Al innovar, en ocasiones, cometemos errores, lo mejor es admitirlo rápidamente y continuar con la mejora de otras innovaciones: Steve Jobs

Las organizaciones, al igual que las personas, buscamos tener una vida fructífera. La búsqueda de la eterna juventud en los individuos nos lleva a ir al encuentro de ese elixir que nos permita lucir y ser lozanos, fuertes y sanos. Ese secreto es el anhelo común entre la gente y las corporaciones. La ciencia ha avanzado mucho, las personas hemos aumentado la esperanza de vida y la buena noticia es que parece que las organizaciones ya encontraron la fórmula mágica de la eterna juventud empresarial.

Sabemos que el ciclo de vida es un tema inexorable. La maravilla es que las empresas tienen la posibilidad de entrar en amplios periodos en la misma fase y reinventarse para recuperar un periodo de crecimiento y expansión, reconfigurarse en la madurez y evitar el cierre por estar fuera de los gustos y necesidades del mercado. La fuente de eterna juventud empresarial está relacionada con esos procesos de innovación y creatividad que satisfacen a sus consumidores.

 Las empresas no cierran únicamente porque se declaren en quiebra sino porque se toman malas decisiones. Hay empresas familiares que decidieron fragmentarse y con ello precipitaron su desaparición; hay proyectos que estaban teniendo gran aceptación, pero los dueños decidieron retirarse del mercado porque no pudieron con el crecimiento; hay empresarios que no logran consolidar sus ideas. Sin embargo, existen empresas de gran tradición que han perseverado por siglos. ¿Será que ellas sí encontraron el elixir mágico?

Claro, la fuente de la eterna juventud empresarial está en renovarse continuamente mediante la innovación de procesos y productos. Pero, cuidado, no todo lo que brilla es oro. Los cambios que se hacen a tontas y a locas más que rejuvenecer a las empresas las precipitan en un túnel que las conduce a la desaparición. La magia se da cuando los empresarios entienden que el personaje más importante en esta trama es el cliente.

En esta condición, todos los procesos de innovación se deben enfocar en complacer al consumidor, en resolverle sus necesidades y en permanecer vigentes como la opción adecuada para que nos entreguen su fidelidad. Funciona lo mismo para empresas de larga tradición como para esos proyectos de emprendimiento que están buscando probar suerte en el mercado.

Cualquier empresa de nueva creación o que lleve años en el mundo empresarial que quiera perpetuarse y crecer, debe asegurarse de que el bien o el servicio que ofrece sea necesario y útil para los clientes que están dispuestos a adquirirlos. Esa debe ser su premisa dorada sin la cual no habrá vida. Las organizaciones pueden y deben evitar su propia muerte.

Las estrategias empresariales deben orientarse a superar sus propios límites. La mediocridad no es un buen salvoconducto en este terreno. El peligro que corre el empresario es caer en la trampa de la egolatría, la necedad y la visión corta. Tener los pies en la tierra no es tan fácil como se lee. El propio Steve Jobs, un hombre que fue un innovador por excelencia, admite que hay que poner atención porque si alguna supuesta mejora no funcionó, hay que tener la humildad de aceptarlo lo más pronto posible y retomar el camino.

El empresario que se duerme en sus laureles, el que se confía en éxitos pasados, el que no se adapta a los cambios del entorno, está acabando con la posibilidad de rejuvenecer su empresa. Pero, hay que estar bien informados, alerta y bien enfocados. Muchas tendencias organizacionales han sido modas pasajeras que no traen buenos resultados. Lo primero es entender bien cuál es la razón de ser de la empresa, cómo vamos a servir a nuestros clientes y luego analizar si esas olas de innovación nos alejan o nos acercan al propósito de la empresa.

La fuente de la eterna juventud está en nuestros clientes. De ellos debemos abrevar el elixir de la innovación. Son ellos los que nos llevan a detectar nuevas áreas de oportunidad, qué es lo que ven en la competencia, analizar la experiencia de compra y entender el grado de satisfacción que les proporcionamos. Todo empresario al entrar al mercado les hace una promesa a sus consumidores. La pregunta es ¿qué tan felices quedan después de haber comprado lo que les ofrecemos?

El verdadero empresario sabe que, si orienta sus esfuerzos en resolverle un problema a su usuario, si no está dedicado a complacer a su cliente podría destruir su negocio. Así es y así seguirá siendo. Después de años de mantenerse en el mercado, de haber sido vanguardistas, de haber implementado planes y procesos de innovación, muchas personas de negocios creen que la decisión final es crecer o cerrar. No. No, necesariamente. Innovar es ver la forma de seguir atendiendo a nuestros clientes.

Son muchas las ocasiones que le queremos echar la culpa a las variables económicas, a las condiciones de mercado, a las corrientes políticas e ideológicas y aunque es evidente que los factores externos de la empresa influyen en gran medida, lo cierto es que la mayor parte de los descalabros organizacionales se dan por mala planeación y ejecución estratégica.  ¿Cuántos negocios han cerrado sus puertas por malas decisiones de sus directores o dueños?

Es verdad, los gustos y las preferencias de nuestros consumidores cambian, es cierto que hay proyectos que no saben ir a la misma velocidad que los cambios tecnológicos. No obstante, lo que generalmente sucede es que los empresarios no saben estar a la altura de sus consumidores.

Si lo logramos plantear de otra forma, está sería: la fuente de la eterna juventud de las empresas está en encontrar esa necesidad que le podemos satisfacer al cliente, hacerle la promesa de solución y cumplirla.  Las organizaciones, al igual que las personas, buscamos tener una vida fructífera. Las empresas pueden lograrlo. Esa es la fórmula mágica de la eterna juventud empresarial.

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