La socialización del todo

Foto: e-sar.com.mx

La nueva sensación de Internet se llama Sarahah. Consiste en una red social que incita a ser totalmente honestos con los amigos o compañeros de trabajo, ya que nos anima a hacer preguntas o comentarios en los perfiles de los demás, diciendo lo que realmente pensamos o sentimos de los demás, aunque de manera anónima, es decir, quien recibe el comentario, jamás se enterará de quién escribió.

La aplicación me recordó a una práctica que un par de profesores nos aplicaron a los jóvenes bachilleres de los 90: todos en el grupo nos pegábamos una hoja de papel en blanco en la espalda con la intención de que, mientras escribíamos lo que realmente pensábamos en la espalda de otro compañero, alguien nos dejaba un mensaje bastante revelador, ya fuera de odio, admiración, amor, desprecio. Todo con la intención de saber cómo nos percibían los demás.

Sarahah va de lo mismo, hacer público lo privado, compartir un secreto para que los demás se enteren, aunque sea de forma anónima.

Ello tiene que ver con nuestra presencia digital y la forma en la que empezamos a socializar absolutamente todo lo que anteriormente era un acto privado e incluso íntimo: nuestra amistad se publica para que todos la vean e incluso intervengan; nuestros gustos musicales (incluidos los culposos) son públicos, nuestro álbum de fotos está abierto a la vista de cualquier curioso y el gusto de mirar una serie o ver un partido se convierte en un fenómeno de masas.

Somos una sociedad cuyas plataformas de comunicación e interacción nos han vuelto exhibicionistas y voyeristas a la vez.

Esta necesidad de socializar digitalmente nuestra vida tiene varios efectos que van más allá, incluso, de nuestras relaciones electrónicas más cercanas. La razón es que se ha empezado a crear un sistema ético que empieza a regular lo que compartimos digitalmente en términos de lo políticamente correcto en combinación con la libertad de expresión ad infinitum, que nos permite opinar sobre el comportamiento de los demás y juzgarlos sumariamente sin consideraciones.

Supongamos que la chica A publica en sus redes sociales una fotografía de un modelo afroamericano diciendo que así le gustan los chicos. Su mejor amiga, la chica B, comenta que a ella “no le gustan los negros”. Listo, los demás usuarios se enfrascarán en una serie de comentarios que van del racismo, a la exclusión, el colonialismo, la injusta distribución de la riqueza hasta los insultos sobre la apariencia física de la chica B en lo que originalmente se trataba de una conversación de chicas sobre sus gustos en chicos.

El punto es que aquella no era una conversación privada, era una conversación en un espacio público en la que cualquiera podría opinar, lo que no es necesariamente bueno o malo en sí mismo; el punto de quiebre llega cuando se juzga con principios éticos “universales” una opinión privada (aunque, paradójicamente, realizada en un espacio público).

La ética digital basada en lo políticamente correcto, en lo moralmente aceptable, ha hecho que las redes sociales empiecen a crear un sistema de valores en las que cada vez es más difícil expresarnos de manera libre sin ofender a nadie.

Ello nos hace preguntarnos si de verdad en el mundo digital podemos expresarnos de forma libre, puesto que, si empezamos a limitar nuestras opiniones porque pueden ser ofensivas para un grupo en particular, entonces estamos siendo víctimas de una espiral del silencio digital.

La ética de la vida digital es sumamente rígida y no perdona la disidencia. Y en cierta medida, todos nos hemos convertido en una especie de guardines de dichos principios cada que detectamos un comportamiento que roza lo moralmente permitido.

Es el problema de la socialización del todo: si hacemos público lo privado, nos exponemos a ser juzgados con principios “universales”.

No sabemos cuánto tiempo durará el furor de Sarahah, puede que sean un par de semanas, meses o años, sin embargo, llama la atención que una aplicación nos llame a ser honestos en tiempos en que la corrección política se ha metido hasta la última fibra de nuestra presencia digital.

 

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