La Zona Metropolitana del Valle de México es una megalópolis con problemas de identidad, límites y nombres. Habrá que revisar su constitución administrativa-territorial.

 

 

Al hablar sobre la megalópolis del Valle de México, siempre se encuentra uno con que no tiene nombre. Y lo que no tiene nombre no existe. Desde 1970, la Ciudad de México es sinónimo de Distrito Federal, aunque la nueva propuesta del gobierno de Miguel Ángel Mancera pide la eliminación de este último. Entre los municipios de la Zona Metropolitana del Valle de México hay algunos que están muy fuera de la mancha urbana. Y nadie dice orgullosamente: “Yo soy de la Zona Metropolitana del Valle de México.” Ni hay campañas turísticas que digan: “Ven a disfrutar la hermosa Zona Metropolitana del Valle de México.”

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Esta megalópolis tiene problemas de identidad, límites y nombres.

Sumando las poblaciones de los municipios conurbados del Estado de México (entendidos éstos como los que están en el límite de la mancha urbana y el campo), uno llega a 10.7 millones, cifra suficiente para ser la ciudad más grande de México. Sin embargo, en el trato real los municipios son más una agrupación de pueblos gobernados desde Toluca, en una variante de dividir y conquistar. Ni hay un nombre para esta zona. Si preguntas a alguien que vive allá, dirá: “Vivo en el estado.”

Se quejan mucho de la falta de planeación urbana; sin embargo, la planeación que se ha desarrollado en al país ha dado al Edomex forma de dona, cuya parte más poblada está en sus márgenes.

 

No siempre fue así

En 1820, el mismo Estado de México iba de Acapulco hasta la Huasteca durante la Guerra de Independencia de México, y tenía a la Ciudad de México como capital. Después fue perdiendo partes: primero Querétaro, luego el Distrito Federal, Guerrero, Hidalgo y Morelos, hasta llegar a la forma de dona que conocemos hoy en día como el Edomex. Como comenta el historiador Gerald L. McGowan en su libro El estado del Valle de México 1824-1917, en el momento que el país ubicó en la Ciudad de México su capital, el Estado de México perdió la suya.

Pero olvidarse de la forma extraña del Estado de México. ¿Qué tal los municipios de Tlalnepantla y Tultitlán, que ni son espacialmente continuos, ya que cada uno consiste en dos pedazos separados? ¿Qué implicaciones traen estas excentricidades históricas para la planeación urbana y administración de servicios?

Siempre ha sido claro que el Valle de México, por lógica geográfica, se presta casi perfectamente para ser una sola unidad de administración territorial. El último esfuerzo de crear un estado del Valle de México se dio en 1916, cuando Venustiano Carranza hizo una propuesta para su creación. Su visión era de un estado con fronteras naturales y autosustentable en materia de agricultura. Fracasó en el constituyente, por la objeción que una ciudad no puede ser capital de un estado y del país al mismo tiempo.

Medio siglo antes, una de las cosas que hizo Maximiliano durante su corto reinado fue dividir a México en 50 departamentos administrativos de tamaños equiparables –una racionalización de las fronteras administrativas–. Entre estos departamentos estaba el del Valle de México, que en 1865 consistía en los distritos de Teotihuacán, Texcoco, Chalco, Tlalpan, Tlalnepantla, Cuautitlán y Zumpango. Funcionarios encargados de la administración metropolitana hoy en día, sin duda tendrán envidia de fronteras tan funcionales para temas como, por ejemplo, la planificación del crecimiento urbano o del manejo hidráulico.

Cuando se trata de la organización administrativa de la Ciudad de México y alrededores, siempre ha habido un esfuerzo para que el centro del país no se volviera demasiado poderoso. Sin embargo, esta lógica de competencia regional olvida que una capital nacional poderosa y exitosa beneficia al resto de las ciudades.

Pocas cosas son tan arbitrarias como los trazos administrativos sobre un mapa. Pocas cosas son tan sagradas. Si la megalópolis de México realmente quiere dar un salto real hacia delante habrá que revisar su constitución administrativa-territorial. Aunque las realidades políticas militan en contra, el país debe preguntarse si realmente conviene militar en contra de la organización territorial racional de su capital y particularmente la parte de la mancha urbana en el Estado de México.

Mientras sería bueno inventar un nombre para la mancha urbana de la megalópolis de México. Para que podamos hablar mejor sobre ella.

 

 

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