Con lo sucedido en el nuevo escenario geopolítico, muchos economistas se preguntan, a la vez que otros afirman, que los distintos sucesos que suscitan las tensiones entre los distintos bloques económicos que conforman la economía global no son más que una estrategia para esconder una serie de problemas y dificultades estructurales de los países y que, enmascarándose en estos, no se sacan a la luz.

La economía no atraviesa uno de sus mejores momentos. Mientras, a nivel global, durante el primer trimestre del año veíamos como, de forma generalizada, la economía se comportaba de una forma más óptima de los esperada, presentando un mayor dinamismo en los crecimientos, los resultados del segundo trimestre han vuelto a generar el miedo en la sociedad, que teme la llegada de esa temida recesión.

Los principales indicadores adelantados, en términos macroeconómicos, muestran una nueva desaceleración en la economía global. Una desaceleración que, aunque algunos traten de evitarlo, debemos sumar a los continuos riesgos que se viven en el escenario comercial y que, de una forma u otra, no dejan de acechar el crecimiento económico a través de uno de sus grandes motores, el comercio internacional.

La desaceleración se pronuncia, esta vez de forma más intensificada. Especialmente en Europa, donde la economía ha moderado sus crecimientos de una forma más pronunciada de lo que lo han hecho en Estados Unidos, por ejemplo, donde la economía muestra unos crecimientos, aún suficientes, del 3%, con tasas de desempleo por debajo de su tasa natural de pleno empleo.

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Al igual que en Estados Unidos, China tampoco ha mostrado unos crecimientos tan moderados como los que preveía. Además, la rebaja fiscal realizada a comienzos de este año, en la que se trataba de contrarrestar los efectos de la guerra comercial que entablan, desde el año pasado, Estados Unidos y China, ha surtido efecto en la economía, dotándole del impulso necesario para realzar los crecimientos por encima del 6%.

Europa no ha contado con la misma suerte, por llamarlo de alguna forma. Los crecimientos en Europa se muestran tal y como se preveían. Las elevadas tasas de desempleo de algunos países hacen que la moderación en los crecimientos se convierta en un verdadero quebradero de cabezas para la creación de nuevos puestos de empleo y los elevados niveles de apalancamiento siguen asfixiando las economías.

Algunos países como España, Grecia o Italia muestran unos niveles de endeudamiento muy superior a los que poseen sus homogéneos de la zona comunitaria. En el caso de Italia, y como hemos comentado en numerosas veces, la deuda ya roza el 133%, llevando a la economía a poseer un elevado déficit e incrementar, consecuentemente, la prima de riesgo en el país, y con ello, la rentabilidad de sus bonos en función del riesgo asumido por los inversores.

Este exceso de apalancamiento ha provocado que estos países, que a priori muestran comportamientos, en el caso de España por ejemplo, realmente buenos, posean una mayor vulnerabilidad a la hora de afrontar posibles shocks económicos, como lo sería una nueva recesión económica, o simplemente el hecho de refinanciar su deuda, dificultándose el proceso para aquellos con una elevada carga de apalancamiento.

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Pero es que la cosa no acaba ahí. La amenaza de la deuda sigue en el aire tras los deseos de los distintos gobiernos europeos en los que, erróneamente, siguen empeñados en incrementar los niveles de deuda y dispararlos por encima de los pactados previamente con la autoridad monetaria europea en los tratados de estabilidad y crecimiento, conocidos como los PEC. Algo intolerable para las autoridades, que ya sancionan duramente a aquellos que pretenden saltárselo.

Muchos economistas siguen empeñados en una serie de problemas que, aunque formen parte del escenario económico y político, no poseen la suficiente relevancia como para centrar toda la atención en los mismos. La deuda pública, sin embargo, pese a ser un tema de enorme relevancia, sigue relegándose a un segundo plano, a la misma vez que la carga de la misma sigue engrosándose de manera desmedida y con cierta arbitrariedad.

Los países están contrayendo grandes niveles de deuda que, en el largo plazo, podría derivar en serios problemas, pues un proceso de desapalancamiento en un escenario recesivo, podría ser el acabose de dichas economías. Los niveles de deuda no son ilimitados, aunque para diversos políticos lo parezca, pues lo único que conseguirán es el hipotecamiento de los países.

 

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