La nueva República implica reconocer que nuestro actual sistema cubrió una etapa básica para México, pero las circunstancias lo han rebasado.

 

¿Qué le falta a México para consolidarse como una democracia sólida e incluyente, donde el crecimiento económico se traduzca en desarrollo social? Ésta es una interrogante que como nación no hemos sido capaces de responder.

En los hechos, la realidad es que podemos tener soluciones a los problemas, pero la verdadera revolución que está esperando el país es pacífica y de gran calado. Esto es, plantear la transición hacia una nueva República que cambie las estructuras actuales y libere las cadenas que hoy nos empujan a la mediocridad. ¿Cómo? Con un proyecto de nación de largo plazo.

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Entre los juristas hay opiniones encontradas sobre si esta transición nos conduciría a una segunda o tercera república (como en Francia, que hoy está en su Quinta República). Al igual que en otros países, estos cambios se han dado con el objetivo de impulsar nuevos niveles de desarrollo económico y social ante momentos que lo demandan. Sudáfrica, por ejemplo, al finalizar el apartheid realizó un ejercicio prospectivo a nivel nacional para definir su proyecto de nación a largo plazo y transitar hacia una nueva época.

México puede renovarse, pero requiere de acuerdos en forma pacífica y así evitar convulsiones sociales que puedan llegar a la violencia. Debemos dar un salto cuántico a fin de responder nuestras necesidades presentes y futuras. El país exige un cambio de fondo y de estructura: se deben eliminar todos los pesos muertos que nos hunden con el propósito de acelerar la actividad y alcanzar más rápido nuestro desarrollo.

El paso hacia adelante no consiste en desechar todas las instituciones que hoy componen el Estado mexicano y empezar de cero. Se trata de generar un nuevo pacto social y un gran acuerdo entre todos los sectores. Esto, con el fin de decidir, primero, cuál es nuestra visión y vocación como país. Saber cuáles son los objetivos que queremos alcanzar en 30, 50 o 100 años, y qué medidas necesitamos para alcanzarlos. A partir de ello, el nuevo marco jurídico e institucional deberá servir como plataforma para la materialización de estas acciones.

Si fuera necesario promulgar una nueva Constitución no sería un fracaso de las instituciones que sí funcionan; por el contrario, se trata de fortalecer y replantear lo bueno, pero modificando lo ineficiente. Esto requiere de enorme madurez política y de verdadera preocupación por el futuro. Debemos reconocer que nuestra Constitución ha sido tan manoseada e incluso parchada que lo único original que mantiene son las pastas que formaron el documento.

La nueva República implica reconocer que nuestro actual sistema cubrió una etapa básica para México, pero las circunstancias lo han rebasado. Los pilares del actual Estado mexicano (de 1917) son educación, tierra y sufragio efectivo. Hoy las necesidades son educación con enfoque tecnológico y política industrial. Además de desarrollo competitivo, inserción a la competencia internacional, Estado de derecho y respeto a los derechos humanos.

El planteamiento requiere una reforma que permita el ejercicio crítico del poder, donde los poderes actúen como verdaderos contrapesos y no sólo respondan al clima electoral. Es necesaria una refundación jurídica, económica y social.

El país ha emprendido transformaciones económicas, educativas, laborales, fiscales y políticas que buscan resarcir lo que no se hizo en décadas, y cuya ausencia generó la falta de competitividad. En la dualidad crisis/oportunidad nos encontramos en un punto de inflexión para lanzar el proyecto de nación de largo plazo que ha faltado, y así construir el México del siglo XXI que queremos.

Tasas anuales de crecimiento que oscilen entre 6 y 8%, un PIB per cápita superior a 45,000 dólares y mexicanos que cuenten con 15 años promedio de educación y con un índice de desarrollo humano entre los 10 primeros del mundo, por mencionar algunos de los indicadores clave, es posible. Esto, en la medida en que aprovechemos este punto de inflexión y nos atrevamos a dar el siguiente gran paso en la historia nacional, la nueva República.

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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