¿Cómo hacer que la energía se convierta en un verdadero motor de competitividad y de crecimiento económico?

 

 

Por María José Montiel* — Articulista invitada

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Somos ahora testigos de la discusión en torno a una de las reformas estructurales que podrían potenciar el desarrollo económico del país: la reforma energética. Más que obedecer a un ciclo de reformas inerciales o a una lógica de consenso político, la decisión sobre cómo transformar al sector mexicano de energía debería cumplir con un propósito más amplio: ¿Cómo hacer que la energía se convierta en un verdadero motor de competitividad y de crecimiento económico?

Frente a la oportunidad que representa esta tarea en el Legislativo, la apuesta es transitar hacia un modelo en el que México cuente con mejor tecnología, más inversión, conocimiento y capital humano en el sector. El reto es conformar un sector de hidrocarburos que efectivamente incremente la competitividad del país y que tenga un impacto en el bienestar económico de los mexicanos de hoy y del futuro.

La diferencia entre “dueño” de los recursos y “operador” de los mismos es clave para evitar las malas interpretaciones.

Esta distinción ha sido bien entendida en países con empresas estatales de hidro­carburos que han permitido la participación de nuevos jugadores en el sector. Tal es el caso de Noruega con Statoil; Brasil con Petrobras; y en años más recientes, Colombia con su operador estatal, Ecopetrol. En estos tres países, el dueño de los recursos es el Estado y es quien maximiza el valor de la renta petrolera.

El desempeño de los principales indicadores en materia de petróleo y gas en México basta por sí mismo para reconocer que el modelo está rebasado. En los últimos años hemos visto la declinación de uno de los yacimientos más grandes a nivel internacional: Cantarell. Su caída no ha podido ser compensada con el descubrimiento de nuevos campos y la disminución de cerca de 800,000 barriles diarios de petróleo es una tendencia difícil de revertir.

Frente a este escenario, si no hacemos nada pondremos en riesgo la seguridad energética del país. La situación crítica del gas obliga a México a reformar el sector porque no hacerlo implicaría la pérdida de competitividad de las manufacturas mexicanas. Hoy Estados Unidos goza de los precios del gas más bajos del mundo con abasto garantizado. El riesgo de migración de empresas hacia el norte de nuestra fron­tera está latente.

Indudablemente, México necesita un cambio de modelo. Sin embargo, antes de entrar en un intrincado proceso de discusión, los responsables de tomar la decisión deberían plantearse la siguiente pregunta: ¿Para qué reformar?

Los legisladores tienen ante sí la oportunidad de realizar una reforma profunda que efectivamente transforme la riqueza de nuestro subsuelo en bienestar económico. La reforma debe verse como un ins­trumento del Estado y no como un fin en sí mismo, su éxito no deberá depender del grado de consenso político sino del nivel de inversión, generación de empleo y dinamización de la economía que se produzca.

La reforma debe cumplir con los siguientes objetivos: maximizar el valor de la renta petrolera en bienestar de los mexicanos, garantizar la seguridad energética y fortalecer la competitividad del país; convertir al sector en una verdadera palanca de desarrollo industrial y tecnológico, y trans­formar la renta petrolera en bienestar de largo plazo.

Nuestro sector de hidrocarburos es una anomalía internacional. Paralelamente, la tecnología y el conocimiento están transfor­mando las tendencias de producción y de competencia. El riesgo más grave sería per­manecer inmóviles frente a este contexto.

 

 

María José Montiel es consultora del Instituto Mexicano para la Competitividad, A.C.

 

 

*Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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