En estos días la prensa internacional da vueltas en torno del acontecimiento político más importante: el referéndum en Inglaterra por seguir o no en la Unión Europea, que tuvo un sorprendente resultado negativo. No es la primera vez que pasa, pero en un entorno de gobernantes populistas de izquierda y de derecha, en el que se le echa la culpa de los problemas nacionales a los inmigrantes y cunden ambientes xenófobos, el resultado del pueblo inglés constituyó un termómetro muy importante de los procesos de globalización e integración económicas en el mundo.

Inglaterra siempre se ha cocido aparte de Europa: el hecho de ser una isla, de tener su propio imperio –pero fuera del viejo continente–, de tener una Comunidad de naciones lejana a París y religión propia, de cierta ausencia de solidaridad europea y una historia peculiar, ha hecho que a veces esta nación sea más un estorbo que una ayuda en la unificación del continente. Aunque veremos algunas cifras y puntos de vista, está claro que en la decisión del pueblo inglés de salir de la Unión todos salen perdiendo, los ingleses y la Comunidad Europea.

Inglaterra atraviesa por un buen momento económico: crece a una tasa cercana a 2.5% anual, tiene baja inflación, el desempleo cercano a 5% es manejable y la deuda pública controlable. Su sector industrial resurge y tiene el centro financiero más importante del mundo (la City), que representa 150,000 millones de dólares (mdd), y Londres es la capital más visitada del mundo, por unas 15.6 millones de personas.

Por otro lado, la mayor parte de su comercio exterior lo realiza al interior de la Unión Europea, de quien recibe importantes inversiones; a cambio, Inglaterra es de los mayores donantes a Bruselas y una piedra en el zapato hacia el movimiento europeísta –la isla conserva su propia divisa.

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En la contracara de la moneda, en Europa manda Alemania. El euro ha sido un dolor de muelas para todas las naciones del continente europeo. Grecia estuvo a punto de ser expulsada de la Unión –la posibilidad hoy es más lejana, pero no está eliminada del todo– y en su conjunto el viejo continente lleva una década perdida: el desempleo español es superior a 20%, el griego cercano a 25%, el francés de alrededor de 10% y el alemán de aproximadamente 4.5%.

La deuda de la zona euro es de 94% del PIB. Euroesclerosis ha sido la palabra utilizada para mencionar el fenómeno antieuropeo que acompaña a muchos ciudadanos, que desde 2008 se han visto en un proceso de eterna inamovilidad y economía detenida, condimentado con una pérdida de soberanía cuyas decisiones son tomadas por complejos grupos tecnoburocráticos en Bruselas. Conclusión: los países cada vez dan más a Europa y reciben menos: pingüe negocio para sus ciudadanos; a esto nadie que tenga sano juicio le entra.

Las consecuencias económicas del Brexit son difíciles de medir, sobre todo en el largo plazo y después del azote de las bolsas de valores mundiales, pero quizá serán menores a las que muchos vaticinan. El problema es la señal que se manda al mundo: el sistema que permitió armonizar libre comercio y paz durante décadas, después de la peor hecatombe de la humanidad, se resquebraja. Como señala Paul Krugman, lo más importante de la Unión Europea no es su economía: es su sistema de libertades y de equilibrios que ha dotado de desarrollo a la Unión. Esta hermosa obra de arquitectura puede romperse por los votos de los ingleses, a pesar de las concesiones ya otorgadas por Bruselas a cambio de que Gran Bretaña permaneciera en la Unión.

Y lo peor: constituye un mal presagio para el resto del mundo, sumido en un acuerdo transpacífico de libre comercio (TPP) en proceso de ratificación, que involucra a nuestra nación y que puede venirse abajo si el animal salvaje de Trump gana en Estados Unidos y convierte a la primera nación del mundo en una isla cuando lo que se necesitan son vasos comunicantes.


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