La actividad cultural local es una importante alternativa económica cuando se trata de generar empleo a orillas de la ciudad.

 

 

Según el INEGI, 84.41% de la actividad económica del Distrito Federal sale del sector servicios, que comprende desde las actividades del gobierno, comercio, medios y transporte. Sólo 15.53% corresponde a industrias productivas como la construcción, minería y la manufacturera. La agricultura casi no pinta. Y ya que los servicios generalmente buscan ser céntricos para ser de mayor acceso posible, las periferias no son tan atractivas para este sector. Mientras los sectores para los cuales la orilla de la ciudad es relativamente propicia, la industria y la agricultura, no van muy bien con la vocación de la ciudad como totalidad. Por lo mismo, la actividad cultural local es una importante alternativa económica cuando se trata de generar empleo a orillas de la ciudad.

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El sector servicios está permeado por la influencia de la cultura, por que ésta dicta cómo hacer las cosas y, por ende, cómo prestar los servicios. Un ejemplo es la importancia del diseño gráfico, de la calidad de la publicidad y la presentación de las empresas y gobiernos. De muchos pueblos la única imagen mental que evocan es la música que producen y tal vez algún atuendo; un elemento clave en la mezcla turística son los museos y los sitios de peregrinaje. Basta ver la importancia global de un lugar como Hollywood para entender que el sector cultural tiene un impacto en la economía mucho mayor al que se cuantifica en el PIB.

El atractivo del sector cultural es su capacidad de crear algo de la nada. La Florencia de Leonardo da Vinci y Miguel Ángel en 1488 tenía 42,000 personas, según investigadores de la Universidad de Toronto, y un número similar al de la Atenas del 431 antes de Cristo. La Central de Abasto de la Ciudad de México, con sus 70,000 trabajadores sin duda tienen a sus jóvenes Leonardo o Aristóteles, el problema es que están cargando bultos. En este caso, el obstáculo no es la falta de talento, sino las condiciones. La cuestión es cómo superarlas.

Busquemos un ejemplo en que una explosión cultural se detonó en un lugar donde no había nada.

Un ejemplo mexicano de un tour de force cultural es el pueblo de Mata Ortiz, en Chihuahua, donde hacen la cerámica de Paquimé. Cuando el papa Juan Pablo II visitó México durante el gobierno de Vicente Fox, éste le regaló un ejemplar de esta cerámica. Basta buscar en Internet imágenes de este tipo de artesanía para ver su sofisticación. Mata Ortiz tiene, según el censo de 2010, una población de 1,182 personas. Y casi todo el pueblo vive de la producción de la cerámica, con un estilo internacionalmente reconocido, gran variedad de diseños y alto nivel de ejecución técnica.

En 1950 no existía la Secretaría de Cultura de Mata Ortiz y, por ende, no tenía problemas presupuestarios. No hubo problemas de mercadotecnia porque no hubo mercancía. No hubo artesanos ni tradición de artesanía. Eran trabajadores mestizos del ferrocarril. Y cuando cerró la serrería ni dinero hubo.

Durante la construcción de la red ferroviaria, los trabajadores a veces encontraban los restos de tumbas de los desaparecidos indígenas anasazi, con su cerámica caracterizada por la sofisticación al plasmar figuras geométricas sobre superficies redondas. Vendían estos vestigios a turistas. Luego, en la década de los sesenta, apoyaron su economía con la falsificación de cerámica arqueológica para la venta. Esto no fue tan sencillo como parece, porque no sabían cómo la hicieron los anasazi; sólo sabían que todo lo que necesitaban estaba alrededor de ellos.

Una de las falsificaciones fue vista en una tienda de regalos en Arizona, y quien la descubrió reconoció en esa pieza expuesta un mérito artístico propio. Después de varios años, finalmente el descubridorencontró el lugar de origen de la cerámica. Desde allí se convirtió en su promotor y empezó a venderla como arte con mérito propio, y no como falsificación. En este papel de promotor también tenía que insistir en la calidad de la obra.

Mientras se formó una cultura de coleccionistas, principalmente en Estados Unidos, que fueron al pueblo para comprar cerámica. Cuando se volvió económicamente más rentable, los artesanos empezaron a enseñar a sus familiares y amigos para que tuvieran una fuente de ingresos. Y finalmente los niños empezaron muy jóvenes a ayudar a los adultos a rellenar piezas o hacer piezas chatarra para souvenires turísticos.

El pueblo no es bonito –un exportador me comentó que el dinero se va en pantallas, camionetas, botas y tequila–. La iglesia no tiene adornos, pese al evidente talento gráfico de la comunidad. Y en las entrevistas los artesanos daban mucho la impresión de ser un pueblo de divas.

Podemos aprender algunas cosas del ejemplo de Mata Ortiz.

Primero. Se necesitan ejemplos de alto nivel para alcanzar. Sin la presencia fantasma de los anasazi, las falsificaciones no habrían sido interesantes.

Segundo. Se necesita una demanda económica y un público interesado y dispuesto a abrirse a nuevas expresiones.

Tercero. Para aprender técnicas artísticas complejas es importante empezar desde niño.

En el Valle de México, un ejemplo similar a Mata Ortiz es Santa Catarina del Monte para la música. Allí también se cumplen las tres condiciones. Y no sólo hay que ver ejemplos tan cercanos; Silicon Valley también es un sitio con muchos jóvenes que empezaron en su adolescencia, muy bien remunerados y con antecesores de gran estatura.

Para la Ciudad de México en general es claro que la primera condición en sí está presente, aunque en las políticas culturales esta parte está rezagada en la periferia. Obviamente se puede mejorar mucho el papel de las primarias como lugares de identificación y fomento de talento, más allá de si cumplen con el objetivo de formación básica. Sin embargo, la tercera condición tampoco es ajena a la cultura mexicana, en que el aprendizaje de jóvenes en una forma u otra todavía es un esquema relativamente común.

El cuello de botella en el sector cultural de la Ciudad de México es la demanda y la promoción crítica local. La influencia de un estadista como José Vasconcelos en la Ciudad de México en los años veinte o el impacto de las empresas de medios en los años cincuenta del lado del sector privado han demostrado que es posible para la sociedad intervenir en este sector en un plazo relativamente corto. Y en los dos casos es porque el gobierno y las empresas de medios compraron y promovieron obra innovadora mientras cumplían altos estándares.

Hoy en día una editorial como Ediciones Trilce (donde trabajé un par de meses) o una cantante como Lila Downs demuestran que hay un mercado para la traducción de elementos de la expresión popular mexicana –de la periferia y los pueblos– para un público más cosmopolita. Al mismo tiempo es interesante ver cómo crece la exigencia de los estándares en los corporativos en materia de presentación, lo que a su vez crea demanda para el diseño y la foto profesional

Muy pocos lugares reúnen las condiciones necesarias para explosiones de innovación –los más difíciles– y estructuras sociales informales para cultivar talento joven y antecedentes extraordinarios, y la ciudad los tiene presentes. Pero en México el talento crece hasta donde la demanda paga. Ésta es la lección de las épocas doradas de la cultura en la Ciudad de México.

 

 

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