Estoy harto de escuchar la palabra “trabajo” como la gran promesa de campaña y la gran justificación de todo lo que hacen los gobiernos y las grandes corporaciones.

Enrique Peña Nieto usó el concepto “trabajo y empleo” para avalar la reforma energética, que ya está siendo un desastre. Vicente Fox sostenía el Plan Puebla-Panamá, que fue un fracaso, con el discurso de llevar empleo a los pueblos humildes del sur del país; pero resultó que ellos no querían los trabajos que él decía que eran grandiosos: 10 horas parados frente a una banda de producción de maquiladoras. Felipe Calderón se autodenominó el candidato y presidente del empleo, pero, al final de su periodo, el empleo no había crecido ni cerca de lo que había prometido.

Trump, quien se jactó de ser quien más empleo crearía en la historia de Estados Unidos, argumenta que la construcción de los oleoductos Keystone XL y Dakota, que habían sido suspendidos por Obama y que él pretende reactivar, traerán mucho empleo, y parecería que eso es suficiente pretexto para destruir una enorme porción de tierras sagradas para los lakotas, quienes estuvieron ahí miles de años antes de que se acuñara el nombre de Estados Unidos de América.

Cientos de empresas que destruyen el medio ambiente o que fabrican productos chatarra que enferman a la sociedad defienden sus intenciones y acciones bajo el argumento de que son grandes creadores de empleo. En 2013, en Dacca, Bangladesh,  murieron 300 personas cuando se derrumbó un viejo edificio que albergaba una maquiladora textil, en la que ganaban 28 euros al mes. El gobierno justificó que estas condiciones se habían permitido porque “la gente necesitaba el empleo con desesperación”.

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Las preguntas que quiero hacerte, lector, son éstas: ¿Sigues creyendo en la promesa del empleo como la panacea? ¿Realmente los tipos de empleos que estas empresas y gobernantes ofrecen dan felicidad, calidad de vida y bienestar a la población? ¿Vale la pena destruir el planeta o maltratar el medio ambiente con tal de crear unos cuantos empleos temporales? ¿Es la utilidad electoral o la utilidad económica lo que realmente le importa a los gobernantes y accionistas de estas corporaciones, en lugar de los buenos empleos y la calidad de vida de las personas?

Hemos sido programados desde niños para pensar que debes ser capaz de todo por el empleo, y que sólo los “trabajos modernos” son el camino a la abundancia. Sin embargo, los jóvenes incautos, una vez que están insertos en estos trabajos “modernos”, son convencidos de que la deuda es la única forma de “crecer”, que las posesiones materiales son la única forma de demostrar el “éxito”, y que deben sacrificarlo todo, hasta la familia, con tal de escalar el próximo peldaño. Pero nada es más falso que esto.

Se ha creado un círculo vicioso que debe romperse. Los gobernantes saquean las arcas públicas, empobrecen a la sociedad, la población cae en la pobreza extrema y clama por formas de salir adelante económicamente. Entonces, como por arte de magia, aparecen los nuevos candidatos y corporaciones ofreciendo empleo a los tristes desempleados, y éstos, por urgencia y supervivencia, deciden votar por ellos y aprobar la entrada de empresas que no se tocan el corazón para devastar la zona. Es un círculo de victimarios, víctimas y heroísmos falsos.

Es hora de que los empresarios se cuestionen si realmente son creadores de empleos que ofrecen calidad de vida, y de que los gobernantes busquen nuevas promesas, porque la del empleo ya no funciona (o ya no debería funcionar), y que las reformas y los planes de desarrollo realmente contemplen esquemas de inversión que no destruyan el planeta o las formas de vida tradicionales de la población de ciertas regiones con tal de ofrecer empleos.

La sociedad tiene que despertar y darse cuenta de que no siempre le cumplen las promesas de empleo y de que quienes sí lo hacen no son héroes, pues es su obligación.

Las personas tienen que despertar y entender que el argumento de ofrecer empleos no es suficiente para apoyar una reforma o la invasión de empresas con planes poco consensuados con las poblaciones históricas locales y que dañan el medio ambiente.

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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