No es complicado encontrar las obsesiones de Guillermo del Toro a lo largo de su filmografía. Son claras como un cristal. Ahí está su fascinación con los cuentos de hadas medievales, su gusto por el cine de Alfred Hitchcock y las películas de género, su predilección por los monstruos, los mundos fantásticos y más. El cineasta mexicano se ha mantenido fiel a sus gustos, su más reciente película, La forma del agua (The Shape of Water, 2017), es una demostración de eso. En ella, todas sus afecciones chocan, se encuentran y juegan entre ellas.

La premisa es bastante sencilla: ¿qué pasaría si El monstruo de la Laguna Negra (Creature from the Black Lagoon, 1954) no fuera un acosador y su “víctima” estuviera en realidad interesada en él? Elisa Esposito (una adorable Sally Hawkins) es una chica muda que trabaja por las noches en un laboratorio secreto del gobierno estadunidense. Una noche, junto a su compañera Zelda (Octavia Spencer, en su papel sassy de siempre), le ordenan limpiar una de las instalaciones. Ahí descubre a una criatura anfibia, de la que queda prendada sin remedio.

La situación amorosa remite inmediatamente a otros trabajos de Del Toro, como el díptico dedicado a Hellboy (2004, 2008), donde el “monstruo” es en realidad el héroe de la película y todos aquellos a su alrededor (humanos normales, pues, sin fallas aparentes) son los villanos. La película corre, de esta manera, en dos carriles: uno dedicado a homenajear al cine de monstruos y al musical hollywoodense; el otro, a las figuras arquetípicas del cuento de hadas (encantamientos, princesas, villanos, etc.). Todo aderezado con una sensible historia de amor y la empalagosa música de Alexandre Desplat (canalizando al Yann Tiersen de Le fabuleux destin d’Amélie Poulain).

El amor, uno de los temas recurrentes del mexicano, y su búsqueda es el verdadero centro de la película. La necesidad que tenemos como seres humanos de sentirnos acompañados, de hallar identificación con el otro, aun cuando la conexión misma resulte improbable. La mayoría de los personajes lo experimentan de una forma u otra.

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Por ejemplo, el vecino de Elisa, Giles (Richard Jenkins), quien vive encerrado en su departamento, rodeado de gatos y viendo musicales como escape de su solitaria existencia. Aunque nunca se dice de manera explícita, esa soledad se debe en parte a sus preferencias sexuales y la poca aceptación que éstas tienen en la sociedad norteamericana de los años 50 (bastante parecida en su nivel de discriminación a los Estados Unidos de Donald Trump). O la misma Zelda, gastando sus días junto a un marido que nunca le dirige la palabra.

Eso hace de La forma del agua una película pertinente, aunque no sea nada novedosa y, a momentos, los ecos de la filmografía de Guillermo del Toro luzcan más como repeticiones que avances de su oficio. A lo largo de su metraje es fácil dejarse llevar por su mensaje, hay amor para todos. Especialmente para aquellos que se hayan sentido como el otro.

 

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