La nueva cinta de Matt Damon plantea una burda metáfora de la migración latina a Estados Unidos.

 

Cine. Una civilización decadente y arruinada sobrevive en la Tierra en el año 2154 mientras un grupo humano de élite subsiste en Elysium, refinado mundo satelital ubicado en la estratósfera terrestre. Los habitantes de la urbe terrenal, sobrepoblada y sucia, sueñan con trasladarse a Elysium donde la vida transcurre apaciblemente, entre albercas y jardines, y en donde la avanzada tecnología ha combatido todo tipo de enfermedades. Aunque en la Tierra hay miseria y violencia y en la estación espacial reina el orden, la película de ciencia ficción Elysium, escrita y dirigida por Neill Blomkamp, plantea la siguiente duda: ¿cuál de los dos mundos ha caído en peor desgracia?

La sorprendente geografía del satélite Elysium, de contorno circular y con atmósfera propia, incluye sofisticados edificios, elegantes mansiones y verdes jardines. Sus habitantes hablan los idiomas del primer mundo (inglés y francés) y visten elegantes trajes y diseños exclusivos de Giorgio Armani. Disfrutan de innovaciones científicas, como los insólitos módulos de cuidado médico que detectan la enfermedad y la eliminan, reconstruyendo el cuerpo humano hasta dotarlo de juvenil apariencia. Gastan el tiempo en convivir entre sí y nadar en frescas piscinas. La tecnología ha resuelto su vida y solamente les resta holgazanear.

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Como ya lo había planteado la mucho más inteligente película de animación Wall-E (Pixar Animation, 2008), la vida en una estación espacial podría resultar terriblemente monótona y aburrida. Los seres humanos no tendrían más tarea que engordar y dormir, mientras pasean por el contorno claustrofóbico de su hábitat, tratando de convencerse ilusoriamente que encontraron la fórmula de la felicidad. Tal idea de aislamiento contradice la realidad etológica del organismo humano, el cual necesita de grandes espacios al aire libre para satisfacer su vocación neofílica –amante de la novedad– y su impulso depredador, en el que la cacería sigue siendo la actividad principal.

Por otra parte, la sociedad distópica, forma de vida humana decadente o indeseable, ha sido retratada en diversas novelas como 1984 de George Orwell o Un mundo feliz de Aldous Huxley, así como en películas futuristas desde El planeta de los simios o Mad Max, hasta Blade Runner o Niños del hombre. La palabra distopía es un préstamo del inglés dystopia, que refiere la oposición a Utopía, el mundo ideal que sugirió Tomás Moro en su obra inmortal de 1516. Utopía, isla en que los individuos convivían pacíficamente y detentaban la propiedad común, era una sociedad perfecta a la que aspiraba todo hombre civilizado. Así, el mundo degradado es una distopía, sitio donde reina el caos. Escritores y cineastas han imaginado las formas que adoptaría una ciudad distópica pero en todas las narrativas, curiosamente, se desarrollan modos alternativos de organización humana.

Más allá de la reflexión sobre nuestra situación global actual, en donde ya reinan la contaminación, la sobrepoblación y la violencia, poco aporta el filme Elysium. Ni siquiera el descarado racismo anti latino (más bien anti mexicano) es novedoso. La historia se sitúa en una horrenda Los Ángeles, California, en 2154, muy parecida a nuestras humildes barriadas suburbanas, con casas construidas de ladrillos grises, pintarrajeadas con grafiti y calles sin pavimentar, en donde los habitantes hablan el idioma del tercer mundo: el español. Eso sí, vigiladas con modernísimos policías robots que quisiéramos tener ya para paliar la violencia que nos azota. Ahí, el ex convicto Max De Costa (Matt Damon) lucha por llevar una vida ordenada, lejos de la actividad ilegal que anteriormente lo llevó a la cárcel. Sin embargo, sufre un accidente en la mecanizada fábrica donde trabaja y se expone a una dosis mortal de radiación que lo exterminará en cinco días. Desde su infancia, soñaba con viajar a Elysium, lugar en que la enfermedad no existe, y esa posibilidad es ahora su única salida para sobrevivir.

