A unas horas de que Barack Obama transmitiera el poder a Donald J. Trump y se convirtiera en el presidente número cuarenta y cinco de nuestro vecino del norte, entendemos lo que ya nos debiera haber quedado claro. No hay duda, la gente no cambia. Los que pensaron que uno sería el Trump en campaña y otro el presidente, tuvieron la primera bofetada de desilusión. El discurso inaugural de su mandato tiene el mismo tono que los que pronunció como candidato.

Así, sin tapujos y con nada de diplomacia dio su punto de vista sobre la situación en la que recibe el país. Sin el menor empacho, sin reparar en que a unos metros estaban los expresidentes escuchándolo, describió un panorama sombrío de lo que se le estaba entregando. Vamos a parar esta carnicería, dijo. Pormenorizó una situación de ciudades ateridas por el crimen, convertidas en pueblos fantasmas, con fábricas oxidadas, con gente desempleada, con una clase media olvidada por los políticos mafiosos que dejó de ver a su gente. En dieciséis minutos, dejó claro que su política America first es la idea que seguirá siendo su bandera.

Pareciera que el cielo se puso a tono con la circunstancia. Empezó a llover. El clima dio un acento gris a las palabras de ceniza del hombre que hablaba de una zona de desastre y arengaba a la gente que lo escuchaba. Con una suficiencia mesiánica, se proponía como la solución que había llegado a solucionar tantos males. Me imagino que Obama y James Carter se mirarían como preguntándose ¿de qué habla este hombre? El rostro estoico de Hillary Clinton trataba de ocultar un rictus de fracaso. Los Bush tampoco se habrán sentido halagados. En el ambiente flotaba una especie de triunfalismo artificial, hueco y tremendamente falso.

Sin duda, los cambios tecnológicos y la globalización han sido factores que golpearon la manufactura estadounidense que se ha estancado. No obstante, no me parece que Trump esté recibiendo un país devastado. No le entregan la nación hecha girones que él dice ver. Según USAToday catorce millones de puestos de trabajo se han creado desde 2010, la inflación ha bajado, el precio de los combustibles también, los embarazos en adolescentes han decrecido y el índice de educación se ha elevado. Las cifras, parámetros contundentes y objetivos, no hablan de la catástrofe que el presidente Trump ve. Y, aun así, los fanáticos que lo llevaron al poder, lo aplauden sin detenerse a reflexionar en las palabras que están escuchando.

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Make America great again, fue la frase con la que ganó su lugar en la Casa Blanca y con la que cerró su discurso. ¿Por qué dar una visión tan fatalista? Lo oigo y me da por sospechar. Es verdad, las cosas no son miel sobre hojuelas, pero no me parece que sean tan sombrías como él las planteó. Me temo que Trump quiere seguir usando el miedo como su mejor herramienta. Así, señalando monstruos que ni son tan grandes ni tan malévolos, cualquier acción que haga, lucirá enorme. Así cumplirá sus promesas de campaña. Se facilitará el camino. ¿Habrá quien le crea? Parece que sí. Sin embargo, hay muchos que lo vemos y elevamos las cejas.

La visión que Trump dio en su discurso inaugural fue una oportunidad perdida. Dejó ir el momento de hablar con aquellos que no votaron por él, que ni le creen ni lo quieren, para tratar de acercarlo a su redil. Pero, las personas no cambian. Habla de políticos que dejaron de ver al pueblo y el ignora inmisericorde a aquellos que no están de acuerdo con él. Habla de que la época de las palabras vacías llego a su fin y se dedicó a pronunciar frases huecas, sin sustento alguno. El proteccionismo, el populismo y el nacionalismo llegan a niveles tan estridentes que la visión del presidente Trump se aproxima más a la de un regidor del siglo XIX que a la de un estadista como el que se necesita en el siglo XXI.

Ese es el problema que enfrentamos cuando no pasamos las palabras por el filtro de la reflexión. El padre de la postverdad, dice algo, la gente lo cree y después nos enfrentamos con las consecuencias. Hay lecciones que podemos aprender:

  • Hay ventanas de oportunidad que sólo se abren una vez y tenemos que prepararnos para aprovecharlas. El presidente Trump dejó pasar la oportunidad para incluir a aquellos que no son sus simpatizantes.
  • Hay que prepararse para tomar las oportunidades. El discurso inaugural quedó a deber. Falló la visión de largo plazo, se quedó en la complacencia del minuto. Pudo haber pronunciado palabras entrañables que se ganaran el respeto de sus compatriotas y del mundo que lo estábamos observando y no aprovecho ese momento que no volverá.
  • Hay que ampliar el horizonte cuando eres el centro de atención. Elevar miras, llegar más alto, concentrar a la gente en torno al líder para conseguir los objetivos como un equipo armónico y no como una maraña de personas confrontadas es lo que se espera de un líder. Trump debió cerrar filas y unir a sus compatriotas en vez de concentrarse en una perorata mesiánica.
  • Hay que hacer equipo. El presidente Trump se mostró ante sus compatriotas y ante el mundo como la solución magnífica ante el escenario desolador que describió con exactitud. Esas palabras no parecen apropiadas para empezar a trabajar en alcanzar los propósitos tan elevados que se está planteando.

No parece haber registro de un presidente de Estados Unidos que llegara a su primer día de trabajo con niveles de popularidad tan bajos. Trump desperdició ese momento que tuvo en las manos para congraciarse con los que ni lo quieren ni lo apoyan. Simplemente, lo dejó ir. Más allá de elevar el dedo flamígero para juzgarlo, el comportamiento del presidente de los Estados Unidos nos ayuda a entender que hay oportunidades que no se deben dejar perder. Ya lo hizo él, no lo hagamos nosotros.

 

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Blog: Las ventanas de Cecilia Durán Mena

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