João Pedro Rodrigues es, junto con Pedro Costa y Miguel Gomes, una de las voces más vitales del cine portugués contemporáneo. Sus películas contienen un flujo de conciencia, donde conviven por igual los símbolos históricos que religiosos, las citas pictóricas con las cinematográficas.

El ornitólogo (O Ornitólogo, 2016), su trabajo más reciente, no es la excepción. La cinta muestra a un hombre dedicado a observar aves que, después de un accidente, sufre un viaje epifánico, que transforma por completo su existencia. Al mismo tiempo, es una revisión del mito católico adjudicado a San Antonio de Padua (el santo más popular de Portugal).

Rodrigues visitó nuestro país con motivo de la proyección de su cinta en el Festival Internacional de Cine UNAM (FICUNAM) y el estreno de la misma en la cartelera del circuito comercial. Nos sentamos a charlar con el cineasta portugués sobre los temas abordados en El ornitólogo y la importancia de las transformaciones y el mito en su trabajo.

Para ti, ¿quién es San Antonio de Padua?

João Pedro Rodrigues (JPR): Una figura que pertenece a la mitología popular portuguesa. Es el santo patrono de Lisboa; descrubí, porque yo no soy religioso, que era el santo más popular de todo el mundo. San Antonio fue un hombre que nació en el Siglo XII en Lisboa y murió en el Siglo XII en Italia, en Padua, y todo lo que se sabe de su vida es mitológico. No hay pruebas de que sea un santo.

Eso me interesó mucho. Durante el siglo pasado tuvimos en Portugal una dictadura, hasta 1974, la religión era uno de sus pilares. Nos vendieron a San Antonio como una figura simbólica del matrimonio y los valores familiares. Él era un franciscano y ellos hablan del abandono de los bienes materiales. Es una simbología inventada, yo quería volver a la figura original del santo.

En Portugal, hay una tradición de burlarse de las figuras públicas. Hay una estatua de barro de San Antonio que tiene una capa de tela con un pequeño hilo, cuando lo jalan aparece un pene. La idea es burlarse de la tradición, más o menos como hacía Pier Paolo Pasolini. Es otra visión de las tradiciones y la religión. Vivimos tiempos donde hay muchas fracturas por la religión, muchos fundamentalismos, ¿cómo podemos pensar la religión ahora? ¿Si tiene sentido o no? Yo no soy creyente, pero es una pregunta que me llamaba. Todos buscamos un sentido, la religión es un camino, no el mío, pero es uno que permite la reflexión.

La dictadura creó un mito de un mito.

JPR: Sí, todo es un mito. En la Edad Media, no había nada escrito sobre San Antonio de Padua. Su primera biografía es del Siglo XVI, mucho tiempo después de su muerte. Entonces, todo lo que hay de su vida es una asociación de milagros. Utilicé algunos de los eventos identificados con él, porque creo que el cine es el lugar ideal para poner en escena los milagros. El cine es muy realista, filma gente, actores, y al mismo tiempo puede brindarte algo muy irreal. Al nivel de una fábula. Me interesa salir de la realidad, pero partiendo del realismo del cine. Los animales disecados, por ejemplo, son de un mundo de fábula.

Me llama la atención el juego de los mitos. La dictadura toma uno y se apropia de él, tu cine hace algo similar…

JPR: Intenté hacer una versión muy libre de la vida de San Antonio, que tuviera algo de humor. No quería hacer una película blasfema, pero es verdad que después de su estreno en Locarno hubo un sitio italiano que aseguró que se trataba de una blasfemia. No creo que lo sea. Conozco a gente creyente que vio la película y pensó que era muy respetuosa.  Me gusta que no sea muy claro. No me interesa hacer blasfemia por blasfemia, eso sería sencillo. Es una cosa vacía. Quería hacer una reflexión, no que la película dé respuestas claras sino varias dependiendo de quién la vea.

