En días recientes tuve la necesidad de revisar varios pasajes de la historia de Estados Unidos buscando una lógica narrativa que expliqué la llegada de Trump al poder. De 1953 y la llegada de Eisenhower a 2017, y la llegada de Trump, hay una consistencia en el proceso histórico en donde se entiende el movimiento más o menos lineal del desarrollo norteamericano a partir del triunfo en la Segunda Guerra Mundial, un nuevo orden de polos de poder en la Guerra Fría, intentos imperialistas militares en Corea, Vietnam, Medio Oriente, y una lucha interna por los Derechos Civiles como grandes ejes que definen a los 11 Presidentes -34 a 44 sin incluir a Trump- en los años del desarrollo 1953-2016.

Marcada por mas avances que retrocesos en general, la historia reciente de Estados Unidos se ha caracterizado por un entendimiento de su papel hegemónico mundial que le ha ‘exigido’ un comportamiento ejemplar en sus luchas internas, siempre prevaleciendo un cierto decoro sobre lo prudente, valioso y decente, tratando de esconder debajo de la alfombra las partes sucias y enfermas de su sociedad. Así, el término ‘políticamente correcto’ fue tomando cada vez más auge hasta convertirse en un lema de supervivencia social en el siglo XXI. No necesariamente afectando las verdaderas intenciones de los grupos de poder, o modificando los instrumentos de aplicación de la ley, sino más bien exigiendo un comportamiento público de acuerdo a lo que ‘el mundo espera’ sea la generosidad norteamericana. Con grandes batallas en los frentes racistas contra negros, ‘cafés’ y más recientemente árabes, ciertamente las denuncias, las ventilaciones públicas de ciertos temas, así como las referencias recientes en medios masivos y redes, han expuesto esta problemática que parecía estar contenida en ser ‘políticamente correcto’ como filtro de presentación de una cultura. Este atavismo de que lo ‘políticamente correcto’ era una formula social, política aceptada, fue la que impidió ver con claridad que lo que hoy llamamos vulgaridad y violencia de parte de Trump, era en realidad una forma muy extendida de ser norteamericano. De un sector importante de ser norteamericano.

Con el disfraz intelectual, que supone que la lógica estudiada, comparada con la historia y refinada en círculos sociales de alta escuela, alta empresa, alta política, con que se ha pretendido explicar el fenómeno Trump como un desajuste de las fuerzas históricas, se ha perdido de vista que en realidad es una revolución de sectores desprotegidos por esas mismas ‘altas algo’ que vienen por su revancha. Entender así este momento de los Estados Unidos es una ruta para poder crear nuestra propia narrativa mexicana sin el contrapunto de la tan llamada ‘dependencia’ de los Estados Unidos.

Suponer que cualquier país hoy en día, en el mundo globalizado sin fronteras emocionales que vivimos, depende de otro país, es un sofisma conveniente para el combate ideológico, pero no una realidad en la ‘guerra comercial’. Las complejas redes que se han formado a lo largo de más de 30 años de iniciada la globalización como forma de comerciar y de vivir en el planeta, son tan sofisticadas que pretender romperlas significaría una ruptura de la civilización tal y como la conocemos hoy. Los Estados Unidos están imposibilitados de poder cumplir las propuestas de campaña de Trump porque destruir las plataformas de producción interdependientes que tienen con el mundo, rompería el balance financiero de costos de producción pues al llegar a la esencia misma del producto, sus mínimas partes, se darían cuenta de las piezas insustituibles de la cadena productiva, tanto por su origen -material, natural- como por el estilo de fabricación. Ante una perspectiva proteccionista comercial de los Estados Unidos, la única alternativa seria retomar el camino imperialista para poder hacerse de los centros de producción que necesita a nivel global. Un regreso, pues, a la industrialización hegemónica de los siglos XVIII y XIX. El poderío militar de los Estados Unidos, con todo y Trump, no es de tal calado. Y los filtros intelectuales de la milicia, la política y la sociedad norteamericana, creo que no lo permitirían sin una lucha interna previa.

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Sin embargo, creo que hay un terreno en donde esa conquista imperial a-la-Trump si puede tener éxito, y es el terreno de la propaganda. En el libro Trump And Me el escritor Mark Singer retrata la ‘filosofía’ de Trump a través de sus dichos y forma de ser, información que recaba acompañándolo durante varios meses de su vida en 1996. En particular una frase de Trump me parece que define la visión de su uso propagandístico de lo que hoy ya sabemos llama ‘alternative facts’: “truthful hyperbole… an innocent form of exaggeration -and a very effective form of promotion”. Con la herramienta que encontró en las redes sociales, Trump puede crear situaciones al límite sobre temas que son fundamentales en el pensamiento de su sociedad -y del mundo- con la clara intención de provocar una reacción que lleve el tema de su predilección a la mesa, cualquier mesa de negociación, para, a partir de ahí, buscar su verdadero objetivo. Hacer un muro entre México y Estados Unidos y que México lo pague, es un ejemplo clarísimo de esta estrategia. Una idea que siempre ha estado en la mesa -una división física en la frontera- llevada al uso de palabras escandalosas que provocan agresión -un muro- y con el agregado ‘ofensivo’ de ‘que México lo pague’. Lo repite una y otra vez sabiendo que claramente México no lo va a pagar, y que difícilmente se agregaran decenas de metros a la actual división y no en forma de muro. Pero en el ir y venir de la información, y con una total falta de visión y estrategia del lado mexicano, Trump ya tomó el mando de la negociación de lo que vaya a ser quiera en realidad y que aún no sabemos, o no nos han dicho.

Cuando en todos los noticiarios de radio y televisión en México, así como en todas las columnas periodísticas, leo, veo y oigo una y otra vez enunciados como ‘sabemos que somos una pulga en el pelo del perro que es Estados Unidos’ seguido de una letanía de catástrofes que nos van a ocurrir a los mexicanos si Trump ‘se sale con la suya’, pienso que gran parte del trabajo propagandístico a favor de Trump, se lo están haciendo con total falta de corresponsabilidad nacional, sobajando una y otra vez el auténtico espíritu nacional e impidiendo ver las posibles opciones -que son muchas- de mantener nuestra estabilidad financiera y de vida. Mensajes que deberían moderar, comenzando por entender que el orgullo nacional es algo inherente a cada uno de nosotros que no necesita exaltación alguna que no sea el lograr el mejor desempeño de cada uno de nosotros en el papel que hemos decidido tener en nuestra sociedad.

En efecto Donald Trump es un perturbador, y en ese sentido su presencia provocara muchos movimientos al interior de los Estados Unidos, sus instituciones y la definición de su democracia hacia adelante. Con relación a México, deberíamos también de aceptar su papel disruptivo en relación a nosotros mismos y nuestro papel -más allá de políticas de gobierno y fenómenos de corrupción moral y económica que nos rodean- como competidores del orden global en donde los ‘encantos’ discursivos de un superficial no deberían dominar la agenda, sino nuestra búsqueda de mercados, de oportunidades, de creación permanente. Porque no somos lo que la media convencional insiste en que seamos…

 

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