La elección de Roberto Carvalho de Acevedo como nuevo presidente de la OMC ocurrió por su capacidad técnica, su experiencia, las reglas y el funcionamiento de la organización.

 

 

Por Laura Zamudio González, directora del Departamento de Estudios Internacionales de la Universidad Iberoamericana.

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@laurazamudiog

 

El reciente triunfo del brasileño Roberto Carvalho de Acevedo por sobre el representante de México, Herminio Blanco, como presidente de la Organización Mundial de Comercio (OMC), resulta difícil de explicar, si se considera sobre todo que Blanco contaba con el apoyo de la Unión Europea y de Estados Unidos.

Y siempre se ha creído que las organizaciones internacionales gubernamentales son instrumentos de los estados poderosos y de sus intereses, “cascarones vacíos” que responden en automático a las decisiones y mandatos que les confieren sus principales.

Pero este caso no fue así. Quien será el quinto presidente de la OMC, contó, en cambio, con el apoyo abierto de los países BRICS o países emergentes (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), y de los países en desarrollo en general.

Tras las tres rondas de consulta con los 159 miembros de la organización, el grupo de facilitadores del proceso concluyó la semana pasada que este latinoamericano sería el funcionario con mayor probabilidad de consenso, por lo que, a partir de agosto, una de las organizaciones más importantes del mundo será dirigida por el candidato que no tenía el apoyo original de los países más poderosos.

Una lectura organizacional de este resultado —que toma en cuenta la naturaleza burocrática de las organizaciones y el hecho de que estas criaturas diseñan sus propias reglas y se mueven en función de las mismas—, nos permite observar tres elementos que apuntan la candidatura del brasileño:

1)   La importancia del conocimiento técnico experto dentro de las organizaciones

2)   Las reglas de procedimiento que toman en cuenta la rotación y representatividad regional

3)   La especificidad  del funcionamiento de la organización

Roberto Carvalho es un auténtico burócrata profesional internacional (y no estoy siendo peyorativa en el uso del término). Ha sido representante permanente de Brasil ante la Organización Mundial de Comercio desde su fundación y funcionario de la Unión Internacional de las Telecomunicaciones (UIT), la Organización Internacional de la Propiedad Intelectual (OMPI) y el Consejo de las Naciones Unidas para el Comercio y Desarrollo (UNCTAD). Se trata de organizaciones extraordinariamente técnicas, dirigidas por expertos que, además de saber hacer política, diseñan instrumentos altamente sofisticados de intervención.

Esta larga y exitosa trayectoria dentro de diversas organizaciones internacionales le han dado, sin lugar a dudas, la experiencia y el conocimiento necesarios como para dirigir una organización de gran contenido técnico que, además, se encuentra en un momento especialmente difícil por la parálisis de la Ronda de Doha.

En segundo lugar, la OMC, como otras muchas organizaciones internacionales estatales, trabaja con criterios de representación globales, cuotas regionales e inclusive de género. De manera que si el anterior presidente de la OMC, Pascal Lamy, era de nacionalidad francesa y representaba a los países desarrollados, un criterio de funcionamiento organizacional es que en esta nueva elección se representara a los países en vías de desarrollo de Asia o América Latina, quienes, como sabemos, apoyaron al brasileño.

Por último, uno de los rasgos más notorios de la OMC es su Oficina de Resolución de Controversias, órgano de avanzada que la coloca como organización pionera en este punto y donde precisamente Carvalho es conocido por su trabajo de más 20 años como negociador de controversias.

Así, desde una perspectiva organizacional, por mucho que nos haya decepcionado la elección de Carvalho, ésta parece dar cuenta de la lógica endógena y las necesidades de la organización misma.

 

 

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