Aquí se plantea una burda metáfora de la inmigración actual: así como los latinos suben a desvencijados trenes para llegar a la frontera de los Estados Unidos; igual los habitantes de la distópica Tierra abordan ruinosas naves espaciales para penetrar ilegalmente a Elysium. Al llegar allá, su principal objetivo es acceder a las unidades médicas para curarse de todos sus males… ¿Así o más estereotipado el símil con el sueño americano?

La película plantea también el juego de poder que se establece en la civilizada Elysium entre la secretaria de defensa Jessica Delacourt (una muy avejentada Jodie Foster) y el presidente de la república satelital. Ella tratará de desplazar al mandatario haciendo uso de traiciones y actos ilegales, demostrando así que el impulso territorial y la violencia intraespecífica del individuo humano nunca se terminarán por más sofisticado que sea el estilo de vida.

En la Tierra, Max De Costa recibirá ayuda de su amigo Julio (Diego Luna con trencitas) para contactar a un traficante que le ayude a viajar al terapéutico satélite. Para ello deberá robar información almacenada en la mente de un ciudadano de Elysium y enfrentarse a un desalmado mercenario. De Costa será reconstruido a la manera de Robocop y convertido en un violento ser semi robotizado, con entrada para USB y pantalla táctil en la cabeza. El resto de la trama sigue la estructura del héroe americano que salva a los débiles y maltrata a los villanos hasta dejar el pellejo (en este caso la carcasa) en el tremendo combate.

Evite gastar tiempo y dinero en ver Elysium, además de decepcionarse con el rostro ajado de una Jodie Foster que alguna vez fue muy guapa y hoy no mejora ni con el vestuario de Armani.

 

Libros. Llegó a su edición número 41 el célebre Festival Cervantino, fiesta de la cultura en Guanajuato, México, ahora comandado por el escritor Jorge Volpi. Llama la atención la colorida imagen gráfica del Festival, que muestra el rostro esquemático de Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616), gloria de nuestra lengua española, en un fondo color rosa mexicano. Es imposible obviar la alusión al estigmatizado número 41 que remonta al episodio ocurrido en los albores del siglo XX, donde un 20 de noviembre de 1901 se levantó en una redada a 41 individuos del sexo masculino que celebraban una fiesta bailando entre sí, en la Calle de la Paz de la Ciudad de México. José Guadalupe Posada dedicó varios panfletos para hacer “mofa, burla, befa, escarnio y ludibrio” del entonces muy escandaloso asunto, bajo el infamante título Los 41 maricones. A partir de entonces, el imaginario popular relaciona al inocente número 41 con la homosexualidad masculina.

La distinguida hispanista de la UNAM, doctora Margarita Peña, describe en su libro Rehén de la fortuna (Fundación Cervantina de México, Guanajuato, 2007) algunos argumentos relacionados con la posible homosexualidad del máximo escritor de la lengua española. La doctora Peña señala que, en su juventud, Cervantes fue considerado como “caro y amado discípulo” por el ilustre humanista Juan López de Hoyos. Luego, en su madurez, Cervantes casó con la joven Catalina de Salazar pero, tras la boda, el escritor aceptó un trabajo en una ciudad lejana. El matrimonio fracasó y nunca tuvieron hijos. Por otra parte, el autor de El Quijote de la Mancha trabó una cercana amistad con Tomás Gutiérrez, actor y director de teatro, quien solventó sus gastos durante una larga estancia en Sevilla, en que Cervantes ejerció un humilde cargo de “comisario de cereales” pero vivió en una agradable posada financiada “por la infinita generosidad de Tomás Gutiérrez”.

Cervantes se desempeñó como soldado, sufrió cautiverios “honrosos e infamantes”, vivió en la miseria, ejerció diversos trabajos, fue, en síntesis, todo un aventurero. Muchas de estas extraordinarias experiencias se reflejan en su literatura monumental, en sus novelas cortas, sus entremeses y por supuesto en El Quijote de la Mancha. La sospecha del “pecado nefando” no le resta genialidad a Cervantes, más bien, hoy se homenajea con el fulgurante color rosado del festival que lleva su nombre.

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