La vida y obra de Andy Warhol es una de esas cosas que son casi eclipses dentro del universo del arte contemporáneo. Al artífice máximo del pop art es reconocido, entre otras cosas, por articular nuevos elementos al arte de su tiempo, a través de una crítica del sistema del que también era fiel protagonista.

Reproducciones en serie, sobreexposición de imágenes, la erosión de los símbolos, recontextualizaciones y apropiaciones son coordenadas claves para ubicar a Warhol en su justa medida. Un artista mundialmente popular, en donde la idea misma de lo popular, la “democratización” de la fama y la voracidad del espectáculo forman parte del corpus discursivo. No es de extrañar entonces, que la recién inaugurada exposición dedicada a los primeros años de la obra de Warhol, Estrella oscura, despierte un interés genuino por los grandes públicos, así como críticas puntuales sobre su oportunidad y pertinencia.

Compuesta por más de cien piezas, entre pinturas, serigrafías, grabado, objetos y hasta películas silentes, el museo Jumex (Miguel de Cervantes Saavedra 303, Amp. Granada, Ciudad de México) albergará hasta el 17 de septiembre de 2017, Estrella oscura, la que quizá sea la exposición más importante sobre Andy Warhol vista en América Latina hasta la fecha.

De acuerdo con Douglas Fogle, curador invitado,  para Warhol cualquier retrato de la experiencia estadounidense estaba incompleto si no se examinaba su lado oscuro, el sesgo sórdido o comúnmente. “El mismo Warhol parecería haber nacido bajo una estrella oscura”.

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En este sentido, la inclinación temática y el discurso de montaje de Estrella oscura es una muestra palpable en dos vías: por un lado muestra de forma completa, sí, los desplazamientos temáticos y técnicos que marcaron el desarrollo de la práctica de uno de los más afamados artistas pop del siglo, pero por otro  también deja en relieve la integración, erosión y desgaste de la superficie de ese discurso.

Es aquí donde Estrella oscura y en especial el Museo Jumex dan en el clavo. Lo que en apariencia podría ser una vuelta de nuevo a las grandes exposiciones en pos de los fenómenos mediáticos, las filas kilométricas y sobre todo el maratón de selfies, alrededor de un eterno “¿otra vez los mismos de siempre” de los críticos más inconformes, en realidad es una de las exposiciones que, bueno sí, son deudas históricas sólidas saldadas, obviedades que se atienden con solvencia puntual, pero que también ven de frente una realidad que incomoda a los nichos más exigentes, esos que creen que México ya no está para obras clásicas, que estiman que los Picasso, Tamayo, Dalí o Khalo del mundo están ya fuera de contexto, que funcionan sólo como un conocimiento histórico de antecedentes para poder comprender el hoy.

En este sentido, y en total concomitancia con buena parte de los elementos críticos, estéticos y discursivos de Estrella oscura, es el hoy el que se encuentra fragmentado, dividido y abrumado, chocando todo el tiempo con lo que unos esperan que el arte sea para las personas, y con lo que en realidad es. Jumex tiene la tarea de lidiar con las tendencias, con los nichos, con la resonancia artística de lo que sucede en otras latitudes, pero así también con las exigencias de un país que en su gran mayoría es poco avezado y receptivo para dialogar con el arte contemporáneo.

La obra de Andy Warhol porque funciona dentro y fuera de su discurso; lo mismo habita con humor y atractivo en playeras, afiches y souvenirs, que dentro de una crítica sardónica al sistema o para entender la trascendencia histórica de su corpus artístico. Es Warhol uno de los pilares de los sesenta que se adelantó hoy ya más de cuatro décadas, a ese duro y dale con la importancia personal, con el hambre de incesante de fama efímera, de la crueldad funcional de la belleza y el eterno ejercicio del poder, en un marco de vanidad, hedonismo y vértigo de entretenimiento y consumo. Warhol es amor y odio a partes iguales, un eclipse al que se le ve directamente a los ojos o se le pega la vuelta.

Cada quien es libre de ver el vaso medio lleno o medio vacío. Pero siempre será importante pararse desde diversos ángulos para observar las cosas en su justa medida. Para los críticos excelsos que crean haber trascendido ya a artistas como Warhol, que los ven desgarbados del contexto actual y consideran Estrella oscura como una suerte de desfase, el reto de ver a profundidad, con una articulación distintiva y congruente, es no sólo claro, palpable, sino también sumamente enriquecedor: ¿cómo leer distinto a Warhol a más de 40 años de distancia de su obra más mordaz?, ¿lo sigue siendo?

Sin embargo, el reto para quienes no le tienen miedo a las filas kilométricas y pueden nadar felices entre smartphones a lo Faraón o lo Kusama, la temporal fábrica de Andy Warhol en Polanco tiene preparadas varias sorpresas en torno a cómo vivir y apreciar el arte.

 

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