Detrás del conflicto armado, los bombardeos y millones de refugiados, Siria es estratégico para los planes energéticos de las potencias militares de Estados Unidos y Rusia, protagonizados por el gas natural.

La crisis en Siria ha desplazado a más de 5 millones de personas, según datos de las Naciones Unidas. En el tablero se encuentra Washington y Moscú —con sus respectivos aliados— tratando de controlar la región en conflicto por supuestos bombardeos con armas químicas del régimen sirio, liderado por Bashar al Assad.

Hoy la zona está minada por grupos fundamentalistas encabezados por la organización llamada Estado Islámico, quien se ha adjudicado múltiples ataques a la población europea. El origen de este problema se encuentra debajo de la tierra que hace más de un siglo controlaba el extinto Imperio Otomano.

Conocido como el ‘nuevo petróleo’, el gas natural jugará un papel determinante en el funcionamiento del mundo.

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El apetito mundial por este energético es gigantesco: entre 2017 y 2021, se espera una inversión global en gas natural de 284,000 millones de dólares (mdd), 50% más que el desembolso en los cinco años previos, de acuerdo con la consultora energética Douglas-Westwood. Este monto equivale a cuatro veces la inversión derivada de la Reforma Energética en México.

Allí aparece Rusia, quien posee las mayores reservas probadas del hidrocarburo con 1,600 billones de pies cúbicos hasta 2016, según la Administración de Información Energética (EIA, por sus siglas en inglés) y es el principal proveedor del energético a Europa.

El gobierno que encabeza Donald Trump ha bombardeado con el pretexto de armas químicas en contra de la población siria, pero el ataque, según expertos en geopolítica, parece más un intento por desestabilizar aún más la zona donde abundan los hidrocarburos.

 

Interés estratégico

Aunque Siria posee reservas de gas y petróleo, no son tan relevantes como su acceso al mar mediterráneo, fundamental para el paso de gasoductos hacia Europa que vendrían de su amigo y vecino Irán, el segundo país con mayores reservas probadas de gas —1,200 billones de pies cúbicos—.

“El futuro es el gas, más que el petróleo. No es lo mismo la travesía que vendría de los gasoductos de Qatar y Arabia Saudita, que pasaría por Jordania hacia el mar mediterráneo con ruta al mercado europeo, que el otro camino más corto desde Irán, pasando por Iraq hasta Siria, que tiene salida al mediterráneo”, explica en entrevista el analista geopolítico Alfredo Jalife.

Incluso Irán tenía proyectos de exportar gas natural antes del embargo económico de Estados Unidos y sus aliados en la década de los 70, que ahora mismo trata de revitalizar, y la mejor ruta es por Siria.

“Siria sería importante para el paso de gasoductos, claro. Incluso había proyectos de exportar gas desde Afganistán a China y Pakistán, que tienen que pasar por zonas inestables, pero sí existían”, comenta Javier Díaz, analista senior de gas en América para la consultora energética S&P Global Platts.

Siria es el único aliado de Rusia en toda la región, no es uno cercano, pero su única base en el Mediterráneo se encuentra en Siria. “Es el único país que más o menos cooperó con ellos. Y no quieren perder a su único aliado”, explicó Noam Chomsky, catedrático emérito del Instituto Tecnológico de Massachussets (MIT, por sus siglas en inglés) y activista político en una entrevista con Democracy Now.

Por eso Rusia ha tenido una visión muy clara respecto a los energéticos: él tiene que ser el proveedor número uno de gas natural y productos derivados de petróleo para Europa.

“Al cerrarle el paso a Estados Unidos con Medio Oriente, le está cerrando una válvula también a Europa. Eso lo pone como un actor estratégico global. Aparentemente, controlaría una gran cantidad de mercado de energéticos”, dice la internacionalista y catedrática del Tecnológico de Monterrey, Arlene Ramírez Uresti.

