Lo recuerdo como si lo estuviera viendo, como si no hubieran pasado tantos años. La cara de mi padre palideció, los ojos se le desorbitaron y la mandíbula se le cayó. Era 1 de septiembre y estábamos juntos, viendo en la tele el informe presidencial. Y así, a punto de acabar, el presidente López Portillo nacionalizaba la banca en cadena nacional.

Con este acto se inauguró una época de inestabilidad económica que duraría más de tres sexenios. Los niños de entonces fuimos los jóvenes de la crisis. Una turbulencia sucedía a la otra y los sueños se esfumaban de un día al otro. Adiós a las jubilaciones anticipadas, a los ahorros que se hicieron con tanto esfuerzo, a los planes de iniciar un negocio y a tantas metas que se esfumaron tan rápido que casi no se podía creer.

Fueron los tiempos de la inflación a tres dígitos, del tipo de cambio controlado, de las tasas de interés variables e impagables, de inestabilidad de precios y de valor adquisitivo decreciente. Las familias mexicanas resistimos los bamboleos macroeconómicos y el padecimiento duró muchos años. El esfuerzo por controlar y encarrilar el entorno económico fue titánico. Lo curioso es que pocos recuerdan esos tiempos.

Al hablar de aquellos tiempos, muchos de los que nacieron a mediados de los noventa y principios del milenio, no se imaginan un entorno económico en el que lo que hoy se tiene en el bolsillo mañana ya no alcanzará para pagar, de pactos económicos y de control cambiario. No dan crédito a esos descalabros, pero sucedieron. La carrera inflacionaria tardó en frenarse.

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Miguel de la Madrid heredó el toro desbocado y, lejos de frenarlo, el fenómeno se exacerbó. Carlos Salinas aplicó medidas duras que amortiguaron el efecto, y fue Ernesto Zedillo quien logró estabilizar al país. Los sexenios de los presidentes Fox y Calderón gozaron las mieles de la estabilidad. El mérito fue de las autoridades, que supieron aplicar la receta, pero también de los mexicanos, que abrimos la boca y nos pasamos la medicina.

Lo asombroso es que muchos de los que padecimos esos avatares ya no los recordamos con viveza; los vemos como una anécdota lejana que padecieron nuestros padres. Ese regusto amargo no se nos debe olvidar, la fragilidad de la memoria no debe hacernos olvidar la angustia de aquellos tiempos. La alerta se encendió cuando escuché al presidente de la Asociación de Bancos de México, Luis Robles, decir que la situación en México era buena, pero muy frágil. En cuestión de meses podríamos perder lo ganado. No sería justo.

En veinticinco años hemos logrado, todos los mexicanos, transformar una economía muy petrolizada, en otra que ya no se ve tan impactada por las veleidades del precio de los hidrocarburos. Nos hemos fortalecido. No ha sido fácil y las medidas que se han tomado tampoco han sido tan populares. El éxito no ha sido menor. Los bancos en México han crecido su negocio a niveles de 3.8% sostenido a lo largo de los últimos 15 años y han alcanzado los niveles de penetración crediticia más altos de la historia. Crecemos a niveles más altos que Brasil, Colombia y Corea del Sur, y ligeramente debajo de Turquía y Rusia. Más aún, el país reporta desempeños por encima de España, Francia, Estados Unidos y Reino Unido. En el último ciclo se creció a niveles de 20.7 puntos porcentuales del PIB, el más virtuoso jamás reportado. Pero debemos ser prudentes y cuidar lo que hemos construido.

La fragilidad de la memoria no puede llevarnos a echar las campanas al vuelo. Basta ver lo que sucede en otros países para entender lo que podemos perder. Hace unos cuantos años, Brasil era el ejemplo a seguir. Las operaciones con Petrobras eran el prototipo de negocio más alabado y el ex presidente Lula da Silva vino a México a decirnos cómo hacer las cosas, y luego, en los albores del Campeonato Mundial de Futbol lanzó duras críticas contra nuestro país, consideró que los indicadores económicos de México no eran comparables con los de su país, por lo que aseguró que “todo en México es peor que en Brasil”. Hoy, la economía de Brasil sufre convulsiones similares a las que tuvimos hace veinticinco años.

Es necesario recordar. Las variables macroeconómicas no lucen como en los sexenios de López Portillo, De la Madrid o Salinas; la inflación se conserva en los niveles de un dígito, y aunque el precio del barril del petróleo ha bajado dramáticamente, las cosas parecen estar en control todavía. No obstante, se observan nubarrones en el cielo. El hueco que se abrió por la caída de los ingresos petroleros es de gran magnitud, y el recorte al gasto puede impactar desfavorablemente. Es tiempo de optimizar los recursos.

Las entidades federativas y los municipios tendrán que sumarse al esfuerzo nacional. La Secretaría de Hacienda busca la forma de reducir el gasto con el fin de equilibrar sus cuentas. La experiencia dicta que las reducciones sustanciales en el gasto público se traducen en menor crecimiento económico, que socava la capacidad recaudatoria del gobierno a través de impuestos, lo que implica esfuerzos adicionales para equilibrar las cuentas.

Tenemos que tener prudencia. El hecho de que el negocio bancario sea saludable en México y tenga un crecimiento sostenido es una buena noticia; sin embargo, tal como lo dijo Luis Robles, esta estabilidad, que ha costado tanto trabajo, debemos cuidarla. Recordar es hacer conscientes a todos los que no crecieron entre crisis recurrentes de lo terrible que es ver cómo el dinero cada día rinde menos, cómo el poder adquisitivo se deteriora con el paso de los minutos. Hacernos conscientes significa valorar la estabilidad de que gozamos hoy para cuidarla y no perderla.

Actualmente, a diferencia de lo que sucedió hace cinco sexenios, el trabajo es un bien escaso. En aquellos años, la reducción del poder adquisitivo se compensaba trabajando más. En estos días, los niveles de subempleo y de desempleo harían muy complicado lograr este tipo de compensaciones. Así que antes de que llegue la tormenta, hay que sacar el paraguas. De la misma manera en la que en el pasado supimos salir adelante, hoy, antes de caer en un bache, lo mejor es cuidar lo que tenemos. No queremos que los olvidos nos cobren caro.

Olvidar es aproximarnos peligrosamente a lo que debemos evitar a toda costa. La fragilidad de la memoria constituye un riesgo alto que debemos contrarrestar de inmediato. Recordar es el primer paso para alejarnos de aquello que nos costó tanto, a todos.

 

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