Al ser la autoridad local la más cercana, la de primer contacto, es la más susceptible de ser receptiva a la voz de sus ciudadanos, es la que en teoría mejor conoce las necesidades. Por eso, es vital la participación ciudadana para comunicarse con el gobierno local.

 

 

 

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Por Andrés Ruiz  (@andresrpe), escritor de Política en Paradigmas

 

 

Las secciones de política en los diarios, en los noticieros, en las charlas de café suelen enfocarse en los grandes temas nacionales. Acalorados debates surgen en torno a la figura presidencial y a los aspirantes a dicha investidura. He sido testigo de conflictos familiares a causa del petróleo y las leyes que rigen su explotación (aún cuando los involucrados no habían visto jamás dicho material de primera mano). El caso Oceanografía y sus efectos colaterales (incluido el no pago a los jugadores del equipo Gallos Blancos) han sido tema recurrente en cafés y sobremesas. Pero notoriedad no es lo mismo que importancia. Muchas de las decisiones que afectan de manera directa la vida de los ciudadanos no se toman en el Palacio de Gobierno o en el Congreso, sino en edificios más modestos, más cercanos al barrio en cuestión.

No importa si es Querétaro, San Antonio, Miraflores o Datong, las decisiones del municipio, distrito, ciudad, o cualquier otro nombre que tenga el gobierno local son las que impactan directamente el bienestar (y malestar) de los ciudadanos. Para buena parte de las personas lo que pasa en el Congreso o en los entretelones de la política nacional es muy lejano, muy complejo y muchas veces es difícil establecer una conexión instantánea con la actividad cotidiana. Si no se aprueba la gran reforma X habrá consecuencias, pero son nebulosas. Pero si el servicio que recoge la basura deja de funcionar por dos semanas, las consecuencias son muy claras: la peste no es una metáfora, es algo real. Si los baches crecen con las lluvias, si las banquetas no están parejas, si no hay espacios públicos para la recreación, si no pasa el autobús, si no hay actividades que integren a los jóvenes, a las familias, a la comunidad, los problemas son más visibles.

En el ámbito de la seguridad, la situación es aún más clara: no es lo mismo escuchar la estadística de que el número de homicidios dolosos subió en tres años de 14 a 30 por cada 100,000 habitantes, que estar consciente que de un tiempo a ahora hay zonas de la ciudad donde es mejor no pararse una vez que ha oscurecido o escuchar que algún conocido fue asaltado.

En ocasiones, ciudades o municipios son víctimas de circunstancias o fenómenos que los sobrepasan; de ahí la importancia de mantener los canales de comunicación con los gobiernos estatal y nacional. Sin embargo, la responsabilidad directa recae en los gobernantes de primer contacto; son ellos los que deben saber canalizar las demandas, las propuestas de los ciudadanos que sirven, para dar respuestas efectivas (y navegar la burocracia para obtener los fondos y apoyos).

Lo anterior lleva a un punto fundamental en todo sistema político: la participación ciudadana. Al ser la autoridad local la más cercana, la de primer contacto, es la más susceptible de ser receptiva a la voz de sus ciudadanos; es la que en teoría mejor conoce las necesidades. Si la gente del lugar necesita más seguridad, mejor infraestructura de desagüe, más ciclovías, un transporte público de mejor calidad, un centro cultural, la autoridad local debe saber distinguir las prioridades para dar mejores respuestas. Una alternativa viable, que inició en Brasil y que se ha extendido a gobiernos locales e incluso estatales en otros países y regiones del mundo, es el presupuesto participativo. Como cualquier alternativa política no es la panacea, pero su adaptación a un contexto específico encierra beneficios potenciales.

Puede que sea una cosa de enfoque. Quizá la costumbre, la larga tradición de “presidencias imperiales” hace que muchos aún finquen sus esperanzas en una figura omnipotente en la cúspide de la pirámide nacional del poder. Probablemente muchos asumen, no sin cierta razón, que las decisiones se toman de arriba hacia abajo y que si se quiere ser escuchado, aún en temas muy locales, hay que marchar a Los Pinos o al Palacio Nacional en cuestión.

Pero me atrevo a decir que si las sobremesas, las secciones de política, los noticieros, se enfocaran más en las políticas públicas que afectan directamente a la población y se empezara a hacer más activo ese vínculo con la autoridad local, podría empezar a cambiarse la concepción misma de cómo se ejerce el poder. Podría entenderse que la capacidad de decisión en temas tan importantes y tan diarios como el transporte, la infraestructura y calidad de los servicios básicos, puede ser de abajo hacia arriba. Podría verse que hay espacio para el diálogo entre las necesidades y sus respuestas y que “el gobierno” (ese ente al que se le achacan el 99% de los males y omisiones) no es otra cosa que ciudadanos organizados para tomar las decisiones que los afectan en conjunto.

Les recomiendo leer el análisis de la reforma hacendaria en materia de recaudación municipial que se hizó en Paradigmas

 

 

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