El protagonista de Whiplash: música y obsesión (Whiplash, 2014), la película anterior de Damien Chazelle, era un baterista en una misión: ser el mejor con su instrumento en el mundo del jazz y poder inscribir su nombre junto a las leyendas. Cualquier punto entre el éxito y una cómoda existencia sería un fracaso. Ese deseo por alcanzar la cima lo destruía. No tenía amigos, ni novia o familia, sólo una batería y su objetivo. Quemar las naves era necesario para llegar a la meta y no titubeó para hacerlo. La misión no admitía acompañantes. Dichas ideas estaban filmadas con tanta convicción y fuerza que daba la impresión de ser un tema muy cercano a Chazelle, su siguiente trabajo lo confirma.

La La Land: Una historia de amor (La La Land, 2016), el trabajo más reciente de Chazelle, mantiene en su centro ese tema: una actriz (Emma Stone) y un músico (Ryan Gosling) viven en Los Ángeles, tienen un sueño. Ella quiere ser reconocida en su trabajo, él abrir un bar de jazz como los de antes (cualquier cosa que eso signifique). El destino unirá sus caminos y será, también, el encargado de mostrarles los sacrificios necesarios para llegar a su destino.

Chazelle propone una revisión del musical clásico norteamericano y uno que otro europeo, mezclada con una tórrida historia de amor. Sin embargo, a diferencia de gente como Quentin Tarantino o David Lynch, quienes hacen lecturas postmodernistas de los viejos géneros, el joven cineasta opta por la imitación. Mimetizar más que apropiarse de las influencias que muestra en pantalla.

Las citas fluyen con destreza: aquí va un pedazo de Cantando bajo la lluvia (Singin’ in the Rain, 1952), dos porciones de Un americano en Paris (An American In Paris, 1951), tres raciones de Los paraguas de Cherburgo (Les parapluies de Cherbourg, 1964), “que alguien consiga unos zapatos como los de Gene Kelly”. Es un ejercicio interesante de apropiación, pero nada más.

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El valor de La La Land recae en dos pilares: su función como puerta de entrada a un género considerado fuera de moda (casi muerto) y que gracias a su presencia podría revalorizarse; por otro lado, Chazelle logra crear un retrato de la manera en que el amor se rompe y sacrifica en las generaciones más jóvenes. Ya no es el enamoramiento lo mejor que les podría pasar en la vida, el trabajo de tus sueños es más importante.

El mensaje más importante en La La Land, y que era el mismo de Whiplash, era que la individualidad es parte de alcanzar el éxito. Piensen en que el personaje de Emma Stone decide demostrar su talento en un monólogo, no en una pieza dramática con otros actores. El de Gosling, sufre porque tiene que tocar la música de otros para solventar sus gastos económicos. La individualidad brota y se impone. El éxito, parece ser, es algo muy solitario.

 

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