El deseo de adquirir destrezas sobrenaturales a través del consumo de sustancias prohibidas contagia a más de 31 millones de personas en el mundo. Los deportistas son el principal cliente de esta actividad que factura 25,000 mdd al año.

 

Por Ivan Pérez

 

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Era el 21 de septiembre de 2012, Lance Armstrong —el súper hu­mano que había vencido al cáncer y ganado siete veces el Tour de Francia— llegaría para visitar a los niños del centro estatal de cancerología de Durango. Para entonces, ya corrían los rumores en torno a que sus éxitos eran producto de una farsa. Sin embargo, él, con la cara en alto, aseguraba: “La gente me cree y eso es suficiente”.

Armstrong conoció en el hospital a Ricardo, un pequeño que llevaba más de un día tendido en su cama sin querer hacer nada, pero que tomó fuerzas para conocerlo.

Meses más tarde, el ciclista enfrentaría el momento más bochornoso de su vida frente a la conductora estelar de la TV estadouni­dense, Oprah Winfrey. Armstrong aceptaba que había utilizado sustancias prohibidas para mejorar su rendimiento.

Lance fue protagonista de un negocio que al año factura 25,000 millones de dólares (mdd), según lo que estima la Agencia Mundial Antidopaje (WADA por sus siglas en inglés) y de la In­terpol. Doparse resulta tan sencillo como ir de compras al supermercado o entrar a Amazon para adquirir un libro.

Es una economía despiadada, asegura la WADA, representa más de lo que produce el PIB de 100 países.

La batalla entre los chicos malos y los buenos del dopaje se asemeja al mítico enfrentamiento entre David y Goliat. El presupuesto de la Agencia Mundial Anti­dopaje representa apenas 0.1% de todo lo que mueve el mercado de las sustancias prohibidas en un año.

Desde 2008 John Fahey es el presidente de la WADA, un organismo que nació en 1999 para regular y sancionar a los atletas que usan sustancias prohibidas para aumentar su rendimiento. Frente a ello, confiesa: “Está claro que no estamos, al 100%, en condiciones de enfrentar engaños como el de Lance Armstrong”.

El presupuesto anual con el que cuenta la Agencia Mundial Antidopaje para 2013 es de 25.3 mdd, una cifra que representa una mala broma para quienes conocen el negocio del mercado negro de sustancias prohibidas. Pese a la diferencia econó­mica, la WADA ha realizado acuerdos importantes con la Unesco, Interpol y la Organización Mundial de Aduanas para intentar frenarlo.

Tan sólo en los últimos 15 años se han desarticulado cinco redes de tráfico de sustancias dopantes. La Operación Puerto en España, Caso Festina en Italia, el laboratorio BALCO, el Informe Mitchell y el gimnasio Biogénesis, estos tres últimos en Estados Unidos, han sido los más claros ejemplos de las redes que existen para crear atletas calificados como héroes, cuando en realidad son gigantes con pies de barro.

El Informe Mitchell, solicitado por el Senado de Estados Unidos, dio a conocer que 89 beisbolistas de Grandes Ligas ha­bían consumido esteroides en los últimos años. La Operación Puerto en España involucró a más de 50 atletas, casi todos ciclistas, y trabajaba también en Italia, Francia y Alemania.

Maciej Henneberg, profesor de Anatomía y Antropología comparada de la Universidad de Adelaida, comenta: “La investigación y la tecnología están limitados por los recursos económicos. El dopaje cuenta con una gran financiación por parte de las actividades ilegales en todo el mundo”.

Henneberg, junto con Aaron Hermann, realizaron a principios de este año el estudio Anti-doping Systems in Sports Are Doomed to Fail: A Probability and Cost Analysis, en el que argumentan que es prácticamente imposible, a nivel financie­ro y científico, controlar el dopaje.

Según datos de la WADA, la población que se dopa en el mundo asciende a 31 millones de personas. Si existiera un país que se llamara “Dopaje”, serían la “nación” 40 del mundo por el número de habitantes.

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Infografía: Rodrigo Ruíz

 

Según datos de la Interpol, al año, se mueven 700 toneladas de esteroides, 14,000 millones de dosis de anabólicos y 34 millo­nes de dosis de EPO. La Agencia Mundial tiene 33 laboratorios certificados, insuficien­tes para este creciente mercado.

La industria del dopaje se ha incrementado en el mundo debido a la “diferencia de ingresos entre el ganador y el segundo lugar; dado que la distancia es grande y que los bene­ficios de la victoria son tan amplios, es que vale la pena arriesgarse”, comenta Henneberg.

El reporte del Council of Europe detalla que las redes de dopaje internacional se han beneficiado por el dinero de los patrocina­dores, el promedio salarial y las horas de transmisión y el valor de los derechos de TV; incluso, el número de competencias al año y el número de atletas. Bajo este contexto, ganar es un acto de supervivencia en el deporte y consumir sustancias prohibidas es un camino para lograrlo.

El atletismo, que presentó casos posi­tivos de dopaje el último año por 2.9% de sus atletas analizados; es un deporte que en promedio deja, en una competencia grande, hasta 52 mdd por derechos de TV. El ciclismo, aunque no es un deporte tan popular en el mundo, sí cuenta con muchos competidores; entre ellos casi el 5% de los examinados fue encontrado con sustancias prohibidas.

La Agencia Mundial Antidopaje admite el rezago en la pelea. El negocio del dopaje es 988 veces más grande que lo se dispone en dinero para combatirlo.

El reporte de la universidad de Adelaida concluye que si se quiere controlar a un atleta, es necesario apli­carle, al menos, 100 pruebas antidopaje al año, y eso requiere de 25,000 dólares.

En México, si las autoridades del fútbol quisieran examinar a todos los jugadores de la Liga MX, deberían invertir 9.9 mdd al año. Pero hoy en día gastan 171,000 dó­lares y apenas dos de cada 100 futbolistas son sometidos a exámenes antidoping.

Para Henneberg solo existen dos solu­ciones: aceptar que los atletas son como los gladiadores antiguos, y permitirles como a éstos tomar sustancias para me­jorar su rendimiento; o que hacer que los premios económicos sean más equitativos para todos.

La WADA ha dicho que los gobiernos deben trabajar para controlar el problema. Pero son precisamente los Estados los que aprueban las políticas incorrectas para el deporte.

Aaron Herman dice que no todos los gobiernos tienen entre sus prioridades la lucha contra el dopaje. “Algunos pueden ver el deporte como un tema fuera de su zona de control”. Henneberg comple­menta: “También tenemos un montón de gobiernos sin escrúpulos. La solución parece estar en legalizar algunas prácticas de dopaje”.

Lance Armstrong, después de visitar Durango en septiembre de 2012, posó para una foto de su perfil en Twitter re­costado en un sillón con los siete suéteres amarillos a sus espaldas, el mismo nú­mero de Tours que había conseguido. Su fortuna se redujo en más de 100 mdd tras su confesión de doparse. Ni la Interpol ni la Agencia Mundial Antidopaje tienen los suficientes recursos para enfrentar la industria de las sustancias prohibidas. Meses después de aquella breve estancia en México, Lance confesó en TV en hora­rio estelar: “Todo fue una mentira”.

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Infografía: Rodrigo Ruíz

 

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