Por Luis Javier Álvarez Alfeirán*

Los mexicanos, según datos del Inegi consideran la corrupción, que no es otra cosa sino falta de honestidad, como el segundo problema que más les preocupa después de la inseguridad. Los datos más recientes de Transparencia Internacional (2018) ubican a México en el lugar número 138 de un total de 180 países, muy por debajo de otras naciones sudamericanas como Chile o Costa Rica, Brasil o Colombia. El presidente Andrés Manuel López Obrador, prometió en campaña que “México va a ser de los países con menos corrupción en el mundo en nuestro sexenio” ¬dijo hace apenas un año. La pregunta es si esto es posible.

Hay quien dice que la corrupción está inmersa en nuestra cultura, hay otros que incluso atribuyen esta práctica a la herencia hispánica desde hace más de cinco siglos, hay quienes lo relacionan con un sector social o sólo con los que se dedican al ejercicio público, lo cierto es que México, en todas sus realidades y en todos los sectores; sociales, públicos, privados, individuales o comunitarios, no podrá avanzar mientras no reconozca su propia responsabilidad para cambiar la realidad actual. Ahora bien, aún no respondemos a la pregunta que nos hicimos, ¿es posible hacerlo?

Para el filósofo griego Sócrates, la honestidad es una cualidad fundamental de los seres humanos, es decir, está en nuestra naturaleza la honestidad lo que nos da esperanzas de que sí se puede lograr, pero exige alcanzar la virtud como poco después diría Aristóteles, el discípulo de Platón (quien fue discípulo de Sócrates). Todos buscamos un mundo honesto, una vida mejor ya que esto representaría en nuestra forma de vivir alcanzar un estado de serenidad, de paz, que nos permita desarrollarnos adecuadamente como individuos y como sociedad. Miguel de Cervantes, autor de El Quijote, en Los trabajos de Persiles y Segismunda relacionaba la honestidad con la belleza diciendo “la hermosura que se acompaña con la honestidad es hermosura, y la que no, no es más que un parecer” y ¿no queremos que la extraordinaria belleza de México sea completa?, ¿es posible entonces? –seguimos preguntándonos–.

A pesar de aquellos que atribuyen a diversas causas la corrupción y la falta de honestidad en México, llegado incluso a popularizar sentencias y expresiones populares tan terribles como la de “el que no tranza no avanza” o “malo, robar y que te cachen”, destacando en esta última que la expresión hace énfasis en que lo malo no es robar sino en ser descubierto; aun así, me parece que hay realidades que nos dan luces de esperanza.

El ejercicio de la gastronomía popular, –reflejo de la propia identidad cultural y quizás la más primaria–, nos da una muestra de lo que finalmente podría responder a nuestra inquietante pregunta: que el mexicano es capaz de ser honesto.

La gran mayoría de nosotros, de todos aquellos que nos preciamos de ser mexicanos auténticos, hemos pisado más de alguna vez una taquería. Posiblemente muchas de ellas bien establecidas y regidas bajo las normas comerciales de los establecimientos de alimentos y bebidas, pero sin duda también, nos hemos detenido en aquellas que se encuentran a pie de calle, aquellas que se juzgan por la cantidad de perros que las merodean (por aquello de que, –como se dice popularmente–, “perro no come perro”). En estos estos escaparates de la más pura mexicanidad uno termina de comer para cerrar con la pregunta del taquero que resuelve nuestro enigma: «¿cuántos fueron joven?», respondiendo el mexicano con la más pura y sincera honestidad. Sobre esa base, el taquero cobra y el cliente paga.

Si tan sólo los mexicanos aplicáramos este simple proceder de honestidad taquera, –inconsciente muchas veces–, a todos los ámbitos de nuestra realidad, encontraríamos que sí podemos vivir mejor, sin necesidad de promesas políticas, pues no depende de aquellos que gobiernan sino de todos los que vivimos bajo el ondear de nuestra bandera tricolor.

*Director de Le Cordon Bleu Anáhuac

 

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