 

Los responsables de la crisis

Aunque los conflictos en la región comenzaron con la crisis mundial del petróleo en la década del 70, la desestabilización en Medio Oriente se acrecentó hacia el final de la guerra fría, en Afganistán, que propició Estados Unidos para sacar a las tropas soviéticas que invadían al país, por ser estratégico para las rutas de gas natural.

Medio siglo después, en 2003, Estados Unidos, con el pretexto de armas químicas, ingresó a Iraq con una invasión militar que culminó con la muerte del dictador Sadam Husein, pero no pudieron probar que el régimen atentó contra su población.

“A Iraq Estados Unidos lo dejó despedazado. Donde ha ido a cambiar el régimen, llevar democracia y derechos humanos, hemos visto todo lo contrario. Por eso da pánico cuando hablan de pruebas. ¿Dónde están las armas de destrucción masiva?”, cuestiona Jalife.

Desde la muerte de Bin Laden, los grupos fundamentalistas incrementaron el nivel de violencia que generó la inmigración de millones de personas a los países vecinos y a la Eurozona.

Tras años en conflicto armado entre el gobierno chií de Al Asad y los rebeldes suníes, el pasado 7 de abril, el presidente estadounidense, Donald Trump, ordenó el bombardeo de una base militar siria, después de que unos supuestos ataques con armas químicas contra el poblado norteño de Idlib, donde murieron al menos 86 personas.

“El bombardeo, en análisis puro, es ilegal. No contó con la aprobación del Congreso estadounidense, porque es un acto de guerra. Va en contra de las leyes internacionales y en contra de la carta de la ONU que requiere una resolución del Consejo de Seguridad. Trump está metido en un lío si no aparecen las pruebas”, considera Jalife.

Esta acción fue duramente criticada por los gobiernos de Irán y Rusia, pues tanto Putin como su homólogo iraní, Hasán Rohaní, consideraron que Trump cruzó todas las líneas rojas y no tolerarían otro bombardeo.

Hubo ganadores privados con la ofensiva. El fabricante estadounidense Raytheon, que proporcionó el armamento para bombardear la base militar en Al Shayrat, ganó una licitación en diciembre de 2016 para producir 214 misiles Tomahawk en los próximos meses. Sus acciones pasaron de 150 a 153 dólares en cinco días.

 

¿Hacia dónde va el conflicto?

Existen tres escenarios para Siria y la región, pronostica Jalife. El primero es que el conflicto escale a las potencias, que derivaría en la tercera guerra mundial, de proporciones catastróficas ante el despliegue nuclear de los involucrados.

Si el problema en Siria escala a un conflicto armado entre potencias sería más impredecible y dependería con quién forme alianzas Rusia, Estados Unidos y China.

“Un conflicto geopolítico de tal magnitud tendría consecuencias impredecibles, no sólo desde el punto de vista del suministro de gas, sino de uno macroeconómico”, dice el analista energético de S&P Platts.

Pero Jalife descarta esta posibilidad tras las reuniones del estadounidense Rex Tillerson, secretario de Estado, con el Kremlin, y considera que Estados Unidos realizó una jugada espejo para poner en jaque a Corea del Norte, quien está bajo la protección de China, la segunda economía más grande del mundo y que tiene al gobierno de Trump contra las cuerdas ante su gigantesco déficit comercial.

El segundo escenario planteado es que la región se pudra con guerras regionales asistidas por las potencias, pero con actores locales árabes y del Islam.

Un tercer escenario es la solución política y pacífica entre Rusia y Estados Unidos para que se estabilice el país y la región, en la que se sienten a negociar los términos y condiciones.

La comunidad islámica-árabe tiene la capacidad para resolver sus conflictos internos, dice la catedrática del Tecnológico de Monterrey. Lo grave se ha dado gracias a la intervención militar excesiva de Estados Unidos, con un control de mercados y vinculación económica y energética en Medio Oriente.

“No hay otra en Siria: la solución es pacífica. No hay vencedor y vencido y se tiene que dar de acuerdo a las costumbres de los pueblos árabes, que es esa, donde nadie ganó ni perdió. Se le da su lugar a la oposición democrática siria, no a los yihadistas”, añade Jalife.

 

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