Mientras la lluvia cae, una conversación ajena y una voz portuguesa en un café son las puertas que se abren para hablar de la literatura para niños de Lygia Bojunga. Las gotas hablan al caer.
Definitivamente debe de ser una especie de masoquismo lo que me trae de nuevo aquí a enfrentarme al bullicio de las cinco y media de la tarde del Café Mercurio, que hoy particularmente me causa aversión, pero ya tengo todo preparado. Llueve. Extiendo el periódico que traigo en la bolsa desde el domingo pasado sobre la mesa número cuarenta y siete, mi favorita últimamente, y donde me gusta fingir que leo cuando quiero seguir disfrutando de su aire acondicionado sin interrupciones. A veces ahí también me da por hacer como que hablo contigo y ensayo todo lo que quiero decirte aunque no estés. Ahora respiro hondo, hondo.

Saco mis audífonos como medida aislante entre la muchedumbre y yo, eso casi siempre funciona. Durante la eternidad que me toma desenredarlos escucho el ritmo cadencioso de unas palabras pero no me atrevo a voltear, como si eso evitara que se detuvieran. Qué locuacidad. Entiendo algunas cosas, no todo, me intrigan. Llueve más. Y no es que realmente me interese lo que están diciendo, no, pero he desarrollado una terrible curiosidad por identificar la procedencia de quien me rodea en la Ciudad Babel.

A ver, no es ninguna de las versiones de español que se han vuelto tan comunes por aquí, aunque absolutamente es una de las lenguas romances. Sí, sí, sí, es portugués, ese idioma originario de la Península Ibérica que tiene la puntuación más alta de inteligibilidad con el nuestro. Pero no es portugués europeo, donde todo parece tener cierta rigidez, tampoco portugués africano. Sigue lloviendo. Por el tema del que hablan y por el acento finalmente lo adivino: por-tu-gués-bra-si-le-ño. Me lo digo pausadito.

Alguna vez me dijeron que en el portugués brasileño todo se escuchaba sensual aunque estuvieran describiendo cómo fabricar una mesa, y sí. Inmediatamente vienen a mi mente los nombres de los cantantes Lucas Santtana, Ana Caram, Caetano Veloso, Chico Buarque y Elis Regina. Tampoco me puedo olvidar de los escritores Rubem Fonseca, Paulo Coelho y, por supuesto, mi estrella verde amarela de las letras, Lygia Bojunga. La lluvia no para de hablar.

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Bojunga brilla intensamente en el firmamento literario con una constelación de 20 libros, la mayoría de ellos dedicados al público infantil y juvenil en los que, valiéndose de la metaficción y de un refinado realismo mágico, donde todo puede pasar, nos lleva de la mano a un viaje en busca de nosotros mismos y de la autoaceptación, sin dejar los sueños de lado. Pero lo que realmente hace especial a esta autora es que con un lenguaje fresco, auténtico, claro y sin exageraciones dramáticas, nos muestra su preocupación por la desigualdad y cada uno de sus textos tiene una gran carga de crítica social.

Mi desconcierto llega cuando me doy cuenta de su relevancia en nuestro país. Aunque esta artífice de las palabras ha sido galardonada con los premios Hans Cristian Andersen (1982) y el Astrid Lindgren (2004), las distinciones más importantes de la literatura infantil, por el conjunto de su obra, se le conoce mucho menos que al autor de la telenovelesca Once Minutos. Y no es que Coelho sea mi referencia para hablar del mal gusto como la es de muchos, pero tampoco es mi autor favorito ni lo considero el mejor representante del arte escrito brasileño.

Me avisan amablemente que llegó la hora de cerrar y preparo una generosa propina. Afuera todo parece estar hecho un desastre. Mi paraguas está descompuesto, no se mantiene abierto. Recuerdo que una de los temas recurrentes de Lygia es el pensamiento. Cosido, descosido. Con el grifo abierto o cerrado. Y no sé si sea la lluvia, pero siento una gotera que se filtra exactamente en los pensamientos para hablarme de ti.

Que siga lloviendo.

 

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