Hay muchas sorpresas gratas en la periferia de la Ciudad de México, con la ventaja de que se puede llegar a esos sitios en transporte público.

 

Casi siempre, cuando se habla de los límites de la ciudad, se les refiere como un problema. Referirse a esa zona como un cinturón de miseria responde a toda una forma de pensar sobre ella. Y aunque hay muchos problemas, es injusto no mencionar las bondades y bellezas que hay en la Zona Metropolitana del Valle de México. Es difícil proteger algo por lo que no sientes afecto. Y es difícil tenerlo por algo que tiene una imagen de ruina postapocalíptica. Entonces, en esta ocasión me gustaría buscar un tono más ligero y escribir de las cosas que me gustan de la zona conurbada de la Ciudad de México. Para tomar un descanso de las situaciones de pobreza, falta de agua, inseguridad, corrupción y todo lo demás, reservemos un breve espacio para lo positivo.

Aunque puede parecer inesperado, la comida en la orilla a veces es muy buena. Quien ha disfrutado una parillada de mariscos en el mercado de Chalco sabrá de qué estoy hablando. En general, la comida mexicana que uno puede degustar por la salida a las carreteras libres resulta buena: mixiotes, cabrito, quesadillas, sopa de hongos, barbacoa, pollo a la sinoalense. Todo lo que es al carbón, de hecho, resulta bastante interesante, y eso se encuentra mucho por la libre a Cuernavaca, San Martin de las Piramides y Cuautla. Cuando uno está por la orilla de la ciudad siempre vale la pena hacer el esfuerzo de visitar los restaurantes que uno puede encontrar en la carretera.

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Ahora bien, los paisajes con volcanes, lagos y biodiversidad son únicos. Las montañas alrededor de la ciudad son impresionantes; además albergan una enorme cantidad de flora y fauna que representa 2% de las especies que se encuentran en el mundo: pájaros, reptiles, nubes de mariposas, palmillas, agaves, sauces, pinos y nopales entre los volcanes. El potencial para ecoturismo es enorme. Un guía ornitólogo me contó que un estadounidense le pagó 500 dólares por una vista al pájaro rojo orejas de plata. Los volcanes en el sur de la ciudad son innumerables. El cerro Chichinautzin, por Parras, cerca de la carretera a Cuernavaca, es un epicentro de la biodiversidad del Valle de México, con su amplio pedregal e infinidad de microclimas.

Pero más allá del monte, los picos de los cerros y volcanes dentro de la ciudad son casi todos de gran belleza natural. Desde el volcán Xico en Chalco, el cerro del Elefante con sus ruinas prehispánicas hacia el cráter alto y grande, el cerro de San Miguel en la Sierra de Santa Catarina (compuesta de seis volcanes rocosos en fila), el paisaje en las partes altas de la orilla de la ZCVM es único. Invitamos al lector a subir cualquier cerro en la periferia de la ZCVM. Para disfrutar de una vista urbana de Ciudad Nezahualcóyotl no hay más que subir el Peñón Viejo en Iztapalapa. Además, los bosques del sur de la ciudad son muy bonitos. Y como ésos hay muchos. Esta ciudad se conoce por sus cerros y, para ubicarse, los cerros son imprescindibles.

Otra notable caracteristica de la ciudad son sus pirámides. El Texcotzingo, el Palacio de Nezahualcóyotl, una pequeña pirámide en un sitio excepcional arriba de Texcoco, con una vista del Valle de México, es un sitio de primera categoría, no sólo por su belleza sino también por su valor historico. Y dentro de la ciudad, la Pirámide de Tenayuca, capital de los acalhua, el tercer miembro de la triple alianza, también es grande y se encuentra en muy buen estado. Otros sitios importantes son Cuicuilco y el cerro de la Estrella en Iztapalapa, pero hay muchas pequeñas ruinas prehispánicas por todo el valle.

Las iglesias coloniales y los centros historicos de los pueblos originarios también llegan a ser bastante bonitos, como es el caso de Tláhuac, cuya iglesia colonial San Pedro Apóstol es grande y muy vistosa con su fachada roja, y Tlalpan con su simpático zócalo. Una iglesia moderna muy impresionante es la de San Lorenzo, en Naucalpan, sobre un cerro con vista de barrancas urbanizadas atrás de los enormes vitrales. Tiene una muy vieja capilla colonial en frente. Y el kiosco de Valle de Chalco, o Valle de Xico, como prefieren los habitantes llamar a su municipio, tiene algunos murales modernos del pintor local Alberto Diosdado, que muestran la fundación de este municipio en una forma muy elocuente.

O, para no ir tan lejos, los baños termales de Peñon de los Baños, por el aeropuerto, aunque están inexplicablemente cubiertos con una unidad habitacional, tienen vestigios prehispánicos. Entre sus riquezas cuenta con un espejo que la emperatriz Carlota les regaló porque las aguas le ayudaron tanto y una pequeña iglesia colonial en el patio. Por 150 pesos, uno puede pasar una hora en las aguas termales que ganaron premios en ferias mundiales a finales del siglo XIX. Los residentes afirman que las aguas son muy curativas.

Hay sitios excepcionales como el Museo Dolores Olmedo, con sus pavorreales y pinturas de Frida Kahlo y Diego Rivera, las chinampas, las terrazas de nopal en Milpa Alta por el volcán Tecuitli y la estatua del Cristo de 33 metros en los Jardines del Recuerdo en Tlalnepantla. El mercado de fuegos artificales de Tultepec, pueblo que abastece a la ciudad de castillos y toritos, es buen sitio para su compra, y su Feria Nacional de la Pirotecnia, del 1 al 10 de marzo en este pueblo, es única en el mundo.

Creo que el problema es que hay muchos sitios increíbles en México, y cuando se menciona un volcán uno piensa en el Popocatépetl o el Nevado de Toluca, o cuando hablan de una ruina nos imaginamos Teotihuacan o Chichen Itza. Comparado con ellos, quizás el Tecutli en Milpa Alta o la Pirámide de Tenayuca no son tan llamativos. Los que vivimos en México estamos consentidos. Sin embargo, estos lugares dan pie a conceptualizar la periferia también como sitio de turismo urbano. Tienen mucho significado y embellecen la ciudad. Además tienen la ventaja de que uno puede llegar en transporte público. Hay muchas sorpresas gratas en la periferia de la Ciudad de México.

 

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