Imaginemos que vamos en un automóvil que se sobrecalienta y decidimos hacer un alto en el camino. Aprovechamos la espera para realizar ajustes indispensables. Los mecánicos nos dicen que se requiere de un trabajo más especializado y que hay que realizar pruebas para evitar que la maquinaria se dañe. Viene un viaje largo y por senderos poco concurridos, por lo que una falla general sería desastrosa. ¿Qué hacer? 

Lo sensato sería atender el consejo para cerciorarse de que no ocurran fallas desagradables en el próximo trayecto. Lo malo es que tenemos prisa, cada día que pasa significa una pérdida de recursos y estos  son escasos. Decidimos arriesgarnos. 

Esto es lo que está ocurriendo con la estrategia para enfrentar el Covid-19 en México. Las autoridades federales determinaron iniciar el proceso de apertura, en uno de los momentos más altos de los contagios y con más de 10 mil fallecimientos. 

La comunicación sobre lo que significa la entrada en la “nueva normalidad” es confusa y la responsabilidad caerá en los gobierno estatales y municipales, a partir de un semáforo de riesgos elaborado por la Secretaría de Salud, que este lunes tenía a 31 entidades en rojo y a una en naranja, esto es, una situación todavía de emergencia.

Mucha gente no lo entiende así, y las actividades y movilidad se multiplican, terminando con el proceso de distanciamiento y abriendo una enorme ventana de peligros. 

Es un territorio desconocido, porque ningún país inició actividades, aunque fueran modestas, cuando los picos de los contagios y las muertes se mantenían altos. Es más, los procesos de tránsito hacia situaciones de menor restricción se han cuidado y discutido, inclusive a nivel parlamentario. 

México, no hay que olvidarlo, se encuentra entre los 10 países con más muertes reportadas y con una de las letalidades mayores. Por existen dudas fundadas de que sea el momento de reiniciar algunas actividades, aunque se entiendan los apremios por cuestiones económicas.

El presidente,  Andrés Manuel López Obrador, inició sus giras de trabajo por el estado de Quintana Roo. La idea es que esto ayude a reactivar la economía, paro nadie sabe cómo ni a qué costo, ya que las propias autoridades sanitarias han señalado que podría desatarse otra ola de contagio, si las medidas de higiene y cuidado de la salud se descuidan.  

En las próximas semanas constataremos si el gobierno de la República dispuso de análisis y proyecciones adecuadas y de hasta dónde los estados irán construyendo su propio camino hacia la nueva normalidad. 

Lo que está en juego, es evidente, es la propia salud de los ciudadanos y sus familias, además de la resistencia del sistema de salud, ante una nueva oleada de contagios que terminen por causar un daño aún mayor del que todavía no alcanzamos a realizar las cuentas. 

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