Lo primero que vemos en Yo soy la felicidad de este mundo (2014), el trabajo más reciente detrás de la cámara de Julián Hernández, es una cámara capturar los movimientos de una bailarina, la manera en que su cuerpo se dobla y sus músculos encuentran la manera de expresarse, ignorantes de su entorno. En unos pocos minutos, el director mexicano encapsula su obra: el amor y la atracción física provocan una urgencia, una necesidad de encuentro, ya sea entre personajes o el actor y la cámara.

La trama arranca un cruce de miradas: el joven realizador, Emiliano (Hugo Catalán), queda prendado del bailarín, Octavio (Alan Ramírez), mientras busca extras para un documental sobre danza. Es imposible ignorar la exigencia de ambos por encontrarse, permitir que la piel se embriague hasta desconocerse. Sin embargo, el amor -como el cine- es un proceso de entrega, de vulnerabilidad por lo íntimo de su desarrollo. La relación de ambos pasará por las etapas ya recorridas anteriormente por el cine de Hernández y el forzoso cause de la vida. Pinche vida.

La danza, aun cuando no estaba aplicada al todo, ha sido uno de los elementos más reconocibles del director de Rabioso sol, rabioso cielo (2009). Sus actores se mueven como en coreografías, expresando más con el cuerpo que con palabras. “Los dos se desnudaron y besaron / porque las desnudeces enlazadas / saltan el tiempo y son invulnerables”. Hernández siempre ha invitado primero al gesto que, a la palabra, el suyo es un cine de sentimientos y emociones. Por eso resulta coherente que sea el movimiento del cuerpo uno de los elementos centrales de Yo soy la felicidad de este mundo.

Esos temas han convertido a Julián Hernández en uno de los pocos cineastas mexicanos con un estilo definido, identificable en sus formas y caricias. Además, de conectarlo con dos de sus grandes maestros: Pier Paolo Pasolini y Rainer Werner Fassbinder, a quien Yo soy la felicidad de este mundo le debe más de un fotograma.

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El amor, como la felicidad, es un estado efímero. Aquel que intente fijarlo al piso terminará perdiendo. Emiliano está fascinado por Octavio, pero, una vez satisfecha la primera inercia, regresa a su estado natural, a una vida filtrada de manera permanente por la subjetividad del cine. “Yo hago películas para que las personas felizmente casadas se divorcien”, dice en algún punto el protagonista. Las heridas cierran y la vida sigue, sin importar el sexo de los involucrados. Lo importante es sentirse querido, así sean unos minutos y el arrepentimiento toque a la puerta después.

Amar nos exige intimidad, abrirnos al otro con la esperanza de no ser correspondidos o, en caso de lograrlo, obtener algo diferente a lo presupuestado. Justo como el segundo chico (Emilio von Sternerfels) llega a la vida de Emiliano como uno más (en este caso mediante la prostitución) y obtiene diferentes cosas de él, inalcanzables para Octavio; y como éste encuentra consuelo a sus males en las curvas de dos mujeres.

La película es un recordatorio de lo que ponemos en la línea con cada amor nuevo, lo familiar que resulta la soledad después del fracaso y lo impetuosos que estamos por intentarlo otra vez, aun cuando sepamos qué pasará de antemano. Como decía el gran Rubén Bonifaz Nuño:

“Yo sé que inútilmente me defiendo de ti; que sin trabajo me tomas por la fuerza, o me sobornas con tu sola presencia. Estoy vencido. Ni siquiera podrías evitarlo. Hasta en mi contra, estoy de parte tuya: soy tu aliado mejor cuando me hieres.”

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