El aumento en la competitividad y el crecimiento económico no se darán a menos que logremos integrar nuestro sector energético al resto de América del Norte, y esto no sucederá si no nos abrimos a la inversión privada, a las nuevas tecnologías y a prácticas operativas internacionales.

 

 

Por Ernesto Marcos* — articulista invitado

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El sector energético mexicano se desenvuelve ahora en un contexto sustancialmente distinto al de hace apenas diez años. Cambios sin precedentes en la industria de los hidrocarburos en Estados Unidos y Canadá no sólo se han traducido en un aumento significativo de la producción y una caída en el precio del gas natural, sino también, y tal vez más importante aún, les ha permitido integrar el mercado energético más competitivo del mundo. México se está quedando fuera: mientras que Estados Unidos y Canadá vieron crecer su producción de petróleo durante los últimos siete años en 29 y 23%, respectivamente, México vio la suya disminuir en 23%.

Las proyecciones más recientes de la Agencia de Información Energética de Estados Unidos indican que esta tendencia se mantendrá en el futuro. Estados Unidos superará a Arabia Saudita como el mayor productor de crudo del mundo en 2018 y puede llegar a la autosuficiencia en 2030. Asimismo, podría incrementar su producción de gas natural por encima del nivel de Rusia —que es hoy el mayor productor del mundo— en menos de dos años. Con toda seguridad, será exportador neto de gas licuado antes del final de esta década.

Sin embargo, el cambio en el contexto energético no sólo es producto de la revolución tecnológica en el sector. Estados Unidos y Canadá aumentaron su infraestructura de interconexión energética, construyendo nuevos ductos y plantas de proceso que atienden y complementan las necesidades específicas de la región.

Mientras tanto, las reservas certificadas de hidrocarburos de México siguen declinando. No fue sino hasta 2011 que se lograron tasas de restitución de 100% en reservas probadas del crudo extraído. La misma historia se repite para la producción de gas; aunque ésta se incrementó entre 2003 y 2009 gracias a un aumento en la producción de la Cuenca de Burgos, la tendencia se ha revertido por el castigado precio del gas vigente en América del Norte.

El panorama mexicano puede no ser desalentador. Las estimaciones de Pemex indican que contamos con abundantes reservas potenciales. La inversión de Pemex se ha incrementado: entre 2013 y 2017, su plan de negocios estima invertir, en promedio, 397,000 millones de pesos (mdp) por año, un crecimiento de 140% sobre el promedio de inversión ejercida entre 2000 y 2011. Esto le ha permitido acelerar la exploración en aguas profundas con resultados positivos hasta ahora, y se propone evaluar el potencial de cinco yacimientos de gas de lutitas, mediante contratos de servicios llamados “laboratorios de campo”, los cuales asignan áreas para ser exploradas por empresas de servicios, esto por cuenta y orden de Pemex.

Aunque ha habido buenos resultados, al ritmo actual pasará mucho tiempo para que estos recursos impacten positivamente en la producción nacional de hidrocarburos.

Se necesita una reforma energética para poder pasar de los escenarios probables a las oportunidades reales. Es claro que ni la propiedad nacional sobre los hidrocarburos ni la de Pemex como empresa pública están a discusión. Hay que liberar a Pemex de las onerosas obligaciones que le impone el monopolio estatal, modificando su régimen fiscal y permitiéndole un contrato laboral más flexible para hacerla más competitiva.

La promoción de competencia en el sector energético, principalmente en el petrolero, debe darse a través de una liberación gradual y selectiva en distintas actividades de su cadena de valor, estableciendo, por ejemplo, un régimen de concesiones tipo “minero” para el desarrollo de yacimientos no convencionales, especialmente en gas de lutitas, y permitirle a Pemex asociarse con las mejores empresas petroleras para explotar los yacimientos descubiertos en aguas profundas del Golfo de México.

También pueden, y deben, abrirse a la inversión privada los procesos de transformación industrial, almacenamiento y transporte de hidrocarburos y sus derivados; así como eliminar los controles de precio y promover el desarrollo de proveedores nacionales, incrementar el contenido nacional y desarrollar tecnología mexicana para el petróleo.

No podemos esperar. El aumento en la competitividad y el crecimiento económico no se darán a menos que logremos integrar nuestro sector energético al resto de América del Norte, y esto no sucederá si no nos abrimos a la inversión privada, a las nuevas tecnologías y a prácticas operativas internacionales. De no realizar los cambios en el marco regulatorio del sector, México corre el riesgo de perder su lugar en la región más competitiva del mundo.

 

 

 

Ernesto Marcos fue gobernador alterno del banco mundial y actualmente es socio director de marcos y asociados.

 

 

*Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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