La primera película de Rambo, titulada en su país de origen First Blood (1982), tenía como protagonista a un veterano de la Guerra de Vietnam que, al regresar a su país, experimentaba serias complicaciones emocionales para adaptarse a su nuevo ambiente, después de pasar un buen tiempo peleando en campo enemigo. Todo se complicaba cuando un tozudo sheriff abusaba de su poder y Rambo no tenía otra opción que responder.

37 años después John Rambo carga, probablemente, con unos cuantos miles de asesinatos en combate, gracias a que después de la cinta del 82 la violencia de sus apariciones se fue haciendo cada vez más caricaturesca y exagerada. En verdad amábamos al hombre con un lanzallamas. En Rambo: Last Blood (2019), el ex-boina verde parece estar alejado de su pasado más violento, aunque las secuelas de éste aun lo acosan en la intimidad de sus pensamientos.

Rambo vive en un rancho en Arizona, Estados Unidos, cerca de la frontera con México. Comparte el lugar con dos mujeres, la huérfana Gabrielle (Yvette Monreal) y su tía (Adriana Barraza), quienes lo consideran parte de la familia. Los deseos de Gabrielle por encontrar a su desaparecido (por irresponsable) padre provocan que cruce la línea divisoria entre ambos países y tenga un fatídico encuentro con un cártel mexicano, encabezado entre otros por el volátil acento fronterizo de Óscar Jaenada (Luis Miguel, la serie, Cantinflas). Obligado por las circunstancias, Rambo deberá tomar las armas una última vez para vengar a los suyos.

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Cuando Creed (2015) llegó a los cines de todo el mundo más de uno se sorprendió, el largometraje no sólo retomaba la historia de Rocky (probablemente el personaje más popular de Stallone) sino que la expandía y lograba darle vida aun si su personaje central era condenado a las laterales. Un movimiento que le daba a Rocky Balboa una despedida digna, al tiempo que permitía a la franquicia seguir adelante.

Rambo: Last Blood no disfruta de ese tipo de acercamiento, probablemente porque Stallone calcula que Rambo tiene menos fanáticos expectantes que Rocky. La quinta entrega de la serie tiene un toque más “oscuro”, cercano a la reinvención como improbable estrella de acción de Liam Neeson en Búsqueda implacable (Taken, 2008) que al vulnerable Rocky retratado por el cineasta Ryan Coogler (Black Panther).

Este es un Rambo brutalmente eficaz (cuando así lo requiere el guión, claro) obligado por la inescapable violencia (sin mucha sangre, claro, para que no se enojen los censores chinos) que se vive en la frontera. Last Blood se convierte así en un muestrario de mutilaciones corporales y citas cinematográficas –a la propia mitología del personaje y a trabajos como Perros de paja (1971), Más corazón que odio (1956), Sicario (2015) o Skyfall (2012)–  que se quedan sólo en eso.

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Stallone, su coguionista Matthew Cirulnick y el director Adrian Grunberg no parecen muy interesados en evolucionar a su personaje central (en algún punto, Rambo recibe una paliza, termina con una contusión y el doctor advierte que podría tener graves secuelas por su edad, sólo para que el tema no vuelva a surgir en ningún punto de la trama). En una realidad alternativa, la saga de Rambo cierra con un tono más cercano a Gran Torino (2008), de Clint Eastwood, donde un viejo (el propio Eastwood aprovechando su violenta mitología) entregaba su vida para que un grupo de inmigrantes evitara el desolador destino impuesto por las pandillas del lugar.

El cálculo, aparentemente, es que los fanáticos aparecen clamando por las acciones bélicas de Rambo, no por su estado mental o las implicaciones sociales de su figura. Los involucrados tal vez tengan razón porque hay un placer especial en ver al hombre de acción de 73 años llevar su físico (con la ayuda de la edición y unos dobles) al límite, entregado al 100% a su lado más salvaje.

 

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