Por Juan Fernández*

Si usted está viendo esto, querido lector de Forbes, seguramente tiene dinero -no importa cuánto- ahorrado en su Administradora de Fondos para el Retiro, o Afore. Y muy posiblemente tiene también dinero ahorrado en un fondo de inversión ofrecido por el banco de su preferencia. O, incluso, utiliza los servicios de su corredor bursátil –término chocante utilizado hace treinta años para lo que hoy conocemos como ejecutivos de cuenta en las casas de bolsa-.

Estos actores económicos –la Afore, el fondo de inversión, la casa de bolsa- funcionan también como administradores profesionales de inversiones, y tienen un objetivo común en su modelo de negocio: cobrar comisiones, no solamente por prestar el servicio de intermediación financiera -lo cual resulta muy necesario y sumamente valioso, diría yo, pues permite democratizar el acceso de los ahorradores al sistema financiero-, sino también por ofrecer rendimientos más atractivos de los que podrían encontrar los inversionistas en otro lado.

Para darse cuenta del importante nivel de competencia entre los distintos fondos de inversión disponibles, hay que darse una vuelta por las páginas interiores de algún periódico especializado, en donde se muestran -en letra muy chiquita, con números casi indescifrables- los resultados de muchos de estos fondos (según cifras de la Asociación Mexicana de Intermediarios Bursátiles, al mes de Junio 2017 existen registradas 607 sociedades de inversión de deuda y capitales, que a su vez captan los recursos de más de dos millones de inversionistas en nuestro país).

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Spoiler alert: Si le ofrecen invertir en un fondo de inversión no regulado, carente de registro ante las autoridades -incluyendo tandas vecinales, Flores de la Abundancia por WhatsApp, etc.-, por favor no lo haga, procure destinar ese dinero a la obra de caridad de su preferencia. Se va a sentir mejor con su decisión.

Para mantener la sana competencia, hace muchos años las autoridades financieras prohibieron a los administradores profesionales de inversiones comprometer rendimientos a futuro, y con eso reducir la posibilidad de defraudar al público inversionista mediante engaños. Sin embargo, el trabajo de las autoridades financieras ha sido titánico en este sentido y no existe un nivel de supervisión que alcance cuando la ambición de un inversionista supera al más mínimo sentido común.

Se nos olvida muy fácilmente el principio financiero que dice “a mayor riesgo, mayor rendimiento”. Recuerdo claramente los casos de Fondos Stanford y Ficrea, en donde se promocionaban ante el gran público inversionista con la oferta de rendimientos muy altos, tanto que resultaban inverosímiles. Incluso los anuncios publicitarios de Ficrea mostraban a un Alfredo Adame muy sonriente, firmando de su puño y letra la garantía de esos rendimientos absurdos. A los pobres defraudados -que no fueron pocos, y de todos los niveles posibles de sofisticación financiera- se les olvidó aquel viejo lema: “Si suena demasiado bueno para ser cierto, probablemente lo es”.

Pienso que hoy día los Administradores de Inversiones están obligados a competir de forma muy peculiar: por un lado, se anuncian en los distintos medios de comunicación con material publicitario muy vistoso, en donde muestran que su fondo “X” en el pasado ha obtenido rendimientos superiores al indicador de referencia, digamos, los Cetes o el índice de la Bolsa Mexicana de Valores (todo esto medido durante un periodo cuidadosamente seleccionado para maximizar el efecto); pero al mismo tiempo están impedidos legalmente de siquiera sugerir cualquier estimación de ganancias futuras para los inversionistas.

Esto quiere decir que apelan a la emoción que pueden despertar entre los ahorradores mediante un inteligente uso de los datos y la información, al tiempo que tratan de insinuar que su buen desempeño en el pasado podría repetirse hacia adelante.

Sin embargo, la letra chiquita del anuncio claramente dice que “rendimientos pasados no garantizan rendimientos futuros”. No son pocas las historias de legendarios administradores de fondos de inversión que han tenido desempeños espectaculares durante varios años, atrayendo como verdaderos rockstars enormes cantidades de dinero de los inversionistas, para irremediablemente tener un mal año en donde las pérdidas han sido aparatosas. Pero eso sí, cobrando invariablemente comisiones y honorarios sin importar que los inversionistas hayan perdido hasta la camisa. Es como planear cuidadosamente unas vacaciones en la playa, seleccionando fechas en las que nunca ha llovido, para ser recibidos en el hotel por una tormenta y no poder reclamarle al gerente el que haya cobrado la primera noche por adelantado.

Hace casi veinte años, el inolvidable Steve Ross -recientemente fallecido, y de quien, aunque predije su Nobel póstumo, un amigo me corrigió para decirme que estar muerto es razón suficiente para ser descalificado- habló ante una audiencia de estudiantes del ITAM y soltó esta perla de sabiduría (cito de memoria, pero le añado dramatismo):

Un administrador profesional de fondos, de esos que se dedican todo el día a leer interminables reportes financieros, a estudiar empresas y sectores económicos, a escoger cuidadosamente las acciones y elegir el momento exacto para comprarlas, tiene tantas posibilidades en el largo plazo de ganarle al Standard & Poor’s 500, como las tendría un grupo de chimpancés arrojando dardos a una pared para seleccionar nombres de empresas.

El punto de Ross era: en el largo plazo -énfasis en “largo plazo”-, un portafolio suficientemente diversificado de acciones tenderá a replicar el rendimiento del mercado en su conjunto. Por lo tanto, continuaba Ross, el rendimiento de un portafolio suficientemente diversificado de acciones seleccionadas por un administrador profesional de fondos será equivalente al rendimiento del mercado en su conjunto, menos los honorarios y comisiones cobrados por el administrador a sus inversionistas. Por lo tanto, concluyó Ross, ¿por qué un inversionista racional habría de dejarle la toma de decisiones de un portafolio de inversión a un administrador profesional, cuando en el largo plazo se espera que la contribución de dicho administrador sea negativa -a razón de las comisiones cobradas- al desempeño del portafolio?

Si no me cree, estimado lector, le pido lea con atención lo que Warren Buffet, uno de los hombres más ricos del mundo, y posiblemente el mejor value investor de la era moderna, escribió en 2014 en su famosa carta anual a los accionistas de Berkshire Hathaway:

Mi consejo para el ejecutor de mi testamento no podría ser más sencillo: poner el 10% del efectivo en Bonos del Tesoro a corto plazo y el 90% restante en un fondo indizado al S&P 500 de muy bajo costo sugiero los de Vanguard (El Vanguard 500 Index Fund Investor Shares (VFINX), que replica los rendimientos del índice Standard and Poor’s 500, tiene un costo de administración anual del 0.14% sobre el saldo invertido. Un fondo de inversión administrado por profesionales puede costar 15 veces eso o más), Creo que los rendimientos a largo plazo bajo esta política serán superiores a los alcanzados por la mayoría de otros inversionistas, ya sean fondos de pensiones, instituciones o individuos, que a su vez emplean administradores profesionales de alto costo.

Esta expresión de alguien como Buffett refleja, sin duda, el malestar de un gran número de inversionistas que han decidido abandonar el active investing (como el que llevan a cabo estos seleccionadores profesionales de acciones) por el passive investing (en donde se intenta simplemente replicar los rendimientos de un índice o un mercado en su conjunto). Escribiremos a más profundidad de este fenómeno en una entrega futura.

*Juan Fernández es CFO de Engenium Capital.

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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