación, que propone la igualdad, en el que no exista distinción entre ricos y pobres, blancos y negros, jóvenes y ancianos, en el que los niños, especialmente los que viven en contextos inhóspitos son invisibles, somos los creadores y las víctimas de una realidad llena de explotación, esclavitud, trata de personas y humillaciones pero aunque todo nos preocupa nada de eso nos está ocupando. El análisis debe empezar en nosotros mismos, en nuestra forma de pensar, ser, comprender y vivir los fenómenos sociales que nos rodean.

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LinkedIn: Jimena Candano

 

*La autora estudió la licenciatura de Derecho en la Universidad Iberoamericana. Obtuvo el grado de Maestría en Administración Pública, con enfoque en Desarrollo Comunitario y Transformación Social en la Universidad de Nueva York. Actualmente es la Directora Ejecutiva de la Fundación Reintegra.

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

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