La juventud puede matar la innovación

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El instinto nos dice que la innovación requiere juventud, romper paradigmas y sacudir los hábitos. Pero la barrera real está en la experiencia, la madurez, el conocimiento y el domino técnico.

 

Los años nos hacen complacientes, nos empujan a medir más los riesgos y las canas nos hacen menos aventados. ¡Los años matan la innovación! La sangre joven es el foco de la innovación ¿Cierto? Es contraintuitivo, pero la respuesta es no.

Hace algunos días platicaba con un empresario que me narraba con orgullo la renovación constante de su equipo ejecutivo con empleados jóvenes, que además de ser más baratos, alimentaban el espíritu innovador de su negocio. ¡Que error tan tremendo!

El no reconocer y valorar el valor de los años y la experiencia en una empresa no fomenta, mata la innovación.

Quizá el principal culpable de este paradigma es nuestra constante confusión entre creatividad e innovación. La creatividad es un componente importante de la innovación pero está lejos de serlo todo. Una definición comúnmente aceptada de la creatividad es la generación de nuevas ideas o conceptos, o de nuevas asociaciones entre ideas y conceptos conocidos. La creatividad produce ideas, pero la verdadera innovación implica producción o transformación.

El componente crítico para la innovación es el dominio de tema, y este dominio sólo viene con años de enfoque y experiencia. La innovación requiere una base sólida de conceptos que liberan a la mente de las complejidades del detalle y nos permite ver cosas que anteriormente no podíamos ver. Esto no significa que la mente ignora el detalle. Por lo contrario, lo domina al punto en donde se ejecuta por instinto.

Si a mí se me ocurre pisar una cancha de tenis, mi mente va a estar enfocada en muchas cosas. No domino el tenis. Voy a estar pensando en las reglas, en mis movimientos, en golpear la pelota para que se quede dentro de la cancha y del otro lado de la red. Al momento de recibir un saque, seguramente voy a estar viendo la pelota para ver hacia dónde se dirige. En un contraste extremo, un profesional que domina el juego por instinto la ve, pero no se enfoca en la pelota. En un saque, el profesional va a estar observando detalles en los movimientos de su oponente para determinar cómo y en dónde tiene que estar posicionado milisegundos antes de que la raqueta toque la pelota. Esa es la exigencia de la innovación. Por eso es tan difícil y por eso no es espontánea.

Gente como Mark Zuckerberg, Steve Jobs y Bill Gates son los prototipos de la juventud innovadora que no creyó en las reglas y logró cambiar el mundo. Sin embargo, son la excepción, no la norma. Vale la pena considerar que las innovaciones de estas grandes personalidades ocurrieron en campos de estudio relativamente jóvenes y en los tres casos el resultado fue más producto de la obsesión y el enfoque que de la creatividad espontánea.

Mark Zuckerberg no inventó las redes sociales y se puede argumentar que el éxito de Facebook tuvo tanto que ver con el como con la presencia de Sean Parker, quien pudiera ser considerado un ‘viejo lobo de mar’ en la industria del Internet.

Steve Jobs fundó Apple, pero también la llevó al borde de la destrucción antes de lograr la experiencia y la madurez necesaria para convertirla en la empresa que es hoy. Innovo lo que se pudiera considerar sus mejores productos durante la última etapa de su vida.

El instinto nos dice que para innovar se requiere juventud. Se requiere romper paradigmas y sacudir los hábitos para fomentar la creatividad. Es cierto, pero la barrera real está en la experiencia, la madurez, el conocimiento y el domino técnico. Lo primero es infinitamente más fácil de conseguir que lo segundo.

 

 

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