No hay una sola versión del santo…

JPR: Soy muy concreto. De mis padres tengo una educación científica, ambos eran físicos, yo estudié biología antes de entrar al cine. Tengo una visión muy pragmática sobre la vida. Hay algo en el arte que abre otros horizontes no tan pragmáticos. Quiero jugar en ese espacio entre lo concreto (estás muy cerca del cuerpo de los actores), con lo metafísico. Es una historia de un hombre que sobrevive a su propia muerte. Es un misterio para todos, ¿cómo morimos? ¿Qué pasa después de la muerte? Es una búsqueda.

Hay una transformación en el personaje principal que se repite en otras de tus películas. Es una mutación constante…

JPR: Los personajes que me interesan son aquellos que cambian. Las películas interesantes son, también, las que mutan en su propio recorrido. Me interesa la sorpresa, un factor muy importante cuando ves una película. Me gusta ser sorprendido y espero lo mismo de la gente que ve la película.

La cinta me recuerda a ciertos trabajos de Pasolini, como El Decamerón o Las mil y una noches, donde la espiritualidad se adapta y encuentra su espacio con el espectador…

JPR: Sí, pero yo cuando hago una película no pienso en otras películas. Pasolini es una influencia porque es alguien que me gusta mucho. A mi no me gusta el cine de citas, “voy a hacer como ese director”. Intento encontrar un lenguaje personal.

Claro, aunque hagas una cita de Caravaggio es una visión muy personal de la misma…

JPR: Tienes que pensar que ese cuadro de Caravaggio es también una reapropiación de la Biblia. Me interesa cómo a través de la historia del arte, los mismos relatos son representados por diferentes artistas. Me veo en esa tradición. ¿Cómo pensar esas narrativas mitológicas, fundadoras de la civilización? ¿Cómo puedo apropiarme de ellas en el cine de manera moderna? No me gusta la fijación con el pasado, nunca la nostalgia por la nostalgia. Quiero encontrar nuevas formas de hacer cine. Un lenguaje personal que cambia en cada película. No quiero hacer lo mismo siempre.

El cine es, quizá, la herramienta más nueva para crear mitos, como antes lo fue la escritura o la palabra hablada…

JPR: La escritura sigue existiendo, la pintura también. Sólo es un espacio donde puedes cruzar muchas cosas. Es lo mismo en mi educación como cineasta. Mi pasado científico es, asimismo, muy importante. Hay un método de mirar la realidad de forma pragmática, me hace estar cerca de lo humano. Quiero estar cerca de la gente. Hago películas para poder comunicarme, es mucho mejor que con la palabra. Explicar una película es muy difícil, hay cosas que no se pueden entender solo se sienten.

¿Por qué abandonaste la biología por el cine?

JPR: Cuando tenía 15 años empecé a ir mucho al cine. Miraba muchas películas en la filmoteca de Lisboa. Se creó una obsesión. Al estar estudiando biología sabía que no era lo que quería hacer. El cine es algo que parece imposible de hacer, biología era una carrera más normal.

Hay algo muy cercano en la manera en que filmas cuerpos, tal vez erótico…

JPR: Es una presencia erótica de los cuerpos. Viene de la tradición del arte, piensa en la pintura. Cuando empezó era muy religiosa, los santos y santas están muy erotizados. Sobre todo en el Renacimiento. Parece una contradicción. Es una tradición desde Grecia y Roma. Es lo ideal. Me gusta que el cruce entre lo sagrado, los santos, y lo carnal, son deseables. La misma pintura religiosa es muy blasfema.

Y al final de El ornitólogo apareces tú…

JPR: Yo quería ser ornitólogo cuando era niño. Todas mis películas son personales, ésta más. Me pareció que debía elevar la idea de la transformación, llevarla más allá. Transformar un cuerpo en otro. Me hacía mucho sentido que fuera el mío. No me gusta verme.

Hasta las tomas están desenfocadas.

JPR: Más o menos. Es cuestionarme la presentación de mi mismo. Exponer súbitamente un lado muy personal. No quiero ser actor. Era importante remarcar el cambio.

La canción con que cierra la película es incredible y puntualiza ese cambio.

JPR: Es una canción de los 80 en Portugal. Cantada por un hombre incredible: era peluquero y al mismo tiempo cantaba. António Variações fue bastante popular. Era un cantor increíble. Mezclaba una tradición popular, el fado, con el pop de la época. Me gusta mucho de una forma muy sincera.

 

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